Desde el Evangelio
03 de junio de 2017 - Solemnidad de Pentecostés PDF Imprimir E-mail

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SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS

Con la celebración de Pentecostés se inicia una nueva etapa en la Historia de la Salvación que podemos llamarla el tiempo de la Iglesia, como presencia e instrumento de la obra de Jesucristo. La Iglesia es, decían los Padres, como la luna, no tiene luz propia la recibe del sol que es Jesucristo, pero es consciente de su verdad y misión en el mundo. Por ello, cuando la Iglesia no mira primero a Jesucristo sino que se mira a sí misma, se oscurece, corre el peligro de la auto-referencia y pierde la luz que le da sentido, queda una estructura sin vida. El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia, él viene para animar y dar vida a esta realidad sacramental que Jesucristo ha fundado sobre los apóstoles.

Esta continuidad con la obra de Jesucristo es clave para hablar de Pentecostés y la Iglesia, como nos enseña el Concilio Vaticano II: “Consumada la obra que el Padre confió a su Hijo en la tierra (cf. Jn. 17, 4), fue enviado el Espíritu Santo en el día de Pentecostés, para que santificara a la Iglesia” (LG. 4). Al Espíritu Santo le corresponde la misión de interiorizar en nosotros como gracia, la obra de Jesucristo. En Pentecostés se hace pública la presencia de la Iglesia, ya instituida por Jesucristo y que recibe en el Evangelio su carta fundacional. Por ello, cuando rezamos el credo luego de manifestar nuestra fe en Dios Padre como creador, en el Hijo como redentor, decimos “creo en el Espíritu Santo y la Santa Iglesia Católica”. La fe en Dios, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, nos introduce en la continuidad de este camino único de amor y de vida para el que hemos sido creados.

La escena de Pentecostés que leemos este domingo en el evangelio de san Juan, nos dice que: “Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: ¡La Paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: Reciban el Espíritu Santo” (Jn. 20, 21-23). Hay tres realidades en estas palabras que nacen del encuentro con Jesucristo, y se hacen vida por el don del Espíritu Santo, que marcan el estilo de vida de un cristiano: Alegría, Paz y Misión. A esto estamos llamados. No se trata de una utopía sino de una realidad posible, que es fruto de la presencia del Espíritu Santo.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
27 de mayo de 2017 - Solemnidad de la Ascensión del Señor PDF Imprimir E-mail

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2017 13

SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

Al concluir el tiempo pascual celebramos la Fiesta de la Ascensión del Señor. ¿Qué significa este hecho de la vida de Jesús? Él, al asumir nuestra condición humana nos reveló el sentido pleno de nuestra vida. Así lo vemos a lo largo del evangelio donde nos fue mostrando con su Palabra la verdad de quienes somos y el camino hacia dónde vamos. Ahora, con su Ascensión, nos revela ese término al que estamos llamados como hijos de Dios. Su Ascensión nos habla de que hemos sido creados como seres espirituales para una vida que no conoce lo definitivo de la muerte, somos peregrinos en este mundo con una vocación trascendente. En la Ascensión celebramos la certeza de esta realidad última que da sentido pleno a la vida y esperanza del hombre.

En la persona de Cristo que vuelve junto al Padre, está la clave última de nuestra vida. Cuando él les anuncia ésta realidad a los discípulos, les dice: “Yo voy a prepararles un lugar”, uno de ellos, Tomás, le pregunta: “Señor, no sabemos a dónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino? Jesús le respondió: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn. 14, 5). Su Ascensión es el fundamento de nuestra vocación trascendente y de nuestra esperanza. Ya no vuelve solo junto a su Padre que lo había enviado al mundo, sino como cabeza de un pueblo redimido y glorioso, llamado a participar de su misma vida.

En este momento Jesús les deja a los apóstoles, a modo de un mandato, la misión de predicar lo que han visto y recibido: “Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt. 28, 16-20). La misión no es una agregado a la vida del cristiano, sino la expresión madura de su fe: “Ay de mí, si no evangelizare” (1 Cor. 9, 16), es la conciencia misionera del apóstol, que marca y define la vida de la Iglesia. Ella existe para evangelizar. En este contexto de trasmitir un mensaje, la Iglesia quiere valorar el sentido de los medios de comunicación social, como esa presencia necesaria en la trasmisión de valores que elevan la dignidad de la personas y saben crear vínculos de encuentro. Mis saludos y oraciones a todos los que participan en los medios de comunicación.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
20 de mayo de 2017 - La promesa del Espíritu Santo PDF Imprimir E-mail

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LA PROMESA DEL ESPÍRITU SANTO

Acercándonos a celebrar la Fiesta de la Ascensión del Señor, el Evangelio de este domingo nos habla de la promesa del envío del Espíritu Santo como plenitud de la obra de Jesucristo. La fe cristiana no es creer en un ser superior sino en un Dios personal que se nos ha revelado en su Hijo, y que nos promete permanecer con nosotros a través del envío de su Espíritu. Este seguir actuando Jesucristo, este permanecer con nosotros es la obra del Espíritu Santo: “No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes” (Jn. 14, 18). Lo que Cristo ha realizado en su vida a través de su palabra y con sus obras, especialmente por el triunfo de la Pascua, nos lo comunica el Espíritu Santo como gracia que transforma nuestra vida. Es el mismo Dios el que actúa a través de cada una de sus Divinas Personas.

