Desde el Evangelio
06 de agosto de 2016 - San Cayetano PDF Imprimir E-mail

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SAN CAYETANO

Cada 7 de agosto, Fiesta de San Cayetano, nuestra mirada y nuestra oración se dirigen a Dios pensando en el trabajo y el trabajador. La fe no camina al margen de la vida y las necesidades del hombre, no sería la fe que hemos conocido en Jesucristo. La dignidad del trabajo proviene del hombre que es el sujeto que lo realiza. Esto nos habla de una dimensión antropológica y social del trabajo, que es fuente genuina de la realización plena del hombre. El trabajo no es un castigo, es una necesidad y un derecho del hombre. Es común decir, que la mayor pobreza del hombre es no tener trabajo, o no poder trabajar. Este tema, que es central en la Doctrina Social, es motivo de oración, de docencia y de denuncia en la vida de la Iglesia.

Es motivo de oración, ella nos abre a una dimensión donde Dios, el hombre y el trabajo no son islas, sino que hay una profunda relación de sentido. Dios crea al hombre y le encomienda una tarea en el mundo, en la que el trabajo adquiere toda su grandeza. La oración no es algo mágico sino que nos abre a la conciencia de nuestra condición de hijos, que Jesucristo nos enseña a vivirla en la oración, sea de alabanza, de acción de gracias como de petición. Nada es ajeno a Dios, tampoco el trabajo de sus hijos. Por ello, la oración del que pide trabajo o agradece el tenerlo, es una actitud de fe y de confianza de un hijo en Dios que es Padre.

Es también docencia. El trabajo y la cultura del trabajo hacen a la dignidad de la persona y al desarrollo de la comunidad. No se trata de un eslabón más en la cadena de producción, el trabajo justo es el que marca el nivel moral de crecimiento y equidad social. Descuidar esta dimensión es debilitar las bases de una sociedad y comprometer la libertad del hombre. Los planes de subsidios son necesarios para una coyuntura, pero no son expresión de una sociedad madura y justa. Por momentos la voz de la Iglesia asume el tono de denuncia ante hechos de injusticia, donde el valor del trabajo y la dignidad del trabajador no son tenidos suficientemente en cuenta. En estos casos la Doctrina Social de la Iglesia, que es como la resonancia temporal del Evangelio, siente la necesidad de decir una palabra. Docencia y denuncia no se excluyen, ambas son expresión de una misma voz que tiene su fuente en Jesucristo. Esta palabra es un servicio a la comunidad.

Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
30 de julio de 2016 - Día del Párroco PDF Imprimir E-mail

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DÍA DEL PÁRROCO

El próximo 4 de agosto celebramos la Fiesta del Santo Cura de Ars, patrono de los sacerdotes, especialmente de los párrocos. Estamos próximos a celebrar, en el mes de octubre, la Beatificación de nuestro Cura Brochero. Dos figuras que son un testimonio vivo de aquel llamado de Jesús a sus apóstoles para hacerlos pastores de su pueblo. Este llamado sigue siendo actual. No podemos pensar al sacerdote si no es desde Jesucristo, que es quien llama y envía para continuar su misión de Pastor. No se trata, como vemos, de una carrera que elegimos, sino de un llamado al que respondemos. El contenido de esta misión es obra de Jesucristo. Esto no significa que el sacerdote sea una suerte de “robot” programado. Todo lo contrario, es un hombre que asume desde su libertad, historia y cultura un llamado para actualizar en su vida la misión de Jesucristo.

Sacar al sacerdote de este contexto es desconocer su fuente y el sentido de su vida. Esta reflexión vale primero para el sacerdote, al que le podríamos decir, como lo hacía San Juan Pablo II con la familia: “sacerdote, sé lo que eres”, es decir, tu vida y tu misión tienen que ser un Cristo vivo para alabanza de Dios y al servicio de los hombres; esto es una gracia y una exigencia de su vocación. Pero su vida es también un llamado a los fieles, para ver en sus sacerdotes la presencia sacramental de Jesucristo en quienes ejerce sigue ejerciendo su ministerio sacerdotal. Tanto el sacerdote como los fieles, deben vivir esta realidad desde el Evangelio y en la comunión de la Iglesia. Fuera de ella, especialmente en la celebración de la Eucaristía y en la comunión de la Iglesia, el sacerdote pierde su identidad y su misión. Jesucristo, la Iglesia y el Pueblo de Dios, son la referencia permanente del sacerdote.

El 16 de octubre de este año, como les decía, va a ser Beatificado en Roma el Cura Brochero. Este hecho ha sido muy esperado, y es hoy motivo de acción de gracias y de alegría en toda la Iglesia. El testimonio de quienes lo conocieron, como la dimensión religiosa y social de su obra, no deja dudas de estar ante la presencia de un hombre invadido por el Espíritu de Dios. Aquel: “sé lo que eres”, tuvo en el Cura Brochero un cumplimiento pleno. Nos ha dejado como sacerdote el testimonio de un camino plenamente humano, profundamente religioso y misionero, en el marco de una historia, un estilo y una cultura propia. Recordar y valorar su figura nos hace bien a los sacerdotes, pero también a los fieles y comunidades cristianas, donde el Señor sigue llamando “obreros para su mies”. Que su figura despierte en nuestros jóvenes la alegría de ser sacerdote.

Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
26 de julio de 2016 - Día de los Abuelos PDF Imprimir E-mail

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El 26 de julio, día de Santa Ana y de San Joaquín padres de la Virgen María, los abuelos de Jesús, celebramos el DÍA DE LOS ABUELOS. Es una fecha que compromete nuestra gratitud y reconocimiento. Hay mucho de justicia en este día por lo recibido y de saber valorar su presencia. Este año quiero compartir con ustedes una parte de la carta que me enviara el Papa Francisco con motivo de la celebración del Bicentenario, que leímos en Tucumán. Con una mirada reflexiva y esperanzadora les decía, y nos decía a todos los argentinos: “A los ancianos “memoriosos” de la historia (los llama) les pido que, sobreponiéndose a esta “cultura del descarte” que mundialmente se nos impone, se animen a soñar. Necesitamos de sus sueños, fuente de inspiración. Solo si nuestros abuelos se animan a soñar, concluía, y nuestros jóvenes a profetizar cosas grandes, la Patria podrá ser libre”. Los considera parte importante del presente y el futuro.

Junto al afecto que Francisco les manifiesta en estas palabras, nos hace una reflexión sobre la vida y la presencia de los Adultos Mayores, este es el término que se usa en la Pastoral de la Iglesia para referirse a los abuelos, que tiene algo de denuncia y mucho de docencia. Utiliza en su denuncia un término duro, “cultura del descarte” que mundialmente se impone, nos dice. Esto habla de una injusticia que crece con criterios individualistas. El que ya no “sirve” para un proyecto de pretendida eficiencia no existe. Frente a ello les habla de “sobreponerse”, es decir, no aceptar esa cultura y ocupar el lugar que les corresponde. En esto nos involucra a todos, que somos quienes debemos crear las condiciones de una cultura que los respete en sus derechos y los valore en sus riquezas. Es un llamado personal a revisar nuestra actitud frente a los mayores, pero que tiene una dimensión social y política porque hace al bien y equidad de la sociedad.

En cuanto a la docencia veo en primer lugar la relación entre los ancianos y los jóvenes. No se trata de una competencia excluyente. A los “memoriosos” de la historia les pide que se animen a soñar. Ello no es nostalgia del pasado, sino riqueza vivida que es fuente de inspiración. Soñar es sentirse protagonista con esperanza. Soñar no es repetir lo que uno ha vivido y desde esa experiencia juzgar todo, sino saber que la historia avanza, que tiene una ventana hacia el futuro y que la debemos ir construyendo. Aquí, el adulto mayor, nuestros abuelos, ocupan un lugar único en la sociedad desde el cual solo ellos nos pueden aportar su riqueza y sabiduría. Esta unidad la vemos en su conclusión cuando nos dice: “Necesitamos de abuelos soñadores que empujen y de jóvenes que –inspirados en esos mismos sueños- corran hacia adelante con la creatividad de los jóvenes”.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
23 de julio de 2016 - Señor, enséñanos a orar PDF Imprimir E-mail

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SEÑOR, ENSÉÑANOS A ORAR

En el evangelio de este domingo leemos uno de los diálogos más reveladores de Jesús con sus discípulos: “Jesús estaba orando en cierto lugar…, nos dice el texto, y uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar” (Lc. 11, 1). La figura motivadora es la actitud orante de Jesús. A este hecho no lo debemos desatender, el testimonio de alguien que tiene autoridad es decisivo, en este caso motiva una pregunta: “Enséñanos a rezar”. Pienso, a partir de esta imagen, en la importancia que tiene para un niño el ver a su padre o madre rezar. Este tema es central en esa primera catequesis de la familia con sus hijos. La fe, como la oración, se viven y transmiten por el testimonio acompañado de la palabra.

Es difícil un itinerario catequístico sin la presencia de los padres. Es cierto que la fe es algo personal y tiene caminos propios, pero qué importante es para el niño descubrir el valor de lo religioso en el testimonio de sus padres. Ellos comprenden que no es algo que pertenece a una etapa de la vida, sino que es el comienzo de una vida plena. La oración se le presenta al niño como algo valioso, porque tiene un lugar en la vida de sus mayores, son sus primeros catequistas. Lo que busca la catequesis familiar es, precisamente, hacer tomar conciencia a los padres de esta dimensión de la fe, que está llamada a iluminar y dar sentido a la vida de sus hijos.

La oración nos hace bien. Ella nos introduce en la verdad de lo que somos, en nuestra dignidad y grandeza, con su pequeñez y límites. El que reza sabe que no es Dios, que es una criatura. Esto tan simple nos habla de la verdad más profunda del hombre. Cuántas veces el que se jacta de no rezar, de no necesitar de Dios, cuando llega el límite de nuestra condición de criatura, la enfermedad, la impotencia, se desespera. En cambio el que reza, en lo simple de la oración está su esperanza y fortaleza. Este ha vivido en la verdad de su condición de criatura, el otro, tal vez sin quererlo, desconoció esa verdad fundante de su condición humana. Dios no limita al hombre, es la fuente que da sentido a su dignidad con sus límites. La oración da confianza en un Padre que no abandona a sus hijos. La oración tiene que ver con la verdad del hombre, es su primer camino.

Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
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