Desde el Evangelio
08 de abril de 2017 - Domingo de Ramos PDF Imprimir E-mail

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DOMINGO DE RAMOS

Jesús inicia, en el Domingo de Ramos, la Hora para la cual él ha venido. La Iglesia nos invita a participar de este acontecimiento central de su vida, que es fuente de nuestra salvación. Todo lo que acontece en Jesucristo nos tiene como destinatarios personales. Cuando nos descubrimos en esta dimensión propia de su misión damos el primer paso para comprender y vivir el camino de su muerte y resurrección. Estamos llamados a pasar de espectadores de un drama a ser partícipes de su vida y misión. La fe no nos invita a asistir a algo que le pasó a él, sino a lo que él hizo y asumió por nosotros. Así, la fe es la que nos introduce en una lectura y comprensión de la vida, muerte y resurrección de Jesús.

Por la fe comprendemos que en la humanidad de Jesús está nuestra propia humanidad. San Pablo cuando nos habla del bautismo como comienzo de una vida nueva, nos remite a esta realidad de la Pascua, a la que estamos llamados a participar, diciéndonos: “Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que así como Cristo resucitó por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una Vida nueva”, para concluir: “si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él" (Rom. 6, 4-6). La muerte y resurrección de Jesús es el momento más importante de la historia de la humanidad, porque en ella el hombre encuentra el camino definitivo que da sentido a su vida. Siempre recuerdo las palabras del Concilio Vaticano II, cuando afirma: “En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece a la luz del misterio del Verbo encarnado” (G.S. 22).

Al participar en la celebración de este Domingo de Ramos pensemos con gratitud en el camino que Jesús ha hecho por nosotros, por mí. Todo encuentro con Él es principio de una vida nueva, siempre hay algo nuevo que el Señor me quiere decir y, tal vez, pedir. No soy alguien más para él sino único, y con una misión a la que me llama. ¡Que podamos en esta Semana Santa encontrarnos con él, escucharlo y responderle con generosidad! Él quiere caminar hoy con nosotros, para seguir predicando el Evangelio del amor y la vida, de la verdad y la paz, de la justicia y la solidaridad. Una Semana Santa vivida junto al Señor, es la mejor garantía para vivir año pleno de vida cristiana y eclesial.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
01 de abril de 2017 - Yo soy la resurrección y la vida PDF Imprimir E-mail

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YO SOY LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA

En este 5° domingo de Cuaresma la liturgia nos presenta el último de los signos en los que Jesús manifiesta su poder, la llamada resurrección de Lázaro. El término resurrección referido a Lázaro no corresponde al sentido que tiene en el Evangelio. La realidad de la resurrección implica el triunfo definitivo sobre la muerte que Cristo realizó en la Pascua. No consiste en volver a la vida terrena, como es el caso de Lázaro, sino en adquirir un nuevo estado de vida, un cuerpo espiritual e incorruptible no atado a la contingencia de lo humano. San Pablo lo define, diciendo que: “Él transformará nuestro pobre cuerpo mortal, haciéndolo semejante a su cuerpo glorioso” (Flp. 3, 21).

Esta nueva realidad hacia la que estamos en camino tiene en Jesucristo su fuente que nos adquirió por su muerte y resurrección. La Pascua es “la hora” de Jesucristo en la que se cumple la misión para la cual ha sido enviado y se convierte, para nosotros, en el centro de nuestra fe y en la certeza de nuestra esperanza. Así lo vive y nos lo trasmite san Pablo, así lo predica la Iglesia, cuando nos dice: “Y si Cristo no resucitó, es vana nuestra predicación y vana también la fe de ustedes” (1 Cor. 15, 14). La llamada resurrección de Lázaro es solo la ocasión del anuncio de algo que lo trasciende, y que se expresa en el diálogo se Jesús con Marta, cuando le reclama por su hermano, y a la que Jesús le dice: “Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?" (Jn. 11, 25-26). Esta pregunta sigue siendo actual y siempre espera de nuestra respuesta, porque es el centro de nuestra fe.

