Desde el Evangelio
10 de septiembre de 2016 - La alegría del perdón PDF Imprimir E-mail

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LA ALEGRÍA DEL PERDÓN

Una de las parábolas que Francisco elige para presentarnos el Año Santo de la Misericordia, es la de la oveja perdida que leemos este domingo. En ella, nos dice: “encontramos el núcleo del Evangelio y de nuestra fe, porque la misericordia se muestra como la fuerza que todo vence, que llena de amor el corazón y que consuela con el perdón” (MV. 9). Al acercarse a Jesús los fariseos lo critican porque recibía y comía con los pecadores, él les responde con esta parábola: “Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra la carga sobre los hombros, lleno de alegría, y al llegar a su casa llama a sus amigos y vecinos y les dice: Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido, y concluye, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse" (Lc. 15, 1-7).

Qué importante es en la vida espiritual tener la imagen de un Dios justo y misericordioso que sale a buscarnos, que se alegra con el encuentro y nos da el abrazo del perdón. No somos algo indiferente para él, somos sus hijos. Este es el camino de Dios que hemos conocido por Jesucristo. Considero a esta una de las mayores revelaciones de Jesucristo, el decirnos que tenemos un Padre que no se olvida de sus hijos. Esta relación con Dios alcanza su momento mayor en la oración y el perdón. Llamarlo a Dios Padre es reconocer nuestra grandeza como el límite de nuestra condición de criaturas. La oración nos introduce en esta verdad. Vivir con gratitud esta dimensión del perdón es consecuencia de conocer a Dios como Padre. El perdón sana y es motivo de alegría.

Este es el camino de Dios, pero hay un camino del hombre hacia este encuentro con él. El perdón necesita de humildad, de sinceridad y deseos de cambio. El orgullo, las justificaciones que son un modo de mentira como la dureza de corazón, nos encierran y nos hacen impermeables al encuentro con Dios y al perdón. Cuando la culpa se refiere a un Dios justo y misericordioso vivimos la alegría de la salvación. Además, este perdón que pedimos y recibimos de Dios nos llama a ser testigos ante nuestros hermanos: “perdónanos nuestros pecados, decimos, porque nosotros perdonamos a aquellos que nos ofenden” (Lc. 11, 4). Enséñanos a rezar es como decirle al Señor: enséñanos a perdonar.

Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
03 de septiembre de 2016 - Mes de la Biblia PDF Imprimir E-mail

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MES DE LA BIBLIA

En memoria de san Jerónimo, primer traductor de la Biblia cuya Fiesta celebramos el 30 de septiembre, la Iglesia nos invita a vivir el Mes de la Biblia. La Sagrada Escritura ocupa un lugar central en nuestra vida porque nos revela el designio salvífico de Dios. Dios se nos ha ido revelando en la historia haciendo de ella una Historia de la Salvación. La Biblia recoge esta historia de Dios que tiene su culmen en Jesucristo. La mejor explicación de la unidad de todo el proyecto de Dios nos lo presenta la carta a los Hebreos, cuando dice: “Después de haber hablado antiguamente a nuestros padres por medio de los Profetas, en muchas ocasiones y de diversas manera, ahora, en este tiempo final, Dios nos habló por medios de su Hijo” (Heb. 1, 1-2).Esto nos muestra la unidad y la íntima relación en la Biblia. Para san Agustín: “El Nuevo testamento está escondido en el Antiguo y el Antiguo es manifiesto en el Nuevo”.

La actitud con la que debemos recibir la Palabra de Dios es la de humilde escucha: “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1 Sam. 3, 10), es el testimonio siempre actual de quién la recibe con un corazón abierto. Jesús es el mejor intérprete de esta unidad de las Sagradas Escrituras, así lo vemos en el diálogo con los discípulos de Emaús, ellos lo escuchaban atentos y se decían: “¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras? (Lc. 24, 32). La Palabra de Dios es fuente de vida, escuela de discipulado y de envío misionero. Cuando la fe y la vida cristiana pierden contacto con la Palabra de Dios, suele quedarse en esa “gris monotonía” de prácticas buenas, pero va perdiendo el entusiasmo y el compromiso del discípulo-misionero. Esto nos habla de la necesidad de conocer la Palabra de Dios para alcanzar una sólida espiritualidad bíblica.

El centro de este camino de Dios es Jesucristo. Los obispos, retomando expresiones del Concilio Vaticano II, nos decían en el reciente documento sobre el Bicentenario, que solo a la luz de Jesucristo: “se esclarece el misterio del ser humano, descubrimos quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos. La propuesta cristiana, concluían, tiene un núcleo que no consiste en ideas o valores, sino que es una Persona: Jesucristo” (76). En este contexto les recuerdo el consejo que nos diera el papa Francisco al decirnos que: “llevemos siempre un pequeño Evangelio para tenerlo en la mochila, en el bolsillo, y leer durante el día un pasaje. Un consejo práctico, agregaba, no tanto “para aprender” algo, sino “para encontrar a Jesús, porque él está precisamente en su Palabra, en su Evangelio”.

Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
27 de agosto de 2016 - Mama Antula PDF Imprimir E-mail

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MAMA ANTULA

Hoy, en Santiago del Estero, la Iglesia beatifica a María Antonia de la Paz y Figueroa, conocida como Mama Antula. Estamos ante una vida ejemplar en la que la Iglesia ha visto un camino de santidad. ¿Quién es Mama Antula? Es una laica, una mujer que recibió el evangelio, se encontró con Jesucristo y consagró su vida a la evangelización. Nació en Santiago del Estero en 1730 y murió en Buenos Aires en 1799. Conoció los Ejercicios Espirituales de San Ignacio y, al ser expulsados los Jesuitas, ella se sintió llamada a darles continuidad. Comenzó esta tarea en Santiago del Estero: “Recorrió gran parte del territorio nacional, organizando incontables tandas de ejercitantes, hasta llegar a Buenos Aires” (Bicentenario, 81). El solo pensar las distancias, los números de ejercitantes y la carencia de medios, manifiestan la presencia de una mujer superior. Es difícil comprender su obra sino la vemos desde una mirada de fe en la providencia de Dios. Mama Antula es un instrumento de este caminar de Dios junto a sus hijos.

En este año del Bicentenario, la beatificación de Mama Antula como en octubre la canonización del Cura Brochero, nos hablan de aquellas personas que abonaron la fe en el suelo argentino con el Evangelio. Ella es parte de nuestra historia, de nuestras raíces. En la Beatificación la Iglesia da gracias a Dios por su vida humilde, generosa y misionera y, al mismo tiempo, nos la propone como ejemplo de compromiso con el Evangelio recibido. La semilla de la Palabra de Dios, podríamos decir, cayó en Mama Antula “en tierra bien preparada y dio fruto abundante” (Mt. Cap. 4). La vida de la gracia no es una idea o algo etéreo, es presencia de Dios en el hombre al que lo transforma y lo convierte en testigo del Reino de Dios.

Cuando Francisco nos dice que: “quiero una Iglesia en salida”, ya Mama Antula nos había dado un claro ejemplo de este estilo de Iglesia. Ella sabía que la fe que no se vive y comunica, no es la fe que recibimos del Evangelio. La misión del Espíritu Santo es la que nos mueve a seguir a Jesucristo, que es el principio de toda renovación en la Iglesia. Esto lo sabía Mama Antula, fue una mujer invadida por este Espíritu de Dios. Ella, además, se encargaba tanto de buscar sacerdotes para predicar, confesar y dar la Misa, como de conseguir el lugar y los recursos para proveer lo necesario para su realización; hacía colectas, pedía comida y oraciones, confiando siempre en la providencia de Dios. Les recomiendo conocer su última obra, la Santa Casa de Ejercicios de la calle Independencia en Buenos Aires, que fue declarada Monumento Histórico Nacional.

Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
20 de agosto de 2016 - Día del Catequista PDF Imprimir E-mail

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DÍA DEL CATEQUISTA

El 21 de agosto, Fiesta de San Pío X, celebramos el Día del Catequista. Es un día de reconocimiento, de gratitud y de presencia pastoral. No se trata de una tarea individual de alguien, sino que del mandato de Cristo a los apóstoles, a la Iglesia. La catequesis nace y vive en la comunión de la Iglesia. Es un día de reconocimiento, les decía, por la tarea de tantos generosos catequistas. ¡Qué sería de la Iglesia sin la presencia de ellos! Nuestras comunidades crecen por la tarea perseverante de nuestros catequistas. A ellos mi reconocimiento, que se convierte necesariamente en gratitud. Conozco el esfuerzo que realizan, el tiempo que dedican y el testimonio eclesial de sus vidas. Esta gratitud la hago oración en este día por todos ustedes, queridos catequistas.

Cuando hablo de presencia pastoral me refiero al lugar que la catequesis y los catequistas deben ocupar en la vida de la Iglesia. No se trata solo de acompañarlos en su vida y formación, que es muy importante, sino de avanzar en lo que llamaría una “pastoral vocacional del catequista”. Es decir, presentar la tarea del catequista como un llamado del Señor para cumplir una misión en la Iglesia. Ello implica hablar de una espiritualidad propia del catequista que da sentido e identidad a su misión. Valoro el camino de muchas personas que participan en la comunidad e ingresan a la catequesis, pero pienso en tantas mamás y familias que se acercan a la Iglesia por la catequesis de sus hijos, y que luego se alejan al concluir su tarea, me pregunto ¿no estarán esperando o necesitando de una palabra que descubra en ellas su posible vocación como catequistas?

El Año Santo de la Misericordia es un tiempo de gracia, de renovación y de santidad. Es un llamado a vivirlo en lo concreto de mi vida y compromiso eclesial, en mi vida de catequista. El Santo Padre ha definido a la misericordia como: “la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia” (M.V. 10). Ella es expresión del amor de Dios que hemos conocido en Jesucristo. El Año Santo lo debemos vivir como una invitación a contemplar a Jesús en una actitud de orante conversión, que nos haga crecer en lo que san Pablo nos pide con tanta insistencia: “Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús" (Flp. 2, 5). Lo imagino, por ello, un año de intimidad con el Señor para hacernos más dóciles a la moción de su Espíritu. La santidad no es algo estático, ya adquirido, es camino hacia al Reino.

Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
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