Desde el Evangelio
24 de diciembre de 2016 - Navidad PDF Imprimir E-mail

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NAVIDAD

Navidad es la fiesta de la cercanía de Dios con nosotros. Su nacimiento en Belén se nos presenta como la continuidad y plenitud de un camino de Dios que no abandona al hombre que ha creado, lo ama y le envía a su Hijo. El evangelio nos muestra este acontecimiento en términos de gozo y de una esperanza que orienta el sentido de nuestra vida: “les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor” (Lc. 2, 11). Esta actitud de gozo y esperanza es la clave para acercarnos a la celebración a Navidad. Es un gozo que no se agota en un hecho, sino que nos abre el camino de una esperanza. Es el comienzo de un diálogo nuevo entre Dios y el hombre, que tiene su centro y lugar de encuentro en Jesucristo. Sin su presencia no es posible comprender lo que vamos a celebrar.

Acercarnos al pesebre, al Niño de Belén, y sentirnos destinatarios de su nacimiento, es pasar de espectadores de un hecho a ser partícipes de una página de la Historia de la Salvación. No soy alguien más para él: ha venido para mí. Esta certeza de la fe es el inicio de un camino que nos hace descubrir el sentido pleno de Navidad, en el que soy alguien único para Dios. No hay Navidad sin Jesucristo, pero tampoco sin el hombre para quien él ha venido. San Juan, luego de hablar del rechazo a la Palabra de Dios que se nos manifestó en Jesucristo, nos dice: “Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios” (Jn. 1, 12). Hoy, también nosotros, somos invitados a recibirla.

En Navidad no somos solo destinatarios de la venida del Señor, sino también como testigos de su Persona y su mensaje. Él no ha venido solo para nosotros sino para todos, esto nos habla del sentido misionero de la fe. Hay un mundo que vive a la espera del encuentro con el Señor. La dimensión apostólica o misionera del cristiano es un acto de madurez en su fe y de encuentro con el Señor. Hay muchas maneras de predicarlo, pero siempre será la primera el testimonio de una vida coherente con el evangelio. Navidad es, por ello, tiempo de mirarnos frente al pesebre y de preguntarnos por nuestra respuesta al evangelio del amor y la vida, de la verdad y la justicia, de la solidaridad y la paz.

Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
17 de diciembre de 2016 - La concepción de Jesús PDF Imprimir E-mail

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LA CONCEPCIÓN DE JESÚS

Próximos a celebrar el nacimiento de Jesús la Iglesia nos propone, en este domingo de Adviento, el tema de la concepción virginal de María. Estamos ante uno de los misterios de la fe, la Encarnación del Verbo. Un misterio no significa renunciar a nuestra inteligencia, sino abrirnos a una dimensión que eleva el alcance de su conocimiento. San José es sorprendido como lo fue María ante el anuncio de su maternidad: “José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo” (Mt. 1, 20). La fe se apoya en el testimonio de quien ha visto y tiene autoridad para pedir nuestra adhesión; no es una creación de mi mente, es respuesta a una palabra. Lo que antecede a la fe cristiana es la Palabra de Dios.

Asistimos al momento mayor de la Historia de la Salvación que tiene a Dios por autor. Para comprender la llegada de Jesús, la encarnación del Verbo, es necesario partir de un Dios creador que ama y no abandona su obra: “Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn. 3, 17). Este es el marco en el que la misma Palabra de Dios nos presenta el sentido del envío y la llegada de Jesús. San José es un hombre de fe, que responde con un sí a lo que Dios le anuncia. La fe no era para él comprender todo para luego aceptarlo, es confianza en quien se lo dice y acepta lo que le pide. Esto es lo propio de nuestra condición humana, como dice san Pablo: “ahora caminamos en la fe, todavía no vemos claramente” (2 Cor. 5, 7).

Con la encarnación del Verbo comienza la etapa definitiva de la Historia de la Salvación, que nos tiene como destinatarios. Jesucristo no viene a nosotros como juez sino como Salvador, para ser nuestro “camino, verdad y vida”. Comprender esto es el inicio de un diálogo único y personal con Jesucristo. Adviento es, por ello, un tiempo privilegiado para descubrirnos desde la mirada de un Dios que nos ama y nos envía a su Hijo. Podríamos decir que en Navidad celebramos el regalo que Dios nos hace, pero sabemos que este encuentro necesita de nuestra libertad. Dios ha creado hombres libres, esta es nuestra dignidad y nuestro desafío. Que el testimonio de san José nos ayude a vivir nuestra fe.

Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
10 de diciembre de 2016 - Signos de la presencia de Jesús PDF Imprimir E-mail

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SIGNOS DE LA PRESENCIA DE JESÚS

Juan Bautista ante la presencia de Jesús manda a sus discípulos que le pregunten si era él el Mesías esperado: “¿Eres tú el que tenía venir o debemos esperar a otro?”. Tal vez Juan estaba sorprendido por los gestos de Jesús, él esperaba a un Mesías justiciero y con gran poder. Jesús les responde a los enviados mostrándoles los gestos de liberación realizados por él: “Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven: los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen” (Mt. 11, 3-5). Los signos de la presencia mesiánica de Jesús no son de poder, sino manifestación de la misericordia de Dios hacia los débiles. Será luego el mismo Juan, el Precursor, quien lo va a presentar a Jesús, diciendo: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn. 1, 19).

Estos signos pobres y liberadores de Jesús, siguen siendo la base del testimonio de la presencia del Reino de Dios. Venimos de celebrar al año Santo de la Misericordia que ha sido un llamado, precisamente, a vivir la esencia del Reino de Dios. No se trata de una obra humana o política, sino de una presencia viva de Jesucristo en nosotros que nos hace testigos de su Reino. Esto significa que debemos hablar de la gracia, de los dones del Espíritu Santo, como realidad y camino de su presencia en nosotros. Debemos hablar de conversión y santidad, del “hombre nuevo” que ha dejado las ataduras de lo viejo para revestirse interiormente de lo nuevo: “El que vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente” (2 Cor. 5, 17).

Vivir este mensaje con la certeza de una verdad de fe que es fuente de alegría y de paz, y que nos sentimos llamados a predicarlo es un signo del “hombre nuevo”. Siempre recuerdo la advertencia que nos hacía Benedicto XVI, cuando nos decía al hablarnos de la fe que nuestra mayor amenaza: “es el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en el cual aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad”, a todos nos toca concluía: “recomenzar desde Cristo”. Este puede ser el plan de este tiempo de Adviento para ser signos de la presencia de Jesucristo en nuestras relaciones.

Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
Preparen el camino del Señor PDF Imprimir E-mail

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PREPAREN EL CAMINO DEL SEÑOR

En este 2° domingo de Adviento la figura de Juan el Bautista, el último de los profetas que señala la llegada del Reino de Dios en la persona de Jesús, se nos presenta como la voz del Antiguo Testamento. Comienza su predicación haciéndonos un llamado a la conversión: “Conviértanse, porque el Reino de Dios está cerca. A él se refería el profeta Isaías cuando dijo: “Una voz grita en desierto: preparen el camino del Señor, allanen sus senderos” (Mt. 3, 2-3). Lo primero es un llamado a la conversión, algo más personal; luego una invitación a allanar el camino del Señor, a quitar todo aquello que dificulte su encuentro con los hombres. Estas dos dimensiones nos pueden ayudar a vivir este tiempo de Adviento.

En primer lugar la conversión, que si bien puede tener un momento puntual en nuestra vida debe ser algo permanente. Ella nos habla de una actitud de crecimiento espiritual que tiene por horizonte último la plenitud de la eternidad; nos habla de la necesidad de revisar nuestra vida para mantener viva la presencia de Jesucristo como ideal y proyecto. Sabemos que el ideal al que estamos llamados es alto, así nos lo dice san Pablo: “hasta que todos lleguemos a la estatura y madurez que corresponde a la plenitud de Cristo” (Ef. 4, 13). Esto no nos debe desanimar, porque él mismo nos ha enviado su Espíritu para acompañarnos y darnos como dones la “sabiduría y fortaleza”, que nos permitan avanzar en este camino no siempre fácil, pero que es nuestra verdad y nuestra vida.

El allanar los caminos del Señor lo podemos leer desde nosotros, es decir, quitar en mí todo lo que se oponga a la llegada del Señor a mi vida; pero también lo podemos considerar desde el camino del Señor a mis hermanos. ¡Cuánta opacidad puede presentar nuestras vidas para que ellos vean en nosotros una presencia viva del Señor! Nuestra presencia no es indiferente para aquellos que están alejados. El testimonio de un cristiano es el comienzo de un camino de encuentro con el Señor. San Pablo les decía a los Colosenses: “A ellos les ha revelado cuánta riqueza y gloria contiene para los paganos este misterio que es Cristo en ustedes, la esperanza de la gloria” (Col. 1, 27). Podemos decir que nuestra conversión es el primer acto de caridad para con mis hermanos.

Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
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