Desde el Evangelio
29 de julio de 2017 - El tesoro que define una vida PDF Imprimir E-mail

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EL TESORO QUE DEFINE UNA VIDA

En el evangelio de este domingo leemos la parábola del Tesoro, que Jesús utiliza para hablarnos del Reino de Dios: “El Reino de los Cielos, (nos dice), se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo” (Mt. 13, 44). Como en toda parábola es necesario ver la enseñanza que nos propone. El vender todo de lo que se nos habla solo es posible si lo que se ha encontrado es algo importante, y frente a ello todo pierde valor. Estamos ante algo que justifica una decisión por su significado superior. Esto es lo primero y lo que define esa opción fundamental del hombre que vende todo. Nos podríamos preguntar: ¿Cuál es el tesoro que da sentido a mi vida? ¿Lo he encontrado o aún estoy en la búsqueda? Esta pregunta es decisiva en el nivel de una vida cristiana.

Es necesario comprender que el vender todo, la renuncia, no es lo primero. Solo quien ha encontrado algo superior, el tesoro, está en condiciones de hacer una renuncia verdadera que nos da paz, alegría y fuerza para mantener una actitud responsable en su cuidado. El tesoro lo descubre un hombre libre, no un “robot”, por ello es importante que alcance nuestra inteligencia, motive nuestra voluntad y sentimientos, para hacer de la realidad de este encuentro algo que encierra esa palabra y deseo de lo definitivo. Parece difícil hablar en estos términos en una cultura del “zapping”, donde todo es lábil y pasajero, desgraciadamente incluso las personas. Sin embargo, la enseñanza de Jesús es clara, es más, nos diría que no solo es posible sino que es el camino de una vida realizada.

Está de más que nos preguntemos en este ámbito cuál es el tesoro del cristiano, y frente al cual estamos llamados a vender todo. Lo sabemos, la única respuesta es Jesucristo. Pero lo importante es preguntarnos hasta que nivel llega esta respuesta en mi vida. ¿Queda solo en un plano doctrinal sin motivar nuestras actitudes y compromiso de vida? Esto siempre es un peligro en el desarrollo de una vida cristiana, que el encuentro con Jesucristo no llegue a despertar un cambio de vida. Es esa “gris monotonía” de la que nos habla Benedicto XVI, en la que todo parece que está bien, pero se va secando la fuerza y la alegría del encuentro con Jesucristo. San Pedro había encontrado el tesoro y le dijo a Jesús: “Señor, adonde iremos, solo tú tienes palabras de vida eterna” (Jn. 6, 68).

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
22 de julio de 2017 - La paciencia de Dios PDF Imprimir E-mail

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LA PACIENCIA DE DIOS

Este domingo leemos un conjunto de parábolas en las que Jesús contrapone la impaciencia de los hombres y la paciencia salvífica de Dios. Nos habla de esa paciencia que tiene por horizonte el tiempo del Reino Dios, frente a esa impaciencia que vive a la espera del fruto ya. El tiempo de Dios tiene una dimensión que supera la inmediatez de los cálculos humanos, como del espacio o lugar en que nos movemos. Francisco nos diría que “el tiempo es superior al espacio”, porque vive a la espera de una plenitud (cfr. E.G. 222). El tiempo ilumina los espacios y ayuda a generar procesos; el sentido del tiempo de Dios nos ayuda a respetar a las personas y sus momentos de crecimiento. La paciencia tiene que ver con la esperanza, porque tiene su fuente en la fe en un Dios creador y providente.

En la parábola de cizaña que crece junto al trigo, y frente a la insistencia de los servidores de arrancarla ya, Jesús le dice: “Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego el trigo en mi granero” (Mt. 13, 30). Reconoce el mal de la cizaña, pero tiene cuidado por el buen trigo, por ello les advierte que: “al arrancar la cizaña, corren el peligro de arrancar también el trigo” (Mt. 13, 29). Yo hablaría de la delicadeza del amor de Dios por sus hijos a los que siempre espera, más allá de las dificultades en las que se puedan encontrar. Ve primero el bien, el trigo y lo cuida, no se deja llevar por el poder de la cizaña ni organiza una “guerra santa” contra ella. Confía, acompaña y espera.

