18 de marzo de 2017 - El agua viva PDF Imprimir E-mail

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EL AGUA VIVA

Este domingo leemos el evangelio del encuentro con la Samaritana. Jesús enseña dialogando, este es un rasgo del evangelio de san Juan. Él parte de una realidad concreta, luego va llevando el diálogo a la manifestación de su Persona y de su obra. Así lo vemos en el encuentro con la Samaritana, no comienza con un discurso o una condena a la mujer, sino llevándola a descubrir la necesidad y posibilidad de una vida nueva. En las figuras de la sed, el agua viva y el manantial vamos descubriendo, como en un crescendo, el sentido de la presencia de Jesús como Salvador. Para esto he venido nos dirá en otro contexto: “para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn. 10, 10). Cuaresma nos invita a ingresar en este diálogo con Jesús para revivir el don y el compromiso de esta agua viva.

Ante el desconcierto y la pregunta de la mujer acerca de dónde iba a sacar esa “agua viva” que le promete, Jesús responde: “El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed, pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la vida eterna” (Jn. 4, 13-14). Del simple recurso del agua natural, Jesús eleva el diálogo hacia esa otra sed que responde a la dimensión espiritual del hombre. Es importante en este tiempo de conversión hacer una memoria agradecida de nuestro encuentro con esta “agua viva” por el don de la fe y el bautismo. Actualizar con gozo y gratitud lo que somos. Siempre es conveniente, por ello, antes de examinarnos y ver nuestras fragilidades, incluso el pecado, contemplar la obra de Dios en nosotros. Esto nos da confianza y esperanza a pesar de nuestra pequeñez, porque nos descubre el rostro del amor y de la misericordia de Dios que es Padre.

El agua viva, además de saciar nuestra sed, nos convierte: “en manantial que brotará hasta la vida eterna”. Esto nos debe llevar tanto a reafirmar el sentido trascendente de nuestra vida, como a tomar conciencia de su dimensión misionera en este mundo. ¡Qué triste cuando el cristiano es como una fuente vacía para aquel que se acerca a saciar su sed! Lo que Dios me comunica como gracia no es solo para mí, es más, podría perderlo si no lo comparto. No hay don que no implique una tarea. Cuaresma es tiempo de repasar nuestro compromiso en la familia, como en los ámbitos de nuestra presencia eclesial.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz