Desde el Evangelio PDF Imprimir E-mail

Compartir

PENTECOSTÉS

Con el envío del Espíritu Santo en Pentecostés se concluye la misión de Jesucristo, que fue enviado para realizar una Alianza nueva y definitiva entre Dios y el hombre. La novedad de esta Alianza es que no está dada en términos de una ley exterior al hombre que debe observar, sino como una presencia interior que lo mueve a vivir de acuerdo a la voluntad de Dios expresada en su Palabra. Podemos decir que el Espíritu Santo viene a interiorizar como gracia la obra de Nuestro Señor Jesucristo. Esto lo expresaba de un modo muy claro san Agustín, cuando decía: “Señor, no me des un mandamiento que no lo puedo cumplir, dame tu gracia (tu Espíritu), y después pídeme lo que quieras” (cfr. Confesiones). Así lo decimos en nuestras oraciones: “Ven Espíritu Santo, llena el corazón de tus fieles”. El Espíritu Santo viene para hacer realidad en nosotros la Pascua de Jesucristo. La misma letra del Evangelio sino se convierte en gracia por el don del Espíritu, es solo letra.

Con la llegada del Espíritu Santo en Pentecostés nace la Iglesia, que ya había sido instituida por Jesucristo, pero le faltaba esta presencia prometida. La espera de los apóstoles junto a la presencia de la Virgen María, se convierte en Pentecostés en un acontecimiento que todo lo cambia, que los transforma y los hace testigos ante el mundo. Ahora comprenden el evangelio y las palabras de Jesús cuando les hablaba de instituir la Iglesia como una comunidad viva y los enviaba a evangelizar. Conocían el evangelio, podemos decir, pero aún no habían recibido la fuerza del Espíritu Santo para comprenderlo; por ello decimos que el Espíritu Santo es el alma de la Iglesia y su principio de permanente de renovación. Él nos convierte: “a manera de piedras vivas, edificados como una casa espiritual… Ustedes, (nos dice san Pedro), son una raza elegida, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido para anunciar las maravillas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 Pe. 2, 5-9).

Esta presencia del Espíritu Santo sigue siendo actual y busca orientar nuestra mirada y nuestros pasos hacia Jesucristo. No le corresponde a él revelarnos un nuevo mensaje o un nuevo evangelio, sí hacernos comprender el único evangelio de Jesucristo y darnos la fuerza para vivirlo. El fruto del Espíritu es, nos dice san Pablo: “amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza, mansedumbre y temperancia” (Gal. 5, 22). El signo de su presencia en la Iglesia es el espíritu de comunión y de misión.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Administrador Apostólico de Santa Fe de la Vera Cruz

 
<< Inicio < Prev 1 2 3 4 5 6 7 8 9 Próximo > Fin >>

Página 1 de 9