26 de agosto de 2017 - El nacimiento de la Iglesia PDF Imprimir E-mail

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EL NACIMIENTO DE LA IGLESIA

Estamos acostumbrados a definir a una institución por la voluntad de sus miembros. Al hablar de la Iglesia nos encontramos con otra realidad; ella no nace de la voluntad de los hombres, sino de Dios. Este domingo leemos uno de los textos que nos habla de su Institución como un acto de la voluntad de Cristo, en la que nos expresa el designio salvífico de Dios: “Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt. 16, 18). La Iglesia es la prolongación en la historia de este acto constitutivo de Cristo, así él lo ha definido. Nadie puede arrogarse en la Iglesia, por lo mismo, una autoridad o lugar que no tenga su fuente en la voluntad fundacional de Jesucristo. Esto forma parte de esa pedagogía de Dios que actúa y construye su obra con nosotros.

Es cierto, percibimos una distancia entre lo divino y lo humano, entre Dios y nosotros. Para superarla nuestra inteligencia necesita apoyarse en el testimonio de un testigo en quien confiar. Este es lugar y la misión de Jesucristo, que nos comunica esta verdad salvífica que tiene su fuente en Dios. Él es el testigo fiel, “el iniciador de nuestra fe” (Heb. 12, 2). Esta obra, que se inicia en Jesucristo, continúa en quienes él ha elegido para formar la Iglesia: los Apóstoles, presididos por Pedro. Aquí cabe recordar la expresión de san Pablo cuando, teniendo conciencia de su fragilidad, nos dice: “Pero nosotros llevamos ese tesoro en recipientes de barro, para que se vea bien que este poder extraordinario no procede de nosotros, sino de Dios” (2 Cor. 4, 7). La Iglesia es divina porque nace en el designio de Dios manifestado en Cristo, pero es humana en su expresión. Esta es su verdad y su fragilidad.

Cuando rezamos el Credo, luego de profesar nuestra fe en Dios, que es: Padre, Hijo y Espíritu Santo, decimos: Creo en la Iglesia, que es Una, Santa Católica y Apostólica. Ella forma parte de nuestra fe porque ha sido creada por Jesucristo como lugar de encuentro con Dios y sacramento de su presencia entre nosotros. A esta Iglesia la llamamos nuestra Madre y de ella nos sentimos “piedras vivas” (2 Ped. 2, 5), llamados a continuar la obra de Jesucristo, para la alabanza de Dios y al servicio de nuestros hermanos. No podemos hablar de la Iglesia, si no es partir de Jesucristo.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz