Desde el Evangelio
29 de octubre de 2016 - Jesucristo vino a salvarnos y a darnos vida PDF Imprimir E-mail

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JESUCRISTO VINO A SALVARNOS Y DARNOS VIDA

Presentar a Jesucristo ante el mundo es una de las tareas siempre actuales de la Iglesia. Ella existe para evangelizar, pero cómo lo debemos anunciar hoy a Jesucristo. El evangelio de este domingo nos presenta una clave que nos es propuesta por el mismo Señor, cuando es recibido en su casa por Zaqueo, el publicano: “Jesús le dijo: Hoy ha llegado la salvación a esta casa” (Lc. 19, 9). La palabra salvación es la que mejor define a Jesucristo, él viene a dar vida nueva al hombre. La salvación dice relación a la persona de Jesucristo, así fue al principio de la predicación cristiana, se lo presentaba como Salvador antes que hablar sobre su naturaleza. La salvación cristiana es encuentro con una Persona que salva, antes que con una doctrina. Esto nos puede ayudar hoy en nuestra tarea evangelizadora.

Si bien la palabra salvación nos puede hacer pensar en circunstancias límites en la vida, ella se refiere a nuestra condición de criaturas y a la necesidad de encontrar una respuesta que responda a su condición de ser espiritual. Aquella oración tan conocida de san Agustín: “mi corazón estuvo inquieto, Señor, hasta que descansó en Ti”, responde a esa sed del hombre para la cual ha venido Jesucristo. Esto significa que el hombre, en cuanto ser creado por Dios a su “imagen y semejanza”, vive a la espera de este encuentro. Cuando predicamos a Jesucristo no le predicamos al hombre algo secundario sino lo que le es propio, su verdad más profunda. Él ha sido creado para este encuentro y en él encuentra el sentido de su vida y la fuerza para vivirla.

Cuando el Concilio Vaticano II habla de la Iglesia en el mundo actual, afirma: “el misterio del hombre solo se esclarece a la luz del misterio del Verbo encarnado”, para concluir, Jesucristo: “es el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el pecado” (G.S. 22). De esta herida del pecado nos salva Jesucristo. Esta es la experiencia de quien se encuentra con Jesucristo, algo nuevo ha sucedido en su vida que sana sus heridas, hay un principio que todo lo ilumina y nos da una nueva esperanza. Benedicto XVI, lo dice claramente, en Jesucristo: “Se nos ofrece la salvación en el sentido de que se nos ha dado la esperanza, una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente” (S.S. 1).

Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
22 de octubre de 2016 - La oración del cristiano PDF Imprimir E-mail

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LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Uno de los temas centrales en la vida religiosa es el de la oración. Detenernos a reflexionar sobre ella es algo que necesitamos y nos hace bien. Sabemos que no se trata de algo mágico o un modo de presionar a Dios para obtener beneficios. Es ante todo un acto de fe que nos pone en presencia de Dios y nos descubre como sus hijos. La oración cristiana es un diálogo personal. Una de las primeras notas es, por ello, la confianza en un Dios que es Padre y escucha a sus hijos. La oración no nos lleva a un mundo impersonal del que somos una parte, ella nos introduce en un ámbito donde soy alguien único llamado a una relación personal con Dios. Esta certeza es fruto de nuestra fe que se apoya en Jesucristo: “Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre celestial dará cosas buenas a aquellos que se las pidan!” (Mt. 7, 11).

Otra de las notas de la oración es la humildad, que nos permite vivir la verdad de lo que somos. Lo que se opone a ella es el orgullo que nos hace creer superiores y nos termina encerrando en nosotros mismos. En el evangelio de este domingo Jesús nos presenta esta actitud en la figura de dos personas que fueron al Templo a orar: “El fariseo, de pie, oraba así: Dios mío te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son injustos…. En cambio, el otro, el publicano, manteniéndose a distancia… se golpeaba el pecho, diciendo: ¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador! (Lc. 18, 9-14). El humilde está abierto a un encuentro con Dios porque se sabe necesitado y confía, el otro, en cambio, carece de esa apertura para dialogar con Dios, no lo necesita. Para el primero Dios es lo central, para el segundo Dios es una referencia secundaria, él es el centro.

La confianza y la humildad se nos presentan como dos notas que hacen crecer nuestra vida de oración. En ellas se manifiesta lo simple del poder de la oración que está al alcance de todos y que se convierte, sobre todo en los momentos difíciles, en camino de luz y de paz. El libro del Eclesiástico, con un lenguaje poético, nos dice en la primera lectura: “La súplica del humilde atraviesa las nubes” (Ecle.35, 17). Dios escucha y espera la oración que nace de la fe y nuestras necesidades. Recuperar el sentido y la práctica de la oración es crecer como hombres espirituales y libres, es un salto cualitativo en nuestra vida.

Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
Cura Brochero - 15 de octubre de 2016 PDF Imprimir E-mail

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CURA BROCHERO

Este domingo el Papa Francisco va a canonizar en Roma a nuestro querido Cura Brochero. Un hecho esperado que nos llena de alegría. ¿Qué es un santo en la Iglesia? Alguien que con su vida y en su propia vocación, nos ha dejado el testimonio de haber vivido el evangelio de Jesucristo de un modo ejemplar. Alguien que no se ha contentado con una vivencia, diríamos “light” de su vida cristiana, sino que la ha asumido en la radicalidad del seguimiento de Jesucristo. Esto no es obra de un voluntarismo ni es posible como una realización solo humana, sino que es un signo de la presencia del Espíritu de Dios que es la fuente de la santidad. Tampoco es un “robot”, sino una persona que desde su libertad se ha dejado invadir y transformar por Dios, y que la Iglesia nos la presenta como un testigo de vida de fe, esperanza y caridad, que es la fuente de la vida de la gracia.

Por ello, el Concilio Vaticano II nos habla de la “Universal Vocación a la Santidad en la Iglesia”. Toda persona, desde lo concreto de su estado de vida está llamada a la santidad. Brochero fue un sacerdote, un pastor, que tomó en serio en su vida el evangelio y lo vivió. Son muchos los aspectos que podemos señalar en la vida de Brochero como signos de la presencia del Espíritu de Dios. Para no extenderme marcaría dos rasgos en su vida sacerdotal. El primero, la primacía de Dios. No se lo puede entender sin esta referencia fundante de su vida. Todo en él nacía y se orientaba hacia Dios. Lo vemos en sus grandes obras de las escuelas, catequesis, retiros espirituales y la vida sacramental. Su preocupación era poner en contacto a sus fieles con un Jesucristo vivo, sobre todo a los más alejados. Fue un Pastor con mayúscula en el servicio a su rebaño. Podemos decir que la imagen del Buen Pastor, Jesucristo, tuvo en él un testigo ejemplar.

El segundo aspecto es haber asumido la realidad social como las necesidades de su gente y comprometerse con ellas como pastor. No fue un líder político o social, pero asumió con entrega y lucidez el momento de histórico y postergado de esa extensa zona de las sierras de Córdoba a su cuidado pastoral. Así lo vemos ocupado en temas como caminos, el ferrocarril, el agua y todo aquello que hacía a las necesidades de su gente. La pobreza en todas sus expresiones encontró en él una respuesta. Nada estaba ausente a su mirada de pastor. Dios no lo alejó del mundo, por el contrario lo puso en el centro de su pueblo. Esto, también, es signo de la presencia del Espíritu de Dios que no abandona a su pueblo. El Cura Brochero fue presencia de esta providencia de Dios. Así lo reconocía su gente.

Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
La gratitud, signo de riqueza espiritual PDF Imprimir E-mail

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LA GRATITUD, SIGNO DE RIQUEZA ESPIRITUAL

El evangelio de este domingo nos habla del encuentro de Jesús con diez leprosos, a quienes él había curado solo uno de ellos volvió a darle gracias al Señor. Jesús, dice con dolor: “¿Cómo, no quedaron purificados los diez? Los otros nueve, ¿dónde están?” (Lc. 17, 11-19). La ingratitud es signo de pequeñez espiritual. El saber dar las gracias es un acto de reconocimiento y un signo de nobleza espiritual que nos eleva. Solo agradece el que se siente deudor de alguien, el que sabe que necesita del otro; el orgulloso no agradece, ¿a quién voy agradecer, se dice, si lo que tengo es mérito propio? La ingratitud tiene mucho de injusticia, es olvido de las personas como del bien recibido, es no querer reconocer nuestros límites y no aceptar nuestra dependencia de otros, en última instancia de Dios.

Esta referencia a Dios es importante, porque hace de la gratitud una virtud que tiene que ver con la verdad de lo que somos. No somos dioses, somos criaturas con nuestra grandeza y dignidad, pero también con la conciencia de nuestra contingencia y fragilidad. Agradecer es lo propio de quien se sabe criatura, agradecemos tanto el don de la vida como todo lo que nos es dado. La gratitud es un acto que nos habla de la verdad asumida de nuestra condición humana, y nos permite valorar todo aquello que los otros hacen por mí, que no es poco y lo necesitamos. El saber agradecer nos habla de esa sabia indigencia de nuestra condición humana que necesita de la presencia de mi hermano, y que nos hace vivir con alegría esta verdad. La simple oración: “Señor te necesito”, es signo de nuestra verdad de criaturas y de nuestra dignidad de hijos.

A veces nos cuesta agradecer porque nos parece que tiene algo de debilidad el aceptar y reconocer algo que el otro ha hecho por mí. Es minimizar su presencia y el gesto de mi hermano, ello nos termina encerrando y aislando. El agradecer es el mejor camino para salir de nosotros mismos, construir relaciones sanas y superar distancias que nos alejan. ¡Qué importante en el ámbito de una familia es saber dar las gracias! Con ello, tan simple, vamos elevando nuestras vidas y sanando nuestras relaciones. A Jesús le dolió, precisamente, la falta de gratitud de quienes habían sido purificados, de quienes habían recibido algo.

Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
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