Desde el Evangelio
16 de septiembre de 2017 - El perdón, como principio de una vida nueva PDF Imprimir E-mail

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EL PERDÓN, COMO PRINCIPIO DE UNA VIDA NUEVA

Uno de los temas centrales de la enseñanza de Jesús es el tema del perdón. A la pregunta de Pedro: “Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano?" (Mt. 18, 21), la respuesta del Señor no es cuantitativa, tal vez era lo que esperaba Pedro, por el contrario, el perdón, le dice, no debe tener límites, siempre, es la respuesta de Jesús. Esto nos habla del inicio de una vida nueva, que sin negar el valor de la justicia en su justa proporcionalidad, nos abre un camino capaz de sanar heridas y reconstruir relaciones en base a la verdad y el amor, que son la fuente de una vida nueva del Evangelio de la gracia. Insisto, esto no niega el plano de la justicia, pero no se ata a él, diría que la supone pero tiene un horizonte que la trasciende y al que somos llamados. El perdón no es impunidad.

El perdón es gracia, porque tiene su fuente en la Pascua de Cristo que ha reconciliado a Dios con el hombre y a los hombres entre sí. Es útil recordar a san Pablo cuando nos dice: “El que vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente. Y todo esto procede de Dios, que nos reconcilió con él por intermedio de Cristo” (2 Cor. 5, 17-19). Por ello, el perdón no se puede imponer como una ley, sino que es una invitación a participar de esa vida nueva que tiene su fuente en Cristo y se nos comunica como gracia. No es posible vivir la exigencia del perdón, de la que nos habla el Evangelio, sino comenzamos por vivir la novedad de Jesucristo en nuestra vida. En este sentido debemos decir que el obrar cristiano sigue al ser cristiano.

La conciencia de haber sido perdonado es la que nos debe llevar a perdonar. Esto lo vemos en la parábola del servidor que pide ser perdonado y no es capaz de perdonar. Conocemos la indignación del Señor: “¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?" (Mt. 18, 32). Sin conciencia de haber sido perdonados, es difícil comprender el Evangelio del perdón como gracia, nos seguimos moviendo en el plano correcto de la justicia, que tiene su valor pero su límite. El perdón, como gracia, no depende de la ofensa sino de la presencia viva de Jesucristo, que nos abre al camino creativo de una vida nueva.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
09 de septiembre de 2017 - La corrección fraterna PDF Imprimir E-mail

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LA CORRECCIÓN FRATERNA

Este domingo Jesús nos propone el tema de la corrección fraterna. Se trata de una de las enseñanzas que es expresión de una vida cristiana madura, es decir, que ha comprendido y vive la exigencia de la fe en la caridad. El texto nos dice: “Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha habrás ganado a tu hermano” (Mt. 18, 15). Ante todo nos habla del otro como hermano, esto ya nos ubica en un plano de fe donde Dios es Padre de todos. De ahí surge que el primer precepto de la moral social es: “todo hombre es mi hermano”. Sobre esta base de fe que tiene un alcance universal debemos acercarnos, con mayor exigencia diría, a ver nuestras relaciones con esos hermanos con quienes formamos una misma comunidad. Pero no podemos, por lo dicho, reducir la exigencia de corrección del evangelio solo a mis hermanos de comunidad.

La enseñanza de Jesús es realista, nos habla de una comunidad concreta donde existe el pecado y los conflictos. ¿Qué hacer frente a ellos? En primer lugar no negarlos, tampoco sentirnos ajenos, Jesús nos habla de una actitud que implica involucrarme en la vida de mi hermano, pero no de cualquier manera. Ello tiene sus exigencias, no somos jueces sino hermanos que nos debemos ayudar a crecer en la verdad y el amor. Esto significa una actitud de humildad en la que nos reconocemos también frágiles, antes de decir una palabra de corrección, es decir, no sentirnos superiores frente a quien queremos ayudar con una palabra de corrección, sino hermano. Este es el camino y la fuerza del evangelio que nos hace crecer en nuestras relaciones y en la vida de la comunidad cristiana.

El Señor va a concluir esta enseñanza con una referencia a la oración que no es un agregado, sino la certeza de su presencia en medio de la comunidad a la que la acompaña: “También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo mi Padre se lo concederá. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, yo estoy presente en medio de ellos” (Mt. 18, 19-20). Esto refuerza la conciencia de que la “comunidad orante” es el lugar privilegiado de la presencia el Señor, a quienes les ha prometido estar siempre. Oración, corrección fraterna y reconciliación son los pasos seguros del Evangelio porque el Señor está comprometido. En esto se manifiesta el nivel de una vida cristiana.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
02 de septiembre de 2017 - Mes de la Biblia PDF Imprimir E-mail

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MES DE LA BIBLIA

Celebramos el Mes de la Biblia. Estamos ante un Libro que reconoce autores humanos, pero que nos pone en contacto con un acontecimiento que tiene a Dios por autor principal. No estamos ante un libro que nos habla de Dios, sino ante un Libro que es la voz de Dios. Es Dios el que habla. Ello hace de la Biblia el primer lugar de encuentro con Dios, nos habla del camino de Dios hacia el hombre que ha creado y a quien le ha enviado a su Hijo, Jesucristo. A esta realidad que nos narra la Biblia la llamamos la Historia de la Salvación, porque tiene a Dios por autor y al hombre como destinatario. Esto le da a toda la Biblia una profunda unidad, que san Agustín la expresa diciendo: “El Nuevo Testamento está escondido en el Antiguo y el Antiguo es manifiesto en el Nuevo”.

¿Cómo leer la Biblia, entonces? Esta pregunta es esencial, porque va ir determinando una espiritualidad bíblica que nos dispone a un encuentro personal y fecundo con ella. No es un libro más. La Palabra de Dios necesita de una actitud de escucha, por ello es útil recordar algunos pasajes de la misma Escritura que nos enseñan esta actitud: “Habla, Señor, porque tu siervo escucha” (1 Sam. 3, 10), es el testimonio siempre actual de quien la recibe con un corazón abierto. La escucha se nutre del silencio. Respecto a la unidad de los dos Testamentos creo que el mejor intérprete es el mismo Jesús cuando, en el diálogo con los discípulos de Emaús, les explicaba los acontecimientos sucedidos desde una lectura completa de la Historia de la Salvación, y ellos se decían: “¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lc. 24, 32). Es la misma Biblia la que nos enseña a ser lectores de su contenido y de su sabiduría salvífica.

No es el momento para detenernos en una explicación de la Lectio divina, con sus momentos de “lectura, meditación, oración y contemplación”, pero sí para tomar conciencia de que estamos ante un acontecimiento de la Historia de la Salvación que nos tiene como destinatarios e interpela, y que nos quiere hacer testigos y misioneros de su verdad para todos los hombres. La Palabra de Dios no podemos “privatizarlo”, ella está dicha para todos, y tiene desde Cristo un horizonte de universalidad.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
26 de agosto de 2017 - El nacimiento de la Iglesia PDF Imprimir E-mail

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EL NACIMIENTO DE LA IGLESIA

Estamos acostumbrados a definir a una institución por la voluntad de sus miembros. Al hablar de la Iglesia nos encontramos con otra realidad; ella no nace de la voluntad de los hombres, sino de Dios. Este domingo leemos uno de los textos que nos habla de su Institución como un acto de la voluntad de Cristo, en la que nos expresa el designio salvífico de Dios: “Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt. 16, 18). La Iglesia es la prolongación en la historia de este acto constitutivo de Cristo, así él lo ha definido. Nadie puede arrogarse en la Iglesia, por lo mismo, una autoridad o lugar que no tenga su fuente en la voluntad fundacional de Jesucristo. Esto forma parte de esa pedagogía de Dios que actúa y construye su obra con nosotros.

Es cierto, percibimos una distancia entre lo divino y lo humano, entre Dios y nosotros. Para superarla nuestra inteligencia necesita apoyarse en el testimonio de un testigo en quien confiar. Este es lugar y la misión de Jesucristo, que nos comunica esta verdad salvífica que tiene su fuente en Dios. Él es el testigo fiel, “el iniciador de nuestra fe” (Heb. 12, 2). Esta obra, que se inicia en Jesucristo, continúa en quienes él ha elegido para formar la Iglesia: los Apóstoles, presididos por Pedro. Aquí cabe recordar la expresión de san Pablo cuando, teniendo conciencia de su fragilidad, nos dice: “Pero nosotros llevamos ese tesoro en recipientes de barro, para que se vea bien que este poder extraordinario no procede de nosotros, sino de Dios” (2 Cor. 4, 7). La Iglesia es divina porque nace en el designio de Dios manifestado en Cristo, pero es humana en su expresión. Esta es su verdad y su fragilidad.

Cuando rezamos el Credo, luego de profesar nuestra fe en Dios, que es: Padre, Hijo y Espíritu Santo, decimos: Creo en la Iglesia, que es Una, Santa Católica y Apostólica. Ella forma parte de nuestra fe porque ha sido creada por Jesucristo como lugar de encuentro con Dios y sacramento de su presencia entre nosotros. A esta Iglesia la llamamos nuestra Madre y de ella nos sentimos “piedras vivas” (2 Ped. 2, 5), llamados a continuar la obra de Jesucristo, para la alabanza de Dios y al servicio de nuestros hermanos. No podemos hablar de la Iglesia, si no es partir de Jesucristo.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
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