Es cierto, también, que en este camino en el que somos parte del sembradío de Dios, debemos asumir nuestra tarea de ir purificando y cortando o “podando” todo aquello que entorpece el crecimiento del buen trigo en nosotros. Somos los primeros responsables. Pero debemos comprender, y esta es la enseñanza de Jesús, que no somos dueños de la historia ni del tiempo, menos de las personas, somos peregrinos con nuestras fragilidades hacia una plenitud a la cual estamos llamados y para la cual él mismo se hizo para nosotros: “camino, verdad y vida”. No somos espectadores o críticos de una historia, somos protagonistas de la misma. Esta parábola es una enseñanza que debemos asumir.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
15 de julio de 2017 - Dios creador y redentor PDF Imprimir E-mail

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DIOS CREADOR Y REDENTOR

La liturgia de este domingo nos habla de Dios Creador como fundamento de la creación, y de Dios Redentor, Jesucristo, camino de salvación. Es el mismo Dios el autor del libro de la Creación y del libro de la Palabra. Esta unidad la expresa el Catecismo de la Iglesia, diciendo: “La creación es el fundamento de todos los designios salvíficos de Dios, el comienzo de la historia de la salvación que culmina en Cristo. Inversamente, el Misterio de Cristo es la luz decisiva sobre el Misterio de la creación; revela el fin en vista del cual, al principio, Dios creó el cielo y la tierra (Gn. 1, 1); desde el principio Dios preveía la gloria de la nueva creación en Cristo” (C.I.C. 280).

Esto permite comprender a san Pablo cuando nos habla de la esperanza de la creación, que está íntimamente ligada al destino de toda la humanidad y de la que Jesucristo es el camino que le da vida y la libera: “En efecto, toda la creación espera ansiosamente esta revelación de los hijos de Dios. … la creación entera, hasta el presente sufre, gime y sufre dolores de parto. Y no solo ella: también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu” (Rom. 8, 19-23). Hay una unidad en el Plan de Dios en el que la creación es iluminada y liberada por Jesucristo. Esta esclavitud a la que está sometida la creación, fruto del pecado, encuentra su liberación en Cristo, de quien hemos recibido: “las primicias del Espíritu”. En este tiempo estamos llamados a vivir con responsabilidad nuestra fe.

Esta proclamación de Dios Creador es hoy particularmente necesaria. Hay planteos que debilitan esta verdad central de la fe. El Papa Benedicto decía: “El hombre posee una naturaleza que debe respetar y que no puede manipular a su antojo. El hombre no se crea a sí mismo. Es espíritu y voluntad, pero también naturaleza, su voluntad es justa cuando él respeta la naturaleza”. Retomando esta reflexión Francisco nos decía refiriéndose a la teoría del género: “Hoy a los niños se les enseña en la escuela: que cada uno puede elegir el sexo”. Y recuerda a Benedicto cuando le dijo: “Santidad, esta es la época del pecado contra Dios creador: Dios ha creado al hombre y a la mujer, Dios ha creado el mundo así, así, y nosotros estamos haciendo lo contrario. Lo que ha dicho Benedicto, concluye, tenemos que pensarlo: Es la época del pecado contra Dios creador”. Es urgente, ya desde la catequesis, poner el tema de Dios creador como fundamento del designio de Dios.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
08 de julio de 2017 - Vengan a mí PDF Imprimir E-mail

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VENGAN A MÍ

En el evangelio de este domingo Jesús nos dirige una mirada de amor con la que busca acompañarnos en los momentos difíciles. Él siempre está cerca de quienes sufren, no niega el dolor, pero nos dice: “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré” (Mt. 11, 25). Con estas palabras nos muestra su presencia ente el dolor, que es algo que pertenece a nuestra condición de criaturas, no somos dioses, somos hombres y mujeres que caminamos con: “gozos y esperanzas, con tristezas y angustias” (G.S. 1). En esta historia, que es también Historia de Dios, somos peregrinos hacia una plenitud de vida. Desde Jesucristo ya no caminamos solos.

Él ha venido, precisamente, para asumir nuestra condición humana y mostrarnos un camino nuevo, en el que él mismo se hace camino para darnos fuerza y alivio en nuestro caminar. ¿Qué nos pide?, algo simple pero que requiere de una decisión: “Vengan a mí”, nos dice. Este ir hacia él nos habla de una actitud de fe con la que lo reconocemos como enviado de Dios, su Padre. Él no es alguien más, es el Hijo de Dios que ha venido para salvarnos, recordemos que: “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único, No para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn. 3, 16). Esta salvación, que en su plenitud aún la vivimos en la esperanza, ya comienza a ser realidad en este mundo cuando nos encontramos con él.

Lo que Jesús nos propone no es negar el dolor o tratar de desentendernos de él, sino de asumirlo y ponerlo junto a él. Es convertir nuestra historia en Historia de Dios, que tiene en Jesucristo su fuente salvífica. Su cruz es signo de un amor que nos salva, por ello nos dice: “Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy manso y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana” (Mt. 11, 29). Su respuesta no es decirnos: el dolor no existe y dejarnos tranquilos, al contrario, nos dice: reconózcanlo pero no se dejen vencer, Yo lo he asumido y los acompaño. Un dolor, una cruz sin Cristo agobia, nos aplasta, no encontramos salida. No busquemos en Cristo lo mágico que solucione todo, él está presente nos acompaña e involucra en la respuesta.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
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