Desde el Evangelio
06 de mayo de 2017 - El buen pastor PDF Imprimir E-mail

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2017 10EL BUEN PASTOR

Celebramos el domingo del Buen Pastor, en el que la Iglesia nos invita a una Jornada de Oración por las Vocaciones. La figura de Cristo, el Buen Pastor, es la imagen más acabada y sugerente de lo que debe ser un sacerdote, un pastor. No debemos los sacerdotes elaborar doctrinas para saber cómo debemos ser y actuar, solo debemos contemplar con humildad la figura de Jesucristo, él es el Buen Pastor. San Juan nos presenta esta imagen tomada de las mismas palabras del Señor. El Buen Pastor ama, conoce y acompaña a su rebaño (cfr. Jn. 10), estas notas que surgen del evangelio son la auténtica fuente de alegría y realización sacerdotal. Para san Agustín, lo que caracteriza al ministerio sacerdotal es ser: “amoris officium”, es decir una tarea de amor.

Con la Jornada de Oración por las Vocaciones la Iglesia nos recuerda que el sacerdocio es una página central del Evangelio y, por lo mismo, todos somos responsables. No se trata de un tema de los jóvenes, se trata de la misma misión de Jesucristo para la que él llamó a los primeros apóstoles y hoy continúa haciéndolo. El Señor sigue llamando y diciéndonos con la misma urgencia: “Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes” (Jn, 20,21). Cuando un joven se descubre en este camino, es el comienzo de una pregunta. No podemos comprender al sacerdote si no es en referencia a Jesucristo como su fuente, a la Iglesia como comunidad de pertenencia y al Mundo como objeto del amor de Dios (Jn. 2, 16-17). Pienso que el sacerdocio se ha alejado del horizonte de las familias, es algo que no está en su agenda. Esta Jornada busca recordar nuestra responsabilidad y confiar en el valor de la oración.

Vivimos momentos no fáciles respecto a la imagen del sacerdote sea por defecciones como por escándalos. Es común estar en las páginas de los diarios. Esto nos duele y nos debe llevar a un sincero arrepentimiento y conversión. Pero ello no es la verdad ni la realidad de nuestros sacerdotes, como tampoco de los ideales de entrega y deseos de seguir a Jesucristo de nuestros seminaristas. Hay una gran riqueza en nuestros sacerdotes que debemos anunciar y acompañar. Es cierto que el Señor llama a hombres frágiles y que siempre debemos tener conciencia de que: “Llevamos ese tesoro en recipientes de barro” (2 Cor. 4, 7), ello nos compromete y reclama una vida auténtica, pero no dejemos de vivir como Iglesia con gratitud y confianza el don del sacerdocio.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
29 de abril de 2017 - Nuestra Señora de Guadalupe PDF Imprimir E-mail

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NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE

Cada año Santa Fe renueva su devoción a Nuestra Señora de Guadalupe. Su primer obispo, Mons. Agustín Juan Boneo, al inicio de su ministerio pastoral en el año 1900, se encontró con esta devoción de los santafesinos que ya existía antes de su llegada, a la que consideró un hecho providencial y de sólida piedad mariana que llamó su atención, ello lo llevó a dar su reconocimiento y a proclamarla Patrona de la nueva diócesis de Santa Fe. María se dejó encontrar en este pueblo en la simple piedad de un ermitaño y en una imagen que sigue siendo signo silencioso y elocuente de su presencia junto a nosotros. Es bueno recordar lo que les decía Mons. Boneo a aquellos primeros peregrinos, para que al volver a sus casas, lo trasmitan: “Decidles que en nuestra querida Santa Fe, no lejos de sus puertas, existe un humilde Santuario, una célebre ermita consagrada a la Santísima Virgen de Guadalupe… Decidles que de hoy en adelante, este será el sitio privilegiado a donde se darán cita la piedad de los santafesinos y el amor a su excelsa Madre”. Esto que fue una constatación de lo que existía tuvo mucho de profecía.

No podemos hablar de María, ni de la Iglesia, sin una referencia explícita a Jesucristo. Es más, ella nos lo exigiría porque es consciente de que Dios la eligió para ser la madre de su Hijo. A esta situación única de Maria se refiere su prima Isabel, cuando le dice: “¡Tú eres bendita entre todas la mujeres y bendito es el fruto de tu vientre!" (Lc. 1, 42). María vive esta realidad como una gracia que la lleva a exclamar con: “Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, porque miró con bondad la pequeñez de su servidora” (Lc. 1, 46-48). Así también, la Iglesia, está llamada a vivir con humildad y espíritu de servicio esta gracia que la hace presencia de Cristo en el mundo. María y la Iglesia no tienen otra palabra que decirnos sino la que pronunció su Hijo.

