Desde el Evangelio
18 de junio de 2016 - Congreso Eucarístico Nacional PDF Imprimir E-mail

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CONGRESO EUCARÍSTICO NACIONAL

Este fin de semana nuestra mirada está dirigida a Tucumán, donde celebraremos con gratitud el 11° Congreso Eucarístico Nacional. Es un acontecimiento que adquiere, por el lugar y la fecha de su celebración, un significado muy especial en nuestra Patria. Argentina camina hacia Tucumán para testimoniar a Jesucristo, presente en la Eucaristía, en el marco del Bicentenario de la Independencia. Dos realidades que debemos distinguir, pero que han tenido una profunda relación desde los primeros pasos de nuestra identidad como Nación. La fe no estuvo ausente en aquellos congresistas de Tucumán. Es más, la fe era para ellos una riqueza que sostenía sus anhelos de independencia y de unidad junto a sus diferencias. Ellos amaban a Dios y amaban el suelo de su Patria naciente. No había contradicción, ni tampoco conflicto entre estas dos dimensiones que hacían a su pertenencia de hombres de fe católica y de compromiso patrio.

Nos ayuda a comprender esta realidad la actitud de Jesucristo, el Hijo de Dios. Él amaba a su Patria, Jerusalén, incluso nos narra el evangelio, que: “Cuando estuvo cerca y vio a la ciudad, se puso a llorar por ella” (Lc. 19, 41). Como argentinos pienso que nos haría bien esta actitud de dolor de Jesús por lo que aún nos falta de honestidad y justicia, de solidaridad y trabajo, de respeto por la vida y reconciliación. El espíritu de estos valores ha sido recogido en la Constitución de 1853, cuando sobre el fundamento de Dios al que designaron “fuente de toda razón y justicia”, la Patria naciente se abría a “todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”. Nada más alejado de una auténtica fe en Dios que poner muros en lugar de tender puentes. La fe, al tiempo que nos compromete en lo concreto de este suelo, me purifica de todo fanatismo que me encierre en sus pequeños límites. La fe cristiana manifiesta, junto al amor y el compromiso con la Patria, una apertura fraterna.

La mayoría de ustedes no podrá asistir a la celebración en Tucumán, ello no es un impedimento para participar espiritualmente. Lo importante es renovar nuestra mirada de fe en la presencia de Jesucristo en la Eucaristía, que nos acompaña y nos sigue llamando para hacernos sus discípulos en este mundo tan herido, pero tan necesitado de testigos que le manifiesten la bondad y la belleza del Evangelio del amor y la fraternidad. Sabemos que él solo necesita que le abramos las puertas de nuestro corazón: “Yo estoy junto a la puerta y llamo, nos dice, si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos” (Ap. 3, 20). ¡Que sepamos, Señor, reconocerte en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía en el que te has querido quedar como alimento de nosotros, y en la presencia de mis hermanos! Ella es el pan que nos hace hermanos. Necesitamos volver nuestra mirada a Jesucristo para encontrar en él el sentido pleno de nuestra condición de hijos de Dios y hermanos entre nosotros. El Padre Nuestro es la oración dominical del cristiano. Jesucristo nos llama a ser protagonistas de una civilización fundada sobre el amor y la fraternidad.

Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
11 de junio de 2016 - Colecta Anual de Cáritas PDF Imprimir E-mail

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COLECTA ANUAL DE CARITAS

Cada año Caritas nos convoca a unirnos a su trabajo de testimonio y de ayuda a nuestros hermanos más necesitados. Sentirnos parte de Caritas es el comienzo de un camino nuevo al que estamos invitados. Dar es ayudar al otro, pero es también un gesto que nos ayuda a crecer personalmente y a crear las condiciones de un mundo distinto. Frente al individualismo que nos encierra y empobrece moral y socialmente, la caridad nos abre espiritualmente y nos hace protagonistas de un mundo nuevo. A esto nos invita Caritas, cuando nos convoca bajo el lema: Si das lo mejor de Vos, el mundo será distinto”. Es un llamado que busca comprometernos para crear las condiciones morales, sociales y económicas de un mundo distinto. Es un acto de confianza en el hombre, no es voluntarismo ni magia, es creer que es posible cambiar la realidad de quienes menos tienen, desde una mirada de amor y de una actitud generosa.

No se trata de dar cualquier cosa sino lo mejor de cada uno. Al bien hay que hacerlo bien, en ello va implícito el sello espiritual de cada persona. La caridad es un camino de oración que nos eleva espiritualmente y es recibida con gratitud por quién la recibe, porque en ella percibe un amor auténtico. Me viene a la memoria las palabras de san Pablo, cuando nos habla de la caridad: “el amor, nos dice, es servicial, no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no busca su propio interés, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia.” (1 Cor. 13, 4). Y cuanto me duele recordar, en cambio, aquellas duras frases de una copla, cuando dice: “desprecio la caridad por la vergüenza que encierra”. Ciertamente quién lo dijo no ha tenido la experiencia de una caridad verdadera, ha visto una caricatura de la caridad. Por ello, Caritas nos invita a dar lo mejor de nosotros, no sólo en un sentido material sino, y sobre todo, en una actitud de amor y de servicio que nos lleve a abrirnos al otro y a descubrirlo como mi hermano.

La Caridad, si bien es un acto presente, nos abre al horizonte futuro de lo nuevo. Porque tiene su origen en Dios y su expresión salvífica en Jesucristo; ella proclama la posibilidad de un mundo nuevo. La caridad no es una utopía, es profética, anuncia una realidad nueva. Caritas necesita no tanto de técnicos como de testigos, de profetas, que son los que iluminan el camino de la humanidad. ¡Con cuánta gratitud a Dios veo en los gestos de nuestro querido Francisco, una actitud que mantiene viva la esperanza de muchas personas y pueblos necesitados! La caridad nos habla de un mundo distinto y posible. Los invito acercarse a Caritas en sus comunidades para sumarse, con su presencia y ayuda económica, a los trabajos y proyectos que esperan y necesitan de nuestra participación. La fuerza de Caritas son los corazones nuevos y generosos.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
04 de junio de 2016 - Solo el Señor es el dueño de la Vida PDF Imprimir E-mail

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SOLO EL SEÑOR ES EL DUEÑO DE LA VIDA

El evangelio de este domingo nos presenta la escena de aquella viuda que llora la muerte de su hijo único, la presencia del Señor que se detiene y se conmovió, afirma el texto. Dirigiéndose a la madre le dice: “no llores”, para luego dirigirse al féretro y decir: “Joven, yo te lo ordeno, levántate. El muerto se incorporó y comenzó a hablar. Y Jesús se lo entregó a su madre”. Todos quedaron admirados y decían: “Dios ha visitado a su Pueblo”. (Lc. 7, 11-17). Este evangelio nos muestra el poder de Jesucristo como Hijo de Dios, él tiene su mismo poder, él es Dios. Esta afirmación es el centro de la fe cristiana, no estamos ante un hombre inspirado por Dios como puede ser un profeta, sino ante el mismo Dios que ha venido a nosotros asumiendo nuestra naturaleza y manifestándose en ella. Jesucristo es Dios hecho hombre y actúa con el poder de Dios. Este desafío de la fe cristiana es el comienzo de una vida nueva. El encuentro con Jesucristo es el encuentro con Dios, nuestro Padre y Creador.

Estamos ante un milagro. Son pocos los que Jesús ha hecho, con ellos ha querido manifestar su divinidad, son signos de su poder divino y de su identidad con su Padre, con Dios. Cuando uno de sus discípulos, Felipe, en ese camino de fe en el que ellos lo van descubriendo le dice: “Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta. Jesús le responde: Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto a mi Padre. Créanme: yo estoy en el Padre, y el Padre está en mí. Créanlo, al menos por las obras” (Jn. 14, 8-10). La resurrección del hijo de la viuda es, precisamente, una de estas obras o signos con los que Jesús manifiesta su divinidad. Es importante valorar el gesto de cercanía y de compasión con el dolor de la madre, en él se expresa la humanidad de Jesús que debe ser un modelo para nosotros, pero estamos ante una revelación del poder de Dios que atestigua la divinidad de Jesucristo. Solo Dios es el dueño de la vida.

