Desde el Evangelio
20 de mayo de 2017 - La promesa del Espíritu Santo PDF Imprimir E-mail

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LA PROMESA DEL ESPÍRITU SANTO

Acercándonos a celebrar la Fiesta de la Ascensión del Señor, el Evangelio de este domingo nos habla de la promesa del envío del Espíritu Santo como plenitud de la obra de Jesucristo. La fe cristiana no es creer en un ser superior sino en un Dios personal que se nos ha revelado en su Hijo, y que nos promete permanecer con nosotros a través del envío de su Espíritu. Este seguir actuando Jesucristo, este permanecer con nosotros es la obra del Espíritu Santo: “No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes” (Jn. 14, 18). Lo que Cristo ha realizado en su vida a través de su palabra y con sus obras, especialmente por el triunfo de la Pascua, nos lo comunica el Espíritu Santo como gracia que transforma nuestra vida. Es el mismo Dios el que actúa a través de cada una de sus Divinas Personas.

La primera obra del Espíritu Santo es orientar nuestra mirada a Jesucristo como fuente y camino de una vida nueva. Por ello, para constatar la presencia de su Espíritu el certificado que debemos mostrar es, si podemos hablar así, el testimonio de una vida según los valores y las exigencias del evangelio, principalmente en el testimonio de amor a Dios y a nuestros hermanos: “El que recibe mis mandamientos y los cumple, nos dice Jesús, ese es el que me ama y el que me ama será amado por mi Padre” (Jn. 14, 21). Este camino iniciado por Jesucristo y animado por el Espíritu Santo que tiene un horizonte trascendente, es hoy la verdad que da sentido y compromete la vida del cristiano.

Esta es la base de una auténtica espiritualidad laical llamada a construir un mundo nuevo según el espíritu de Jesús, ello implica un serio compromiso con las realidades temporales. Así nos lo presenta el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, cuando afirma: “(esta espiritualidad los) hace capaces de mirar más allá de la historia, sin alejarse de ella; de cultivar un apasionado amor por Dios, sin apartar la mirada de los hermanos. Es una espiritualidad que rehúye tanto del espiritualismo intimista como el activismo social y sabe expresarse en una síntesis vital que confiere unidad, significado y esperanza a la existencia, por tantas y diversas razones contradictorias y fragmentada” (C.D.S.I.C. 545). No es posible una vida cristiana si no está orientada y animada por el Espíritu Santo.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
13 de mayo de 2017 - Yo soy el camino, la verdad y la vida PDF Imprimir E-mail

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YO SOY EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA

Este domingo escuchamos la definición más clara que nos da Jesucristo en su relación con nosotros. No se presenta como alguien más, sino como quien ha venido a revelarnos el sentido de nuestra vida y la posibilidad de realizarla plenamente. ¿Cuál es la razón por la cual Jesucristo es para el hombre su verdad más profunda? Creo que para responder esta pregunta debemos partir del principio, es decir, de la creación del hombre a “imagen y semejanza de Dios” (Gen. 1, 26). La imagen perfecta de Dios es su propio Hijo, en él hemos sido creados. Jesucristo no es, por ello, algo ajeno al hombre sino su modelo e ideal. Siempre recuerdo la frase del Concilio Vaticano II, cuando nos dice que: “el misterio del hombre solo se esclarece a la luz del misterio de Cristo” (G. S. 22).

Cuando predicamos a Jesucristo le estamos dando al hombre lo que le es propio, lo que le pertenece y necesita. Este es el fundamento de la obra misionera de la Iglesia que no es proselitismo que busca adherentes: es anunciarle al hombre su verdad. La Iglesia vivió esta certeza desde el principio, así lo vemos cuando san Pedro proclama ante el Sanedrín: “Porque no existe bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres, por el cual podamos alcanzar la salvación” (Hech. 4, 12). La salvación es lo que da sentido y plenitud a la vida del hombre. Este diálogo de Dios con el hombre se mueve en el ámbito de la libertad, ello supone ofrecimiento y aceptación. El lugar privilegiado es la Palabra de Dios, pero también el testimonio. Esto es importante: Cristo llega al hombre a través del hombre. San Pablo afirma: “este misterio, que es Cristo en ustedes es la esperanza de la gloria” (Col. 1, 27).

El cristiano nace, por lo mismo, del encuentro con Jesucristo. No es adhesión a una doctrina o a una institución, es recibir una Persona para vivir su misma vida. Ahora bien: ¿esto es posible? Aquí llegamos al ámbito de la fe, que no es un salto irracional al vacío, sino que ella se apoya en el testimonio de aquellos que vieron y nos trasmitieron el triunfo de la resurrección de Cristo, que lo ha hecho un ser vivo y actual. Ellos nos dieron el testimonio de lo que vieron, nosotros lo experimentamos en nuestra vida y lo predicamos. Cristo no nos ha señalado solo un camino a seguir, el mismo se ha hecho camino que nos acompaña con su presencia y su gracia. Vivamos el gozo de encontrarlo y seguirlo.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
06 de mayo de 2017 - El buen pastor PDF Imprimir E-mail

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2017 10EL BUEN PASTOR

Celebramos el domingo del Buen Pastor, en el que la Iglesia nos invita a una Jornada de Oración por las Vocaciones. La figura de Cristo, el Buen Pastor, es la imagen más acabada y sugerente de lo que debe ser un sacerdote, un pastor. No debemos los sacerdotes elaborar doctrinas para saber cómo debemos ser y actuar, solo debemos contemplar con humildad la figura de Jesucristo, él es el Buen Pastor. San Juan nos presenta esta imagen tomada de las mismas palabras del Señor. El Buen Pastor ama, conoce y acompaña a su rebaño (cfr. Jn. 10), estas notas que surgen del evangelio son la auténtica fuente de alegría y realización sacerdotal. Para san Agustín, lo que caracteriza al ministerio sacerdotal es ser: “amoris officium”, es decir una tarea de amor.

Con la Jornada de Oración por las Vocaciones la Iglesia nos recuerda que el sacerdocio es una página central del Evangelio y, por lo mismo, todos somos responsables. No se trata de un tema de los jóvenes, se trata de la misma misión de Jesucristo para la que él llamó a los primeros apóstoles y hoy continúa haciéndolo. El Señor sigue llamando y diciéndonos con la misma urgencia: “Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes” (Jn, 20,21). Cuando un joven se descubre en este camino, es el comienzo de una pregunta. No podemos comprender al sacerdote si no es en referencia a Jesucristo como su fuente, a la Iglesia como comunidad de pertenencia y al Mundo como objeto del amor de Dios (Jn. 2, 16-17). Pienso que el sacerdocio se ha alejado del horizonte de las familias, es algo que no está en su agenda. Esta Jornada busca recordar nuestra responsabilidad y confiar en el valor de la oración.

Vivimos momentos no fáciles respecto a la imagen del sacerdote sea por defecciones como por escándalos. Es común estar en las páginas de los diarios. Esto nos duele y nos debe llevar a un sincero arrepentimiento y conversión. Pero ello no es la verdad ni la realidad de nuestros sacerdotes, como tampoco de los ideales de entrega y deseos de seguir a Jesucristo de nuestros seminaristas. Hay una gran riqueza en nuestros sacerdotes que debemos anunciar y acompañar. Es cierto que el Señor llama a hombres frágiles y que siempre debemos tener conciencia de que: “Llevamos ese tesoro en recipientes de barro” (2 Cor. 4, 7), ello nos compromete y reclama una vida auténtica, pero no dejemos de vivir como Iglesia con gratitud y confianza el don del sacerdocio.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
29 de abril de 2017 - Nuestra Señora de Guadalupe PDF Imprimir E-mail

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NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE

Cada año Santa Fe renueva su devoción a Nuestra Señora de Guadalupe. Su primer obispo, Mons. Agustín Juan Boneo, al inicio de su ministerio pastoral en el año 1900, se encontró con esta devoción de los santafesinos que ya existía antes de su llegada, a la que consideró un hecho providencial y de sólida piedad mariana que llamó su atención, ello lo llevó a dar su reconocimiento y a proclamarla Patrona de la nueva diócesis de Santa Fe. María se dejó encontrar en este pueblo en la simple piedad de un ermitaño y en una imagen que sigue siendo signo silencioso y elocuente de su presencia junto a nosotros. Es bueno recordar lo que les decía Mons. Boneo a aquellos primeros peregrinos, para que al volver a sus casas, lo trasmitan: “Decidles que en nuestra querida Santa Fe, no lejos de sus puertas, existe un humilde Santuario, una célebre ermita consagrada a la Santísima Virgen de Guadalupe… Decidles que de hoy en adelante, este será el sitio privilegiado a donde se darán cita la piedad de los santafesinos y el amor a su excelsa Madre”. Esto que fue una constatación de lo que existía tuvo mucho de profecía.

No podemos hablar de María, ni de la Iglesia, sin una referencia explícita a Jesucristo. Es más, ella nos lo exigiría porque es consciente de que Dios la eligió para ser la madre de su Hijo. A esta situación única de Maria se refiere su prima Isabel, cuando le dice: “¡Tú eres bendita entre todas la mujeres y bendito es el fruto de tu vientre!" (Lc. 1, 42). María vive esta realidad como una gracia que la lleva a exclamar con: “Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, porque miró con bondad la pequeñez de su servidora” (Lc. 1, 46-48). Así también, la Iglesia, está llamada a vivir con humildad y espíritu de servicio esta gracia que la hace presencia de Cristo en el mundo. María y la Iglesia no tienen otra palabra que decirnos sino la que pronunció su Hijo.

La devoción a María es la mejor escuela para disponernos a escuchar a Jesucristo. Lo primero que vemos en ella es su silencio y escucha, así lo resume san Lucas: “Su madre conservaba estas cosas en su corazón” (Lc. 2, 51). Sus pocas palabras nos orientan a su Hijo: “Hagan todo lo que él les diga” (Lc. 2 5). Tener una imagen bíblica de María nos hace crecer en nuestro encuentro con Jesucristo y, al mismo tiempo, nos ayuda a superar toda instrumentación que se hace de ella como portadora de mensajes. En esto la Iglesia es muy cuidadosa en su misión de discernir la autenticidad de los mismos. Hay una búsqueda de “nuevos mensajes”, que no corresponde a la fe de la Iglesia y a una auténtica devoción.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
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