05 de agosto de 2017 - La transfiguración del Señor PDF Imprimir E-mail

Compartir

LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR

Este domingo celebramos la Transfiguración del Señor. Una Fiesta que nos recuerda un momento importante de la vida de Jesús de la que participan algunos de sus apóstoles, Pedro, Santiago y su hermano Juan, a quienes les manifiesta su identidad mesiánica como enviado de Dios. Esto aparece corroborado con la presencia de Moisés y Elías, que representan la Ley y los Profetas. Él, en la transfiguración, se nos revela como la plenitud de la Ley y el cumplimiento de las profecías. Es un anticipo de la gloria del Reino de Dios que vino a proclamar e instaurar. La centralidad de la escena es su Persona, que viene atestiguada por las palabras del Padre: “Este es mi Hijo muy querido, en quién tengo puesta mi predilección: escúchenlo” (Mt. 17, 5).

La primera enseñanza que nos deja el relato de la Transfiguración es que Jesús no vino a instaurar un reino más en la tierra, sino el Reino definitivo de Dios que se inicia en este mundo con su Persona, pero que camina hacia una plenitud de vida para la que hemos sido creados. El comienzo de este Reino ya es realidad, pero también objeto de esperanza. A esta verdad, que también tiene su fundamento en la espiritualidad del hombre y en su apertura a lo infinito, nos la revela Jesucristo, que es: “el iniciador y consumador de la fe” (Heb. 12, 2). Esto refuerza la dimensión de un humanismo que considera al hombre como ser espiritual llamado a una vida y destino trascendente. La dimensión espiritual no es un agregado al hombre, sino una realidad que hace su identidad más profunda. Ella es un derecho que hace a su dignidad y desarrollo integral y crea, por lo mismo, una obligación en quienes son responsables de atender el bien común, me refiero al Estado.

Adquiere toda su fuerza en el relato las palabras dirigidas a Jesucristo de modo imperativo: “escúchenlo”. No es alguien más, es la palabra definitiva de Dios en su Hijo. Podemos recordar aquel resumen de la carta a los Hebreos en la que el autor nos dice: “Después de haber hablado antiguamente a nuestros padres por medio de los Profetas, en muchas ocasiones y de diversas maneras, ahora, en este tiempo final, nos habló por medio de su Hijo” (Heb. 1, 1-2). La palabra del Evangelio es actual y personal, Jesucristo me la dice a mí y espera mi respuesta, para introducirme en un diálogo único de vida y de amor que me abre el camino en la esperanza al Reino de Dios.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz