Desde el Evangelio
21 de mayo de 2016 - Solemnidad de la Santísima Trinidad PDF Imprimir E-mail

Compartir

SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

Celebramos este domingo el misterio de la intimidad de Dios, al que solo podemos acceder porque él nos lo ha revelado. Hablamos del Padre como creador y fundamento de la vida, del Hijo como redentor que ha sido enviado para salvarnos y mostrarnos el camino de nuestra vida, y del Espíritu Santo como quién hace realidad en nosotros esa misma obra de Jesucristo. Dios, sin perder su unidad, es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esta es la vida de Dios, su identidad profunda. Este es misterio de la Santísima Trinidad, que no se trata de algo oscuro y difícil que debemos desentrañar sino de una realidad que nos trasciende y que necesita ser revelada. Cuando la recibimos ella se convierte en luz que da sentido a todo. En ello vemos como la fe eleva a la inteligencia a un conocimiento que trasciende sus límites humanos. Estamos hablando de la fe como un don del Espíritu Santo.

Jesucristo nos revela esta intimidad de Dios cuando nos habla de su Padre y nos dice que, luego de su Pascua, nos van a enviar al Espíritu Santo. Con ello nos muestra tanto la vida de unidad y comunión que existe en Dios como su diversidad sea en la obra creadora, redentora y santificadora. Es más, Jesucristo ve en esa intimidad de Dios el ideal de nuestra vida de comunión, a esto él lo hace oración: “Padre, que sean uno como nosotros somos uno” (Jn. 17, 21). Para el cristiano la fuente del amor es Dios, como afirma san Juan: “el amor procede de Dios, y el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios” (Jn. 4, 7). Vivir esta conciencia de la fe en Dios debe desterrar cualquier intento de fanatismo religioso que lleve a matar en nombre de Dios. Quién hace esto no está hablando del Dios verdadero, sino de una caricatura hecha con fines políticos de poder y dominio. El criterio para discernir la presencia de Dios siempre es el amor: “En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos, nos dice san Juan: en el amor que se tengan los unos con los otros” (Jn. 13, 35).

Sin querer forzar el texto de nuestra Constitución cuando dice que: “Dios es fuente de toda razón y justicia”, creo que debemos entenderlo no solo en un sentido individual sino también, en su alcance social. No es posible invocar a Dios y no tener una actitud de solidaridad como exigencia moral de esa misma invocación, que si bien es religiosa nos habla de responsabilidad cívica. La invocación a Dios da fundamento y refuerza todo lo humano. Dios no ocupa el lugar de nadie pero sí sostiene e ilumina el lugar y la tarea de todos. La fe en Dios que hemos conocido por el Evangelio de Jesucristo nos compromete a sentirnos responsables de nuestros hermanos. Nada más lejos de la fe en Dios Uno y Trino, que encerrarnos en actitudes individualistas y egoístas, y a pensar solo en términos económicos de llegar a tener más. La fe en un Dios que es Padre de todos, abre nuestra mirada y nuestro corazón a todos nuestros hermanos.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
14 de mayo de 2016 - Pentecostés PDF Imprimir E-mail

Compartir

PENTECOSTÉS

En Pentecostés celebramos la plenitud de la obra y la misión de Jesucristo. Sería incompleto hablar de la Pascua sin hablar de Pentecostés, que es el día en que celebramos su cumplimiento. Jesucristo les dijo a sus discípulos: “No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes” (Jn. 14, 18). Este volver de Jesucristo se inicia con el envío del Espíritu Santo. Se acostumbra a decir que Jesucristo realizó la obra objetiva de nuestra redención, el Espíritu Santo viene a interiorizar en nosotros esa misma obra. Es una fuerza interior, una gracia que nos transforma y capacita para vivir plenamente su evangelio. ¡Danos, Señor, el don de tu Espíritu!, es la oración del cristiano que sigue a Jesucristo. La vida cristiana no es voluntarismo, sino la presencia de Dios que nos orienta por su Palabra y nos mueve por su Espíritu para dar sentido a nuestras vidas.

Pentecostés es, también, el día que nace la Iglesia ante el mundo. Ella no es obra de los hombres sino de Dios, su vida y su fuerza proviene de él. El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia, que la anima a vivir y ser fiel al evangelio de Jesucristo. Pentecostés es el día en que la Iglesia adquiere conciencia de su misión y comienza a salir de su pequeño núcleo, su horizonte es el mundo. “Para esto he venido, para que el mundo tenga vida”, es el recuerdo vivo de las palabras de Jesús. Francisco nos diría que es el día en que la Iglesia toma conciencia de su misión, la de ser una “Iglesia en salida”. La misión avanza con la fuerza de la Palabra, el testimonio de una vida auténtica y el respeto a la libertad. La misión necesita de testigos que expresen con sus vidas el evangelio que predican. El espíritu de la misión es una gracia que hay que pedir y una tarea que debemos realizar.