La devoción a María es la mejor escuela para disponernos a escuchar a Jesucristo. Lo primero que vemos en ella es su silencio y escucha, así lo resume san Lucas: “Su madre conservaba estas cosas en su corazón” (Lc. 2, 51). Sus pocas palabras nos orientan a su Hijo: “Hagan todo lo que él les diga” (Lc. 2 5). Tener una imagen bíblica de María nos hace crecer en nuestro encuentro con Jesucristo y, al mismo tiempo, nos ayuda a superar toda instrumentación que se hace de ella como portadora de mensajes. En esto la Iglesia es muy cuidadosa en su misión de discernir la autenticidad de los mismos. Hay una búsqueda de “nuevos mensajes”, que no corresponde a la fe de la Iglesia y a una auténtica devoción.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
22 de abril de 2017 - Los discípulos de Jesús y la Iglesia PDF Imprimir E-mail

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LOS DISCÍPULOS DE JESÚS Y LA IGLESIA

Con la Resurrección de Jesucristo comienza una nueva etapa en la vida de los discípulos que es, al mismo tiempo, el comienzo de la Iglesia. El centro es la persona de Jesucristo, pero a partir de la Pascua con una nueva presencia. La certeza es que Cristo, después de su resurrección vive, y sigue viviendo junto a ellos. Lo que ha cambiado es el modo de su presencia, no ya en lo visible de su humanidad sino a los ojos de la fe. Esto no le quita fuerza a su presencia, por el contrario, les abre el camino a un nuevo modo de relacionarse con él. En las diversas apariciones de Jesús después de la Pascua los evangelios nos muestran este nuevo tiempo y esta nueva presencia. La fe no lo hace existir a Jesús, ella nos permite verlo y relacionarnos con él en una nueva dimensión.

¿Cómo podemos relacionarnos hoy con él? Creo que esta es la pregunta esencial. Jesucristo no es alguien del pasado a quien recordamos, sino alguien que vive y sigue teniendo para mí, aún más que en los tiempos de su vida histórica, su misma presencia y que hoy me dice: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn. 14, 6). La fe no crea un hecho, al contrario, ella necesita del testimonio de quienes han visto ese hecho. Así se trasmite la fe, por el testimonio de quienes han visto y oído. La fe cristiana se apoya en Jesucristo, el primer testigo de nuestra fe que ha venido a revelarnos a Dios y nuestra dignidad de ser sus hijos. Esta verdad es la que nos trasmiten los apóstoles en los evangelios. Jesucristo es hoy el camino que da sentido a la vida del hombre.

La duda del apóstol Tomás y la respuesta de Jesús nos ayudan a comprender esta nueva realidad. Todo parecería que Tomás sigue viviendo la etapa histórica de Jesús, quiero verlo y tocarlo físicamente, no ha comprendido su nuevo modo de presencia después de la resurrección, con todo Jesús le da esa oportunidad pero concluye diciéndole: “En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe. … Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!" (Jn. 20, 27-29). Además, en este camino de Jesucristo hacia nosotros, él nos quiere involucrar para hacernos sus discípulos, cuando nos dice: “Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes” (Jn. 20, 21). Aquí nace la Iglesia y sigue naciendo en nosotros. Este envío de Jesucristo al mundo se prolonga en la Iglesia.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
15 de abril de 2017 - Celebramos la Pascua PDF Imprimir E-mail

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CELEBRAMOS LA PASCUA

Con gozo celebramos la Pascua del Señor, que es también nuestra Pascua. No contemplamos algo ajeno a nosotros; lo que acontece en Cristo es verdad y camino para nuestra vida. En la Pascua se cumple el sentido del envío de Jesucristo como expresión del amor de Dios por sus hijos, por nosotros: “Si, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envío a su Hijo para juzgar el mundo, sino para que el mundo se salve por él" (Jn. 3, 16-17). Somos destinatarios de esta historia de amor que tiene su fuente en Dios y su realización plena en Jesucristo.

Esta historia de amor salvífico, que tiene su origen en Dios al enviarnos a su Hijo, encuentra también su razón en nosotros como consecuencia del pecado que ha herido nuestra naturaleza. Si no partimos de la conciencia de nuestra fragilidad, no es fácil comprender el sentido profundo y la necesidad que tenemos de la Pascua. Esta conciencia era muy viva en san Pablo, cuando decía que sentía una división en su interior que le impedía hacer el bien que quería, y hacía el mal que no quería (cfr. Rom. Cap. 7). Para san Pablo la Pascua era el triunfo de Cristo sobre esta realidad de la condición humana, y la posibilidad de superarla participando de su victoria. La Pascua es para el hombre la posibilidad de sanar esa división que le impide vivir el camino de la verdad y el bien, del amor y la paz. La Pascua es liberación de las ataduras del pecado.

Ahora bien, ¿cómo nos apropiamos de este triunfo de Cristo en nuestra vida? Es el mismo quién nos da la respuesta cuando nos habla de enviarnos su Espíritu para comunicarnos su victoria como gracia. Pascua se completa en Pentecostés. Por la fe iniciamos este camino de encuentro con Cristo como don que se apoya en su Palabra, se vive en la Oración y crece en la vida sacramental. Esta es la razón y actualidad de la Iglesia, como comunidad instituida por Jesucristo para dejarnos en ella su Palabra y los Sacramentos. La vivencia de la Pascua, por otra parte, no debe quedarse en la intimidad de una celebración, nos debe hacer testigos comprometidos en nuestras relaciones y en la vida social.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
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