Cuando el hombre olvida esta verdad se convierte en dueño de un poder que no tiene, y pone en peligro la dignidad sagrada de cada persona. La fe en el Dios de la vida es la mayor garantía del hombre y de sus derechos. Cuando nuestros mayores nos dejaron en las sabias palabras de la Constitución Nacional, aquella simple y profunda referencia a Dios, como: “fuente de toda razón y justicia”, expresaban algo más que una confesión religiosa. Ponían en ella el fundamento de la vida y el límite a todo atropello a su valor sagrado. La invocación del nombre de Dios es salvaguarda de la dignidad humana. El hombre no se fundamenta a sí mismo, es creado, es una criatura. La aceptación de esta verdad no disminuye su grandeza sino que la cuida y eleva.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
28 de mayo de 2016 - Solemnidad del Corpus Christi PDF Imprimir E-mail

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SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI

En la última Cena Jesús quiso dejarnos como testamento vivo de su presencia el sacramento de la eucaristía. Así lo recibió la Iglesia y así lo sigue celebrando, como nos lo ha trasmitido san Pablo: “Lo que yo recibí del Señor, y a mi vez les he trasmitido, es lo siguiente: El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó el pan, dio gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía. De la misma manera, después de cenar, tomó la copa, diciendo: Esta copa es la Nueva Alianza que se sella con mi sangre. Siempre que la beban, háganlo en memoria mía” (1 Cor. 11, 23-25). Hoy nos convoca este don de la Eucaristía que es “fuente y culmen de la vida cristiana”; ella es el pan del peregrino que fortalece nuestra fe, sostiene la esperanza y anima la caridad. En la celebración del Corpus Christi queremos agradecer y testimoniar públicamente esta presencia de Cristo con nosotros.

En el Año Santo de la Misericordia esta celebración adquiere un relieve particular. “Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre” (MV. 1), esta verdad no es algo solo para proclamar, sino el llamado y el comienzo de una vida nueva. Cuando san Lucas nos propone un estilo superior de vida cristiano nos dice: “Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordiosos” (Lc. 6, 36). ¿Cómo vivir esta realidad que nos parece superior a nuestras posibilidades? Uno está tentado a pensar que la propuesta del evangelio nos supera. Sin embargo, Jesucristo nos predica un camino nuevo, que es real y posible, no es una utopía. ¿Cuál es el secreto de este camino? La respuesta es la presencia viva de Cristo en nosotros. Esto nos lo dice el mismo Señor cuando nos habla de nuestra relación con él: “El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer” (Jn. 15, 5). La Eucaristía, la comunión, es el mayor grado de su presencia y la fuente de su misericordia.

Este año, además, celebramos como Iglesia en Argentina el XI Congreso Eucarístico Nacional en Tucumán, y en el marco del Bicentenario de nuestra Patria. Este acontecimiento está llamado a renovar el camino de nuestra fe. Ella nos compromete con nuestra Patria y le debemos dar lo mejor que tenemos, a Jesucristo. Para ello, los invito a rezar la oración de preparación en este camino hacia Tucumán, ella nos puede ayudar a vivir este tiempo y a reafirmar nuestra fe: “Jesucristo, Señor de la historia te necesitamos. Tú eres el Pan de Vida para nuestro pueblo peregrino. Conscientes de tu presencia real en el Santísimo Sacramento te alabamos y adoramos, te celebramos y proclamamos, te recibimos y compartimos. En el bicentenario de la independencia de nuestra Patria agradecemos tu presencia constante en nuestra historia, pedimos tu gracia para forjar el presente guiados por tu Evangelio. Ponemos en tus manos nuestro futuro con esperanza y compromiso”. ¡Que sepamos hacer realidad en nuestras vidas, Señor, lo que pedimos en esta bella oración!

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
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