19 de agosto de 2017 - Día del Catequista PDF Imprimir E-mail

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DÍA DEL CATEQUISTA

El próximo 21 de Agosto, Memoria de San Pío X, celebramos el Día del Catequista. Una fecha que renueva sentimientos de gratitud, de valoración y de acompañamiento a una misión que la Iglesia les confía. ¡Qué sería la vida de la Iglesia sin tantos y generosos catequistas! Por ello, quiero reconocer y agradecerles, queridos catequistas, la presencia de ustedes en la vida de la Iglesia y al servicio de esta misión que es única y personal. No es posible la catequesis sin la presencia del catequista, quien, con su vida y su palabra, da testimonio de la verdad del evangelio. El catequista está llamado a ser “maestro y testigo” de lo que trasmite y cómo lo acompaña. Ello me lleva a pensar que el catequista participa de una vocación eclesial, que es para él camino de formación, de espiritualidad y santidad.

Hablar de una vocación eclesial nos da un marco teológico que no es un límite, sino una identidad que tiene su fuente en Jesucristo y se vive en la comunión de la Iglesia. El catequista es, ante todo, un hombre, una mujer de Iglesia. Sin esta referencia no es testigo auténtico de lo que trasmite, porque no orienta y acompaña a una vida plena de fe. Puede trasmitir contenidos pero no iniciar en la vida de la Iglesia. Esta vocación, en cuanto participa de la función de enseñar de la Iglesia necesita, por lo mismo, de una formación seria y permanente. En esto es de valorar el trabajo que cumplen las diversas instancias formativas que se ofrecen en las diócesis, pero hay que saberlos aprovechar. Hay una conciencia formativa que el catequista debe mantener y saber cuidar.

Además, como toda vocación eclesial está llamada a ser fuente de espiritualidad y santidad. A la espiritualidad del catequista la veo en la línea de la maternidad de la Iglesia, que vive su entrega y alegría en el crecimiento de sus hijos. Una espiritualidad que se alimenta de esa obra siempre nueva y creativa, que es acompañar la historia de Dios en aquellos que la Iglesia le ha confiado. Su oración tiene en ellos una fuente de inspiración. La santidad, como presencia creciente de Dios en nuestras vidas, se le presenta al catequista como un camino en el que la providencia de Dios, manifestada en Jesucristo, lo llama y lo hace su testigo. Hablaría de una santidad que reconoce su fuente en la providencia de Dios y su expresión en el amor maternal de la Iglesia.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz