28 de octubre de 2017 - El mandamiento principal PDF Imprimir E-mail

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EL MANDAMIENTO PRINCIPAL

Gran parte de la enseñanza de Jesús se da en diálogos o respuestas a preguntas que le formulan. Este domingo la pregunta es acerca de cuál es el mandamiento más grande de la Ley, y Jesús responde: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Mt. 22, 34-40). Partiendo de la primacía del mandamiento del amor a Dios, Jesús no lo separa del amor al prójimo. La primacía no significa separación, tampoco el unirlos igualdad. Cuando Dios ocupa su lugar todo se ordena y el hombre adquiere toda su dignidad.

Esta respuesta de Jesús es central para comprender el evangelio y la conducta que debemos seguir. Desde esa primacía de Dios debemos decir, inmediatamente, que la primera consecuencia es: todo hombre es mi hermano. Esta conciencia era tan clara en los primeros discípulos que no admitían separar la fe de las obras, como lo expresa Santiago: “Alguien podría objetar: Uno tiene la fe y otro, las obras. A ese habría que responderle: Muéstrame, si puedes, tu fe sin obras. Yo, en cambio, por medio de las obras, te demostraré mi fe” (Sant. 2, 18). Para Jesús el amor al hermano es un signo de nuestro discipulado y del amor a Dios. Así nos lo dice a modo de testamento: “En esto reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros” (Jn. 13, 35).

Para plasmar una sociedad más humana, más digna de la persona, nos dice el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia: “es necesario revalorizar el amor en la vida social –a nivel político, económico, cultural-, haciéndolo la norma constante y suprema de la acción” (n° 582). No se trata del amor como un sentimiento subjetivo sin referencia a la vida social, sino de una verdad que tiene su raíz en la condición del hombre como criatura de un Dios que es Padre de todos y nos lleva a descubrirnos como hermanos. La fe, como vemos, no nos aísla de la vida social ni nos encierra en un pequeño mundo religioso, por el contrario, nos ilumina y nos hace sentir responsables de la obra de Dios, en la que el hombre, especialmente el más necesitado, reclama nuestra palabra y nuestra presencia.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz