Desde el Evangelio
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PREPAREN EL CAMINO DEL SEÑOR

En este 2° domingo de Adviento la figura de Juan el Bautista, el último de los profetas que señala la llegada del Reino de Dios en la persona de Jesús, se nos presenta como la voz del Antiguo Testamento. Comienza su predicación haciéndonos un llamado a la conversión: “Conviértanse, porque el Reino de Dios está cerca. A él se refería el profeta Isaías cuando dijo: “Una voz grita en desierto: preparen el camino del Señor, allanen sus senderos” (Mt. 3, 2-3). Lo primero es un llamado a la conversión, algo más personal; luego una invitación a allanar el camino del Señor, a quitar todo aquello que dificulte su encuentro con los hombres. Estas dos dimensiones nos pueden ayudar a vivir este tiempo de Adviento.

En primer lugar la conversión, que si bien puede tener un momento puntual en nuestra vida debe ser algo permanente. Ella nos habla de una actitud de crecimiento espiritual que tiene por horizonte último la plenitud de la eternidad; nos habla de la necesidad de revisar nuestra vida para mantener viva la presencia de Jesucristo como ideal y proyecto. Sabemos que el ideal al que estamos llamados es alto, así nos lo dice san Pablo: “hasta que todos lleguemos a la estatura y madurez que corresponde a la plenitud de Cristo” (Ef. 4, 13). Esto no nos debe desanimar, porque él mismo nos ha enviado su Espíritu para acompañarnos y darnos como dones la “sabiduría y fortaleza”, que nos permitan avanzar en este camino no siempre fácil, pero que es nuestra verdad y nuestra vida.

El allanar los caminos del Señor lo podemos leer desde nosotros, es decir, quitar en mí todo lo que se oponga a la llegada del Señor a mi vida; pero también lo podemos considerar desde el camino del Señor a mis hermanos. ¡Cuánta opacidad puede presentar nuestras vidas para que ellos vean en nosotros una presencia viva del Señor! Nuestra presencia no es indiferente para aquellos que están alejados. El testimonio de un cristiano es el comienzo de un camino de encuentro con el Señor. San Pablo les decía a los Colosenses: “A ellos les ha revelado cuánta riqueza y gloria contiene para los paganos este misterio que es Cristo en ustedes, la esperanza de la gloria” (Col. 1, 27). Podemos decir que nuestra conversión es el primer acto de caridad para con mis hermanos.

Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
26 de noviembre de 2016 - Adviento PDF Imprimir E-mail

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ADVIENTO

Iniciamos el tiempo de Adviento como camino hacia Navidad. Es un hecho que debemos leerlo y vivirlo desde la fe para comprender su significado personal como social, y no ser espectadores de una fecha más del calendario. La fe no es un sentimiento o una fiesta sin contenido, sino que tiene su fuente en un Dios que nos habló y que se ha comprometido con nosotros al enviarnos a su Hijo. Siempre es bueno recordar este camino de Dios en nuestra historia con las palabras de la misma Biblia: “Después de haber hablado antiguamente a nuestros padres por medio de los Profetas, en muchas ocasiones y de diversas manera, ahora, en este tiempo final, Dios nos habló por medio de su Hijo” (Heb. 1, 1). En Navidad celebramos con gozo el cumplimiento de esta promesa que Dios nos hizo.

Adviento es tiempo de preparación para vivir un acontecimiento que nos tiene como destinatarios y testigos. Ante todo somos destinatarios: “Sí, Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo único” (Jn. 3, 16), para mí, es un envío personal. Es el mismo Señor el que nos dice: “Yo estoy junto a la puerta y llamo: si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos” (Ap. 3, 20). La fe es encuentro del amor de Dios con nuestra libertad. No es un salto al vacío, es una respuesta libre que se apoya en Jesucristo. Con la fe aparentemente nada cambia, sin embargo todo cambia, hay una nueva referencia que da sentido a la vida y relaciones del hombre. La fe que nos abre a escuchar a Jesucristo necesita de nuestra preparación. Es cierto que es un don, pero es dado a un hombre que es libre e inteligente. Algo que impide el camino de la fe son los prejuicios que nos encierran. El don de la fe necesita de “buscadores”, de los que están abiertos.

Navidad nos hace testigos de un acontecimiento; no hay don sin tarea. El encuentro con Jesucristo no puede quedar encerrado en nosotros, él nos hace sus testigos ante el mundo. La dinámica de la fe dice relación a Dios, pero también hacia nuestros hermanos. El contenido de esta relación con Dios y con nuestros hermanos tiene en Jesucristo su camino. Su Palabra se convierte en fuente de verdad y de vida. El testimonio cristiano, que nace del encuentro con Jesucristo, es el “banco de prueba” de la fe. No podemos acercarnos a celebrar Navidad si no nos preparamos para ser sus destinatarios y testigos.

Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
Solemnidad de Cristo Rey PDF Imprimir E-mail

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SOLEMNIDAD DE CRISTO REY

Al concluir el año litúrgico celebramos la Solemnidad de Cristo Rey, el próximo domingo iniciaremos el tiempo de Adviento. Es una Fiesta que tiene un profundo sentido bíblico y eclesial. Cristo es la respuesta definitiva de Dios al hombre: “Si, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree tenga Vida eterna” (Jn. 3, 16). Siempre debemos partir de esta certeza de fe que se apoya en la revelación del amor de Dios, y del cual Jesucristo es su Palabra que habitó con nosotros. Cuando Pilato le pregunta a Jesús si él es Rey, le responde: “Tu lo dices: yo soy Rey. Para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz” (Jn, 18, 37). Esta misión de Jesucristo es el que se prolonga en la Iglesia; ella no puede decir otra palabra que no sea la de Jesucristo. Esta es su verdad y su compromiso.

La relación de Cristo con la Iglesia ha sido un tema constante en el pensamiento cristiano. Ya san Ambrosio en el siglo IV tuvo aquella bella y significativa expresión, que luego ha sido retomada a lo largo de la historia: “La Iglesia es como la luna, decía, no brilla con luz propia, sino con la luz de Cristo”. Recuerdo que esta misma figura la retoma Francisco cuando visitó Ecuador, y nos decía: “El sol es Jesucristo, y si la Iglesia se aparta o se esconde de Jesucristo, se vuelve oscura y no da testimonio” (Francisco). La Iglesia no debe mirarse a sí misma sino a Jesucristo. Esta es una exigencia que siempre nos debe examinar para ser una Iglesia discipular y misionera desde Jesucristo.

Me permito recordarles un texto de Pablo VI, al iniciar la segunda sesión del Concilio Vaticano II, que nos hizo mucho bien a los que éramos seminaristas en ese tiempo: “Cristo, nuestro principio. Cristo, nuestra vida y nuestro guía. Cristo, nuestra esperanza y nuestro término. Que no se cierna sobre esta asamblea otra luz que no sea la de Cristo, luz del mundo. Que ninguna otra verdad atraiga nuestra mente fuera de las palabras del Señor, único Maestro. Que no tengamos otra aspiración que la de serle absolutamente fieles. Que ninguna otra esperanza nos sostenga, si no aquella que, mediante su palabra, conforta nuestra debilidad…”.

Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
12 de noviembre de 2016 - La perseverancia y la constancia PDF Imprimir E-mail

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LA PERSEVERANCIA Y LA CONSTANCIA

En un mundo signado por el instante, por el momento, hablar de constancia y perseverancia parecen actitudes del pasado, como algo que no tiene buena prensa. Parecería que el hoy es todo, que suprime el mañana. En el evangelio de este domingo san Lucas nos habla del tiempo de la Iglesia, como un tiempo presente abierto a una plenitud que es motivo de esperanza, de un hoy que se continúa y que nos debemos preparar, sabiendo que vendrán tiempos difíciles, incluso nos habla de persecución. En este contexto leemos al final del texto: “Gracias a la constancia salvarán sus vidas” (Lc. 21, 19). Con ello nos está diciendo que el camino del cristiano, no es “ni la violencia, ni la apostasía, sino la paciencia perseverante” (nota 19, La Biblia, libro del Pueblo de Dios).

Esta palabra del Señor que nos habla de la historia como de un tiempo abierto hacia una plenitud de sentido, nos puede ayudar a reflexionar sobre cómo vivimos el presente. La constancia o perseverancia no se oponen a esa necesaria disponibilidad de cambio tan importante en nuestra vida cristiana, ella es signo de la presencia del Espíritu. La constancia es fidelidad profunda al don de la fe con todo lo que ello implica de valores, de vocación, de estilo de vida. Pero es, al mismo tiempo, disponibilidad al cambio en la continuidad de un camino. No es terquedad sino fortaleza, que es un don del Espíritu llamado a orientar y sostener nuestra vida. Para la constancia el cambio posible es lo nuevo, no lo novedoso. El primero es continuidad y se vive en paz, el segundo es ruptura, discontinuidad. Esto que le pidió el Señor a los discípulos, hoy nos pide a nosotros.

Así como debemos pedir el don de la fortaleza, también debemos pedir el don de la sabiduría para comprendernos en ese marco único y personal de una historia de salvación, a la que somos llamados. El encuentro con Jesucristo no puede ser un diálogo intimista, ni una cuestión de momento que nos satisface, sin consecuencias en nuestras relaciones: “La transformación interior de la persona humana, en su progresiva conformación con Cristo, es el presupuesto esencial de una renovación real de sus relaciones con las demás personas” (C.D.S.I. 42). En este camino de transformación en Cristo es necesaria esa continuidad y disponibilidad al cambio, que nos hace crecer en nuestra vida cristiana.

Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
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