La liturgia nos va a ir preparando para acompañar a Jesús en la cercanía de su “Hora”, e ingresar con él en la celebración del Domingo de Ramos, en la Semana Santa. Es un tiempo en que la Iglesia nos invita a renovar nuestro encuentro con el Señor. Tiempo de oración y de reconciliación con Dios. La fecundidad espiritual de una celebración depende de la preparación con la que disponemos nuestro espíritu para vivirla. No nos acerquemos como espectadores sino como partícipes y destinatarios del misterio que vamos a celebrar. Con la Pascua iniciamos un año de gracia y de compromiso cristiano.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 

 
25 de marzo de 2017 - Jesucristo es luz PDF Imprimir E-mail

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JESUCRISTO ES LUZ

El domingo pasado Jesús se manifestó, en el encuentro con la Samaritana, como: “la fuente de agua viva”, hoy se nos manifiesta como: “la luz”, en la escena de la curación del ciego de nacimiento (Jn. 9, 1-41). Estos dos símbolos, el agua y la luz, son expresión de la vida nueva que nos trajo Jesucristo y, al mismo tiempo, nos invita a ser sus testigos para un mundo necesitado de su presencia. Ser luz y manantial de agua viva es fruto de nuestro encuentro con Cristo. En este tiempo de Cuaresma, tiempo de conversión, la Iglesia nos va a recordar nuestra condición de hijos de Dios, llamados a ser discípulos- misioneros de Jesucristo. Renovar el entusiasmo de esta verdad es la meta que nos debemos proponer.

Al pasar, nos dice el texto, Jesús: “vio a un hombre ciego de nacimiento” (9, 1). Esta actitud de ver nos habla de un estar atento, de no pasar “mirando para otro lado”. Vio y se detuvo, es la primera enseñanza que nos deja. Luego, él se nos va a manifestar como el enviado de Dios: “Debemos trabajar en las obras de aquel que me envió, mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo” (9, 4-5). Con estas palabras introduce el gesto, el milagro que va a realizar en la curación del ciego de nacimiento, como signo de su poder con el que realiza la obra de Dios. Luego hace una referencia a la noche como anticipo de su pasión y muerte.

Me pregunto qué significa para mí, en lo concreto de mi vida, ser “luz”. La primera respuesta, entiendo, debe estar en la línea de lo que llamaría el “ser cristiano”, es decir, nadie puede dar o trasmitir lo que no tiene o no es: el obrar siempre sigue al ser. Aquí aparece en toda su exigencia el encuentro vivo con Cristo, en su Palabra y la Oración, en la Iglesia y los Sacramentos; ahí nos espera y lo vamos a encontrar. Pero también, en el obrar, en el testimonio de una vida comprometida con su Evangelio, que no es una referencia intimista con él, sino presencia de él a través de mi vida frente a mis hermanos. San Pablo nos diría: “A ellos les ha revelado cuánta riqueza y gloria contiene para los paganos este misterio, que es Cristo en ustedes esperanza de la gloria” (Col. 1, 27).

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
18 de marzo de 2017 - El agua viva PDF Imprimir E-mail

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EL AGUA VIVA

Este domingo leemos el evangelio del encuentro con la Samaritana. Jesús enseña dialogando, este es un rasgo del evangelio de san Juan. Él parte de una realidad concreta, luego va llevando el diálogo a la manifestación de su Persona y de su obra. Así lo vemos en el encuentro con la Samaritana, no comienza con un discurso o una condena a la mujer, sino llevándola a descubrir la necesidad y posibilidad de una vida nueva. En las figuras de la sed, el agua viva y el manantial vamos descubriendo, como en un crescendo, el sentido de la presencia de Jesús como Salvador. Para esto he venido nos dirá en otro contexto: “para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn. 10, 10). Cuaresma nos invita a ingresar en este diálogo con Jesús para revivir el don y el compromiso de esta agua viva.

Ante el desconcierto y la pregunta de la mujer acerca de dónde iba a sacar esa “agua viva” que le promete, Jesús responde: “El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed, pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la vida eterna” (Jn. 4, 13-14). Del simple recurso del agua natural, Jesús eleva el diálogo hacia esa otra sed que responde a la dimensión espiritual del hombre. Es importante en este tiempo de conversión hacer una memoria agradecida de nuestro encuentro con esta “agua viva” por el don de la fe y el bautismo. Actualizar con gozo y gratitud lo que somos. Siempre es conveniente, por ello, antes de examinarnos y ver nuestras fragilidades, incluso el pecado, contemplar la obra de Dios en nosotros. Esto nos da confianza y esperanza a pesar de nuestra pequeñez, porque nos descubre el rostro del amor y de la misericordia de Dios que es Padre.

El agua viva, además de saciar nuestra sed, nos convierte: “en manantial que brotará hasta la vida eterna”. Esto nos debe llevar tanto a reafirmar el sentido trascendente de nuestra vida, como a tomar conciencia de su dimensión misionera en este mundo. ¡Qué triste cuando el cristiano es como una fuente vacía para aquel que se acerca a saciar su sed! Lo que Dios me comunica como gracia no es solo para mí, es más, podría perderlo si no lo comparto. No hay don que no implique una tarea. Cuaresma es tiempo de repasar nuestro compromiso en la familia, como en los ámbitos de nuestra presencia eclesial.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
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