La primera obra del Espíritu Santo es orientar nuestra mirada a Jesucristo como fuente y camino de una vida nueva. Por ello, para constatar la presencia de su Espíritu el certificado que debemos mostrar es, si podemos hablar así, el testimonio de una vida según los valores y las exigencias del evangelio, principalmente en el testimonio de amor a Dios y a nuestros hermanos: “El que recibe mis mandamientos y los cumple, nos dice Jesús, ese es el que me ama y el que me ama será amado por mi Padre” (Jn. 14, 21). Este camino iniciado por Jesucristo y animado por el Espíritu Santo que tiene un horizonte trascendente, es hoy la verdad que da sentido y compromete la vida del cristiano.

Esta es la base de una auténtica espiritualidad laical llamada a construir un mundo nuevo según el espíritu de Jesús, ello implica un serio compromiso con las realidades temporales. Así nos lo presenta el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, cuando afirma: “(esta espiritualidad los) hace capaces de mirar más allá de la historia, sin alejarse de ella; de cultivar un apasionado amor por Dios, sin apartar la mirada de los hermanos. Es una espiritualidad que rehúye tanto del espiritualismo intimista como el activismo social y sabe expresarse en una síntesis vital que confiere unidad, significado y esperanza a la existencia, por tantas y diversas razones contradictorias y fragmentada” (C.D.S.I.C. 545). No es posible una vida cristiana si no está orientada y animada por el Espíritu Santo.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
13 de mayo de 2017 - Yo soy el camino, la verdad y la vida PDF Imprimir E-mail

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YO SOY EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA

Este domingo escuchamos la definición más clara que nos da Jesucristo en su relación con nosotros. No se presenta como alguien más, sino como quien ha venido a revelarnos el sentido de nuestra vida y la posibilidad de realizarla plenamente. ¿Cuál es la razón por la cual Jesucristo es para el hombre su verdad más profunda? Creo que para responder esta pregunta debemos partir del principio, es decir, de la creación del hombre a “imagen y semejanza de Dios” (Gen. 1, 26). La imagen perfecta de Dios es su propio Hijo, en él hemos sido creados. Jesucristo no es, por ello, algo ajeno al hombre sino su modelo e ideal. Siempre recuerdo la frase del Concilio Vaticano II, cuando nos dice que: “el misterio del hombre solo se esclarece a la luz del misterio de Cristo” (G. S. 22).

Cuando predicamos a Jesucristo le estamos dando al hombre lo que le es propio, lo que le pertenece y necesita. Este es el fundamento de la obra misionera de la Iglesia que no es proselitismo que busca adherentes: es anunciarle al hombre su verdad. La Iglesia vivió esta certeza desde el principio, así lo vemos cuando san Pedro proclama ante el Sanedrín: “Porque no existe bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres, por el cual podamos alcanzar la salvación” (Hech. 4, 12). La salvación es lo que da sentido y plenitud a la vida del hombre. Este diálogo de Dios con el hombre se mueve en el ámbito de la libertad, ello supone ofrecimiento y aceptación. El lugar privilegiado es la Palabra de Dios, pero también el testimonio. Esto es importante: Cristo llega al hombre a través del hombre. San Pablo afirma: “este misterio, que es Cristo en ustedes es la esperanza de la gloria” (Col. 1, 27).

El cristiano nace, por lo mismo, del encuentro con Jesucristo. No es adhesión a una doctrina o a una institución, es recibir una Persona para vivir su misma vida. Ahora bien: ¿esto es posible? Aquí llegamos al ámbito de la fe, que no es un salto irracional al vacío, sino que ella se apoya en el testimonio de aquellos que vieron y nos trasmitieron el triunfo de la resurrección de Cristo, que lo ha hecho un ser vivo y actual. Ellos nos dieron el testimonio de lo que vieron, nosotros lo experimentamos en nuestra vida y lo predicamos. Cristo no nos ha señalado solo un camino a seguir, el mismo se ha hecho camino que nos acompaña con su presencia y su gracia. Vivamos el gozo de encontrarlo y seguirlo.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
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