Desde el Evangelio
01 de octubre de 2016 - La Fe es algo vivo PDF Imprimir E-mail

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LA FE ES ALGO VIVO

“Auméntanos la fe”, es el pedido de los apóstoles a Jesús (Lc. 17, 5), que también lo debemos hacer nosotros. La fe es algo vivo, no es un conjunto de ideas o una doctrina que hemos recibido. La fe está llamada a crecer y a madurar; ella nos introduce en un diálogo único y personal con Dios que es su fuente. En este diálogo, en el que Dios tiene la iniciativa, la fe es nuestra respuesta. Jesucristo es la fuente que la mantiene viva: “Fijemos la mirada en el iniciador y consumador de nuestra fe, en Jesús”, leemos en la carta a los Hebreos 12, 2. La fe se apoya y crece en el palabra y el testimonio de Jesús.

El principal camino de este encuentro con Jesucristo es la lectura orante de su Palabra. Esta es la misión de la Iglesia que Jesucristo le confió, predicarla. ¡Cuánto bien está haciendo en la Iglesia los círculos bíblicos, como lugar de fe en la lectura de la Palabra de Dios! Es la Palabra leída con un corazón abierto la que nos va introduciendo en ese diálogo personal con Dios, e iluminado nuestras vidas. Es el mismo Jesús el que se nos muestra en ella como “camino, verdad y vida". Siempre es bueno recordar el texto del profeta Isaías, cuando nos habla de la eficacia de la Palabra del Señor: “la palabra que sale de mi boca, nos dice, no vuelve a mí estéril, sino que realiza todo lo que yo quiero y cumple la misión que yo le encomendé” (Is. 55, 11). La Palabra de Dios es la que mantiene viva nuestra fe.

La fe cristiana, como vemos, no es algo mágico ni sentimental, ella necesita apoyarse y alimentarse en su fuente que es Jesucristo. Tampoco es algo milagrero o un recetario de respuestas para cada problema. Ella es sabiduría de Dios que nos permite conocer y asumir nuestra vida en su verdad más profunda como: hijos de un Dios que nos ha creado y no nos abandona; como peregrinos que caminamos con la certeza de su presencia y la esperanza de una Vida Plena, que ya la vivimos en el gozo de la fe que da sentido a nuestras vidas. Esta vida de fe, que nos introduce en la sabiduría Dios que hemos conocido por Jesucristo, se nos presenta como un don y una tarea que debemos asumir. Ella es la base y la fuerza de una vida nueva que comienza por transformarnos y hacernos testigos de esta Vida. San Pablo lo dice con mucha claridad, esta riqueza de la fe: “es Cristo en ustedes, la esperanza de la gloria” (Col. 1, 27). La fe nos da sabiduría.

Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
24 de septiembre de 2016 - Destino trascendente de la vida PDF Imprimir E-mail

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DESTINO TRASCENDENTE DE LA VIDA

Nuestra vida tiene horizontes de eternidad. No somos algo más de la naturaleza que tiene su fin en los pequeños límites de este mundo, somos peregrinos hacia una vida plena y definitiva. A esta verdad la vivimos en la esperanza, como don y compromiso. El camino es la fe en Jesucristo vivida en el amor. Es bueno recordar en este contexto aquella frase de san Juan de la Cruz: “a la tarde de la vida te examinarán en el amor”. Esto nos habla de que somos hombres libres y responsables de nuestros actos. El evangelio de este domingo nos presenta esta verdad en la parábola del “hombre rico y el pobre Lázaro”; ella nos enseña a ver y a vivir nuestro presente desde el futuro, de lo que estamos llamados a ser. El tema de la trascendencia, el fin último del hombre, como destino al que todos estamos llamados es una verdad de fe que responde a la aspiración más profunda del hombre y nos ha sido revelada por Jesucristo (cfr. Jn. 14, 2-4).

La parábola nos habla de esta realidad en la imagen de dos personas que han vivido con criterios distintos, a quienes las contempla desde el término de sus vidas. La muerte los une, pero también los diferencia. Uno vivió su riqueza y bienestar en clave egoísta; el otro, el pobre, vivió rodeado de fragilidades y tratando de participar o recibir algo de lo que al rico le sobraba. La vida eterna, como término de nuestra vida temporal, se vive como don y compromiso en este mundo. El sentido y contenido de la fe hace de este mundo un tiempo de opciones y responsabilidad. Nos hace vivir con gratitud el don de la existencia y su plenitud, y nos hace protagonistas de este camino. Vamos escribiendo nuestro futuro.

Esto que vale a nivel personal tiene, además, una dimensión social que se refiere al bien común. Es ingenuo pensar que el derrame de los que tienen va a llegar a los que no tienen. Para plasmar una sociedad más humana, más digna de la persona humana, es necesario, afirma la Doctrina Social de la Iglesia, revalorizar el amor en la vida social –a nivel político, económico y cultural- haciéndola la “norma constante y suprema de la acción” (582). Lo que vale a nivel personal vale también a nivel social. Es importante la presencia del Estado con leyes justas que reconozcan esta dignidad e igualdad de toda persona y se nutran con los valores del evangelio.

Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
17 de septiembre de 2016 - El cristiano, el dinero y los bienes materiales PDF Imprimir E-mail

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EL CRISTIANO, EL DINERO Y LOS BIENES MATERIALES

El evangelio nos presenta un tema siempre actual, me refiero a la relación del cristiano con el dinero y los bienes materiales. El texto concluye con una frase cerrada: “No se puede servir a Dios y al dinero” (Lc. 16, 13). Esto puede llevarnos a una actitud maniquea, es decir, todo lo material es malo y se opone a Dios. Ello no corresponde a la fe en un Dios creador. En el orden de la creación no hay nada intrínsecamente malo. San Pablo les decía a los corintios con la certeza de una verdad: “Todo es de ustedes, pero ustedes son de Cristo y Cristo es de Dios” (1 Cor. 3, 23). Es decir, todo es de ustedes, la creación les pertenece, pero hay una manera de vivir que define una actitud. Todo es vuestro, la política, la empresa, el amor, los bienes materiales, todo, pero al decirles “ustedes son de Cristo”, no les quita nada, pero si les marca una manera de vivir estas realidades.

No se trata de demonizar el dinero o los bienes materiales, pero sí de darles el sentido que tienen en la vida personal como social. Podemos hacer del dinero un “ídolo” al que servimos y todo lo justifica, que termina esclavizándonos. Por ello nos advierte el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia sobre el uso del dinero que: “plantea interrogantes cada vez más urgentes, que remiten necesariamente a una exigencia de transparencia y de honestidad en la actuación personal y social” (198). El dinero, como los bienes materiales, son medios no fines en sí mismos. Esto esclaviza al hombre, el no descubrir su verdad y alcance. En cambio, cuando Dios ocupa su lugar todo se orienta y encuentra su lugar. Dios es principio de sentido y de libertad para el hombre frente esta realidad buena y necesaria, como obra de la creación, pero no absoluta.

Hay un tema, además, que nos habla del destino universal de los bienes, es decir, que si bien los poseemos legítimamente nos pone un límite en su cuidado y su uso. Volvemos al Catecismo: “Los bienes, aun cuando son poseídos legítimamente, conservan siempre un destino universal. Toda forma de acumulación indebida es inmoral, porque se halla en abierta contradicción con el destino universal que Dios creador asignó a todos los bienes” (32). ¡Qué importante es tener una idea de la creación, de la naturaleza, como algo previo que recibimos y que no tenemos un poder absoluto sobre ella! Esto significa que no somos Dios, sino administradores de una obra buena. Cuando la riqueza pierde el sentido social que está en función del crecimiento y el bienestar del hombre y la sociedad, termina aislándose y volviéndose contra el mismo hombre.

Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
10 de septiembre de 2016 - La alegría del perdón PDF Imprimir E-mail

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LA ALEGRÍA DEL PERDÓN

Una de las parábolas que Francisco elige para presentarnos el Año Santo de la Misericordia, es la de la oveja perdida que leemos este domingo. En ella, nos dice: “encontramos el núcleo del Evangelio y de nuestra fe, porque la misericordia se muestra como la fuerza que todo vence, que llena de amor el corazón y que consuela con el perdón” (MV. 9). Al acercarse a Jesús los fariseos lo critican porque recibía y comía con los pecadores, él les responde con esta parábola: “Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra la carga sobre los hombros, lleno de alegría, y al llegar a su casa llama a sus amigos y vecinos y les dice: Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido, y concluye, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse" (Lc. 15, 1-7).

Qué importante es en la vida espiritual tener la imagen de un Dios justo y misericordioso que sale a buscarnos, que se alegra con el encuentro y nos da el abrazo del perdón. No somos algo indiferente para él, somos sus hijos. Este es el camino de Dios que hemos conocido por Jesucristo. Considero a esta una de las mayores revelaciones de Jesucristo, el decirnos que tenemos un Padre que no se olvida de sus hijos. Esta relación con Dios alcanza su momento mayor en la oración y el perdón. Llamarlo a Dios Padre es reconocer nuestra grandeza como el límite de nuestra condición de criaturas. La oración nos introduce en esta verdad. Vivir con gratitud esta dimensión del perdón es consecuencia de conocer a Dios como Padre. El perdón sana y es motivo de alegría.

Este es el camino de Dios, pero hay un camino del hombre hacia este encuentro con él. El perdón necesita de humildad, de sinceridad y deseos de cambio. El orgullo, las justificaciones que son un modo de mentira como la dureza de corazón, nos encierran y nos hacen impermeables al encuentro con Dios y al perdón. Cuando la culpa se refiere a un Dios justo y misericordioso vivimos la alegría de la salvación. Además, este perdón que pedimos y recibimos de Dios nos llama a ser testigos ante nuestros hermanos: “perdónanos nuestros pecados, decimos, porque nosotros perdonamos a aquellos que nos ofenden” (Lc. 11, 4). Enséñanos a rezar es como decirle al Señor: enséñanos a perdonar.

Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
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