Desde el Evangelio
23 de julio de 2016 - Señor, enséñanos a orar PDF Imprimir E-mail

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SEÑOR, ENSÉÑANOS A ORAR

En el evangelio de este domingo leemos uno de los diálogos más reveladores de Jesús con sus discípulos: “Jesús estaba orando en cierto lugar…, nos dice el texto, y uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar” (Lc. 11, 1). La figura motivadora es la actitud orante de Jesús. A este hecho no lo debemos desatender, el testimonio de alguien que tiene autoridad es decisivo, en este caso motiva una pregunta: “Enséñanos a rezar”. Pienso, a partir de esta imagen, en la importancia que tiene para un niño el ver a su padre o madre rezar. Este tema es central en esa primera catequesis de la familia con sus hijos. La fe, como la oración, se viven y transmiten por el testimonio acompañado de la palabra.

Es difícil un itinerario catequístico sin la presencia de los padres. Es cierto que la fe es algo personal y tiene caminos propios, pero qué importante es para el niño descubrir el valor de lo religioso en el testimonio de sus padres. Ellos comprenden que no es algo que pertenece a una etapa de la vida, sino que es el comienzo de una vida plena. La oración se le presenta al niño como algo valioso, porque tiene un lugar en la vida de sus mayores, son sus primeros catequistas. Lo que busca la catequesis familiar es, precisamente, hacer tomar conciencia a los padres de esta dimensión de la fe, que está llamada a iluminar y dar sentido a la vida de sus hijos.

La oración nos hace bien. Ella nos introduce en la verdad de lo que somos, en nuestra dignidad y grandeza, con su pequeñez y límites. El que reza sabe que no es Dios, que es una criatura. Esto tan simple nos habla de la verdad más profunda del hombre. Cuántas veces el que se jacta de no rezar, de no necesitar de Dios, cuando llega el límite de nuestra condición de criatura, la enfermedad, la impotencia, se desespera. En cambio el que reza, en lo simple de la oración está su esperanza y fortaleza. Este ha vivido en la verdad de su condición de criatura, el otro, tal vez sin quererlo, desconoció esa verdad fundante de su condición humana. Dios no limita al hombre, es la fuente que da sentido a su dignidad con sus límites. La oración da confianza en un Padre que no abandona a sus hijos. La oración tiene que ver con la verdad del hombre, es su primer camino.

Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
16 de julio de 2016 - Marta recibe al Señor PDF Imprimir E-mail

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MARTA RECIBE AL SEÑOR

El evangelio de este domingo nos presenta la escena de Jesús recibido por Marta en su casa. El Señor fue a visitarla y ella lo recibe. En este simple y austero relato podemos ver la verdad de la relación entre Dios y el hombre. El Señor viene y espera ser recibido: “Mientras iba caminando, Jesús entró en un pueblo, y una mujer que se llamaba Marta lo recibió en su casa” (Lc. 10, 38). Dios y la libertad del hombre nos hablan de un amor único y personal, pero también de la dignidad y el poder del hombre. Este aparente límite de Dios no desconoce su grandeza, sino que expresa el camino de su pedagogía. Dios no ha creado “robots”, ha creado hombres libres y responsables. Marta lo recibe, es lo que el Señor espera. Este aspecto del relato evangélico es esencial, es la primera actitud de fe que descubre la presencia del Señor y lo recibe.

Es cierto que a su presencia solo la podemos conocer con los ojos de la fe. Ella no es para nosotros un salto al vacío ni algo mágico, sino un apoyarnos en el testimonio de su Palabra que nos llama e invita a un encuentro vivo con él. Una fe que se desconecta de esta fuente única va creando sus propios proyectos, elaborando sus creencias y aparentes seguridades que nos alejan del Dios verdadero, del Padre de Nuestro Señor Jesucristo. Hay como un mercado religioso creado por el hombre que no resiste la mirada purificadora del Evangelio. La fe cristiana parte de la iniciativa de Dios que viene al encuentro del hombre. A esto que nos parece tan simple siempre debemos volver, para superar toda tentación de manejar a Dios y hacer de la vida religiosa una suerte de relación a nuestra medida, que la acomodamos a diversas circunstancias. Dios pasa a ser como un adjetivo más en nuestras vidas y no la fuente que nos enriquece y que, ciertamente, nos puede sorprender.

Sabemos que su Palabra y la Eucaristía son lugares primeros donde él ha querido quedarse para este encuentro. Aquí aparece la Iglesia como casa y comunidad que él ha instituido para dejarnos, a modo de testamento vivo, su presencia. Por ello es nuestra madre. Pero también sabemos, porque él nos lo ha dicho, que está y viene a nosotros en nuestros hermanos más necesitados, en quienes ha querido ocultar su presencia, en los más pobres. ¿Cuándo te vimos, Señor?, es la pregunta que orienta su respuesta en el evangelio: “Les aseguro, nos dice, que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt. 25, 40). Como vemos, la vida cristiana es respuesta a la iniciativa de Dios. Para encontrarlo, debemos buscarlo donde él ha querido quedarse y nos espera.

Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
09 de julio de 2016 - El Bicentenario de la Independencia PDF Imprimir E-mail

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EL BICENTENARIO DE LA INDEPENDENCIA

Celebramos desde la fe y como argentinos el Bicentenario de la Independencia de nuestra Patria. Lo hacemos con la certeza de una fe que se apoya en Jesucristo, que nació y se encarnó en lo concreto de un pueblo al que amaba. Es un error pensar que el universalismo propio de la fe en un Dios que es Padre de todos los hombres, pueda estar reñido con la pertenencia a una tierra, a una nación con su historia y tradiciones. Mi fe la he recibido como don de Dios, pero en una familia y en el contexto de un país concreto. Amo a Dios y amo a mi Patria. Esta fe que profesamos no estuvo ausente en aquellos congresistas de Tucumán, entre los que había varios sacerdotes. La fe era para ellos una riqueza que orientaba sus deseos de Independencia en el contexto histórico en que vivían. No había contradicción entre su fe y el compromiso patrio. El ejemplo de Jesucristo que amaba a su Patria, Jerusalén, nos ayuda a comprender esta dimensión cultural de la fe.

Esta fe y estos valores profesados en la “Casa Histórica” de Tucumán marcó un camino que luego será asumido en nuestra Constitución Nacional cuando, sobre el fundamento de Dios: “fuente de toda razón y justicia”, se nos habla de “consolidar la paz” y de una Patria abierta a: “todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”. La fe en Dios, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, manifestaba, junto al amor y el compromiso con la Patria, una apertura fraterna a todos los hombres. La fe no aísla, es camino de encuentro, de respeto y de diálogo. Nada más ajeno a una auténtica fe en Dios que actitudes de fanatismo religioso, que enfrentan y en muchos lugares son camino de muerte. Decir creo en Dios, es decir todo hombre es mi hermano.

Guiados por este espíritu la Conferencia Episcopal Argentina ha querido celebrar este acontecimiento mayor de nuestra Patria, a través de un documento cuyo nombre es significativo: El Bicentenario. Tiempo para el encuentro fraterno de los argentinos. Hay una Argentina que siempre se está construyendo y necesita del protagonismo de todos. La Patria es don y tarea: “Deseamos acercar nuestra reflexión pastoral, dice el documento, y así dar gracias por el legado que nos dejaron nuestros mayores, interpretar nuestro presente a la luz de nuestra fe y decir una palabra esperanzadora, siempre iluminada por el Evangelio, que desde aquella Magna Asamblea de Tucumán inspiró a los legisladores la virtud de abrir el futuro para una Argentina fraterna y solidaria, pacificada y reconciliada, condiciones capaces de crear una Nación para todos”. Les recomiendo una lectura pausada de este documento que nos permita descubrirnos en este camino de nuestra historia, para vivir un presente esperanzado y comprometido.

Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
02 de julio de 2016 - El don de la paz PDF Imprimir E-mail

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EL DON DE LA PAZ

Cuando Jesús en el evangelio dice a sus discípulos que al entrar en una casa digan primero: “¡Que descienda la paz sobre esta casa!” (Lc. 10, 5), nos está expresando el sentido de su misión. El vino para reconciliar al hombre con Dios, y mostrarnos el camino de la paz. No se trata de una componenda sino de algo más profundo que busca el interior del hombre para sanarlo, para liberarlo. La paz es signo de su presencia. Esto no significa ausencias de problemas, sino ordenar la vida en referencia a Dios como su fuente. La paz es, en el hombre, en cuanto ser espiritual creado por Dios un valor que eleva su condición de criatura y sus relaciones. Dios no es un problema a resolver sino el camino que da respuesta a sus aspiraciones. Siempre recuerdo la frase de san Agustín cuando decía: “Mi corazón estuvo inquieto, Señor, hasta que no descansó en ti”. Dios se nos da en Jesucristo el don y el camino de la paz.

Estamos llamados a proclamar, les dice san Pablo a los efesios: “El Evangelio de la paz” (Ef.6, 15). Es Cristo el que ha reconciliado en la cruz a todos los hombres con Dios: “él ha unido a los dos pueblos, derribando el muro de enemistad que los separaba…..Y él vino a proclamar la Buena Noticia de la paz, paz para ustedes, que estaban lejos, paz también para aquellos que estaban cerca. Por medio de Cristo, todos sin distinción tenemos acceso al Padre” (Ef. 2, 14-17). Esta reconciliación con Dios es el principio de una vida nueva que debe predicarse como evangelio a todo el mundo. A la paz hay que vivirla y trasmitirla. Ella es fruto de llamarlo a Dios “Padre Nuestro”. Esta dimensión fraterna de la reconciliación, nos dice el Compendio de Doctrina Social de la Iglesia, hace que el cristiano deba: “convertirse en artífice de paz, y, por tanto, partícipe del Reino de Dios, según Jesús lo proclama: Bienaventurados lo que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mt. 5, 9; C.D.S.I. 492). La paz, que es para Jesús un tema central en su vida y predicación, se convierte en: “parte integrante de la misión con la que la Iglesia prosigue la obra redentora de Cristo sobre la tierra” (C.D.S.I. 516).

Es importante no perder de vista esta dimensión teológica de la paz, que tiene su fuente en Dios y su camino en Jesucristo. La paz necesita de corazones bien dispuestos para recibirla; hay una tarea de siembra de la paz por la palabra y el testimonio. En este sentido, ella necesita del valor de la verdad y la justicia, del diálogo, la confianza y la ejemplaridad. No es posible construir una paz duradera si no estamos dispuestos a poner de nosotros lo mejor. La paz no es algo mágico, se la construye. Ella vive a la espera de hombres y mujeres con un corazón bien dispuesto, sano y libre.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
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