Misa Crismal PDF Imprimir E-mail

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Catedral Metropolitana – 12 de Abril de 2017

La celebración de la Misa Crismal es un momento de relevancia en la vida apostólica y pastoral de la Iglesia particular. En esta eucaristía presidida por el Obispo junto a su presbiterio, con la participación de diáconos, religiosas, religiosos, ministros y fieles laicos, la Iglesia expresa su vida de comunión y, al mismo tiempo, nos invita a renovar, en Cristo, el compromiso eclesial y misionero de la fe. La Misa Crismal es signo de la Iglesia como sacramento de salvación. Agradezco la presencia de tantos fieles y comunidades que mucho valoro, y son un testimonio de vida eclesial.

Mons.Arancedo56Junto a la consagración del santo Crisma y la bendición de los santos Óleos, los sacerdotes van a renovar las promesas de su ordenación. Dos hechos que nos hablan del significado apostólico y sacramental de la Iglesia, como del sentido del ministerio sacerdotal en el Plan de Dios. Somos llamados a actuar, queridos sacerdotes, “in Persona Christi”, por el don recibido que nos define: “como administradores de la multiforme gracia de Dios” (1 Pe. 4, 10). La Iglesia les va a pedir también a ustedes, queridos fieles, que recen por sus sacerdotes para que sean fieles testigos y servidores del pueblo de Dios.

En esta homilía he querido volver la mirada a esa rica definición de Iglesia como “misterio de comunión misionera”, que nos dejara la teología de Concilio Vaticano II. Ella nos introduce en la vida de la Iglesia como sacramento de salvación. Ser hombres del “misterio, la comunión y la misión” define, orienta y enriquece toda vocación eclesial.

La Iglesia es misterio porque tiene su fuente y su término en Dios. “Ecclesia ex Trinitate et in Trinitatem”, nace y camina hacia la Trinidad. Es, en Cristo, sacramento del amor del Padre. Vive comprometida en el mundo y es parte de su historia, está formada por hombres y mujeres que peregrinan con la esperanza de una plenitud de Vida; tiene memoria de su origen y, al mismo tiempo, camina con la certeza de su fe hacia la Patria celestial; sabe que su vida y su fuerza está en Dios, pero también que se edifica con nuestra frágil dignidad de hijos de Dios: “a manera de piedras vivas” (1 Pe. 2, 4); ella necesita de nuestra entrega y fidelidad. Solo en Cristo y guiados por su Espíritu nos podemos adentrar en la intimidad de su ser.

Ser hombres y mujeres de Iglesia es descubrirnos en la intimidad de su Misterio. A esta verdad de fe la debemos vivir como un don. Frente a ello lo primero es la gratitud, como respuesta humilde y confiada de quien se sabe destinatario de una gracia, de una llamada. Es reconocernos en aquellas palabras de Jesús, cuando alaba al Padre: “por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así los ha querido” (Mt. 11, 25). Solo un corazón simple es capaz de comprender este evangelio y hacerse servidor de los demás.

La puerta de acceso al Misterio es una inteligencia iluminada por la fe que nos hace contemplativos de la obra de Dios y hombres de oración. Para el hombre de fe Dios es una verdad que lo ilumina y se le revela por su Palabra. La oración es, así, respuesta confiada a un Dios que nos habló en su Hijo y nos llama a vivir bajo su mirada providente. El hombre de oración va interiorizando en su vida los frutos del Espíritu de Cristo resucitado, que son expresión de una vida nueva: “amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad, confianza, temperancia y mansedumbre” (Gal. 5, 22-23). Cuando falta el sentido del Misterio se banaliza la fe, la oración pierde el sentido de alabanza y gratitud, y deja de orientar el camino de nuestro crecimiento espiritual, terminando por debilitar en nuestra vida los frutos del Espíritu que son el signo de la presencia de la Iglesia.

Este encuentro con Dios, que nos introduce en la intimidad de su Misterio, nos debe llevar a vivir en comunión. Ella no es un agregado, es testimonio de un auténtico encuentro con Dios. Necesitamos siempre volver a escuchar a Jesucristo, el testigo fiel, para hacer nuestra esta verdad que es fuente y modelo de la Iglesia. Necesitamos meditar con un corazón abierto y creyente la palabra que Jesús nos dejó a modo de testamento eclesial: “Padre, que sean uno: como tú estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros” (Jn. 17, 21). No es menor que este texto mayor sobre la unidad y la comunión, el Señor lo haya revelado en la intimidad de su oración con el Padre.

En la vida cristiana siempre estamos en camino, especialmente respecto a este ideal de comunión al que estamos llamados, y somos conscientes que no lo hemos alcanzado plenamente, pero qué importante es que podamos decir con Pablo: “sigo en camino” (cfr. Filp. 3, 16). ¡Y qué triste, en cambio, cuando no se vive el ideal de comunión como una verdad de nuestra fe! Cuando esto sucede, es señal de que hemos bajado los brazos y hemos separado de la vida de fe la exigencia de comunión, que vamos perdiendo, incluso, el sentido del perdón y la reconciliación que son pilares de una vida de comunión, la conciencia se puede ir adormeciendo. Este camino necesita de un sincero examen de conciencia, como fuente de una madura y responsable espiritualidad apostólica y eclesial.

La vivencia del Misterio de Comunión, finalmente, está llamada a expresar el rostro de una Iglesia misionera. La misión tampoco es un agregado. Al contrario, el fervor misionero es signo elocuente de la presencia del Espíritu: “Ay de mí, si no evangelizare” (1 Cor. 9, 16), es la conciencia que definía la espiritualidad del apóstol. La vida actual nos puede llevar a vivir pendientes de nuestras pequeñas necesidades y no sentirnos protagonistas de un proyecto de vida para los demás. La Iglesia es para ellos, su vocación y su gloria es evangelizar. Una espiritualidad misionera vive con alegría y agradece el don recibido. No es posible crecer en una gozosa y fecunda espiritualidad eclesial, si no sentimos la necesidad de ser protagonistas de una Iglesia que manifieste en nosotros el deseo de vivir su verdad plena, que es ser un misterio de comunión y misión.

Queridos hermanos, les recuerdo que como todos los años en la Fiesta de Nuestra Madre en Guadalupe, le haré entrega a cada Decanato de su imagen misionera, que nos viene acompañando en nuestra Misión Arquidiocesana. Nadie puede sentirse eximido de unirse y alentar, y si es posible participar, en este compromiso que hemos asumido como Iglesia. Que el Señor los bendiga y María Santísima los cuide y acompañe. Amén.

Mons. JOSÉ MARÍA ARANCEDO
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

Última actualización el Jueves, 13 de Abril de 2017 09:47