El mensaje de Jesucristo se dirige a todos los hombres, y puede encarnarse en todas las culturas, tiene vocación universal. El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, nos dice que: “El mensaje cristiano ofrece una visión universal de la vida de los hombres y de los pueblos sobre la tierra, que hace comprender la unidad de la familia humana”. Esta unidad no se construye con las fuerzas de las armas, sino con la conciencia de un origen común y de una pertenencia que superan toda división. Por ello, concluye: “será siempre necesario, por imperativos de la misma naturaleza, atender debidamente al bien universal, es decir, al que afecta a toda la familia humana” (CDSI. 432). Nada más ajeno a la fe que fanatismos que llevan a la muerte de un hermano. Todo hombre es mi hermano es la primera consecuencia moral de la fe. Ella, la fe, no es un obstáculo para la paz, sino su mejor escuela. Esta conciencia forma parte de la misión de la Iglesia.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
07 de mayo de 2016 - Solemnidad de la Ascensión del Señor PDF Imprimir E-mail

Compartir

SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

Este domingo de la Ascensión del Señor celebramos la vuelta de Jesús al Padre, luego de haber cumplido en la Pascua la misión para la cual había sido enviado. En esta Fiesta descubrimos el sentido pleno de la vida del hombre como ser espiritual, no somos algo más en la naturaleza sino alguien que tiene un destino personal y trascendente. Cuando Jesús se va despidiendo de los discípulos les dice: “Yo voy a prepararles un lugar”, y cuando le manifiestan que ellos no saben adónde él va y cómo van a conocer el camino, Jesús les responde: “Yo soy el camino, la Verdad y la Vida. Nadie va la Padre, sino por mí" (Jn. 14, 2-5). La fe cristiana no es una trascendencia que nos libera de este mundo, sino un camino que se inicia en este mundo y que tiene en Jesucristo su principio y su modelo. Jesucristo es hoy y lo será siempre el camino de la verdad plena del hombre.

En este sentido podemos hablar de la Ascensión como la fiesta de la esperanza cristiana. Desde la Ascensión del Señor no caminamos sin conocer el futuro de nuestras vidas, el hacia dónde vamos, lo seguimos a Jesucristo, en él hemos encontrado el camino que ilumina y da sentido a nuestro caminar. No somos peregrinos de una utopía sino de una esperanza real que se apoya en su palabra y su vida. Esto no nos exime de las dificultades e incertidumbres propias de nuestra condición de peregrinos, pero sabemos hacia dónde vamos y con quien caminamos. La fe es un don y es un desafío que nos compromete en lo concreto de este mundo. La obra de Jesucristo adquiere para el cristiano la responsabilidad de una misión que debe vivir y cumplir. Seguirlo a él tiene sus consecuencias de gozo, pero también de cruz. Es cierto, contamos con la certeza de su presencia, como les dijo a sus discípulos el día de la Ascensión cuando los envía a misionar: “Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt. 28, 20).

En este día la Iglesia celebra el día de las Comunicaciones Sociales. Francisco nos habla en su mensaje de: Comunicación y Misericordia: un encuentro fecundo. Me permito transcribir parte del texto: “La comunicación tiene el poder de crear puentes, de favorecer el encuentro y la inclusión, enriqueciendo de este modo la sociedad. Es hermoso ver personas que se afanan en elegir con cuidado las palabras y los gestos para superar las incomprensiones, curar la memoria herida y construir paz y armonía. Las palabras pueden construir puentes entre las personas, las familias, los grupos sociales y los pueblos. Y esto es posible tanto en el mundo físico como en el digital. Por tanto, que las palabras y las acciones sean apropiadas para ayudarnos a salir de los círculos viciosos de las condenas y las venganzas, que siguen enmarañando a individuos y naciones, y llevan a expresarse con mensajes de odios, y concluye: En un mundo dividido, fragmentado, polarizado, comunicar con misericordia significa contribuir a la buena, libre y solidaria cercanía entre los hijos de Dios y los hermanos en humanidad”. Esta es la invitación que les hace Francisco a los comunicadores, descubrir el poder de la misericordia para sanar relaciones dañadas y llevar paz y armonía, en sus palabras.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
30 de abril de 2016 - La Iglesia nace misionera PDF Imprimir E-mail

Compartir

 

LA IGLESIA NACE MISIONERA

Las lecturas de este domingo nos muestran la expansión de la primitiva comunidad cristiana. Lejos de sentirse un grupo encerrado en sí mismo y a la defensiva, lo primero que vemos es su conciencia misionera. Hay un universalismo de la fe recibida de Jesucristo que los lleva a trascender todo límite geográfico, cultural o de raza. Esto lo vemos en la lectura de los Hechos cuando se dirigen a los paganos: “Los Apóstoles y los presbíteros saludamos fraternalmente a los hermanos de origen pagano, que están en Antioquía, en Siria y en Cilicia” (Hech. 15, 23). Así nació la Iglesia. No era fácil este camino en una época en la que se identificaba lo religioso con la raza y lo político. La conciencia de este universalismo es su fe en Dios revelada por Jesucristo: ella se expresa en una relación única con Dios y en el mandamiento del amor. Toda persona es mi hermano sería la primera consecuencia social de la fe.

Es importante partir de estas certezas para comprender tanto el universalismo de la fe como su exigencia misionera. La fe en Dios, revelada por Jesucristo, no nos aísla, por el contrario, nos define cono hijos de Dios y hermano de todos los hombres. Esto lo vemos en la oración que nos dejó Jesús al enseñarnos el Padre nuestro. La conciencia de esta fe es la que llevó a las primeras comunidades a salir al encuentro de todos los hombres y culturas y proclamarles la alegría y las razones de su fe. Una característica del auténtico espíritu misionero es su gratuidad y el respeto a la libertad. No es algo que se impone, se propone como una verdad que busca la libre aceptación. Un elemento esencial en ella es la predicación: “¿Y cómo creer, sin haber oído hablar de él? ¿Y cómo oír hablar de él, si nadie lo predica? ¿Y quiénes predicarán, si no se los envía?” (Rom. 10, 14-15). La fe cristiana nace de la palabra predicada. Una Iglesia fiel a esta certeza de la fe, es una Iglesia necesariamente misionera. Esto es lo que nos reclama hoy Francisco.

Otro elemento a tener en cuenta es la pertenencia a una comunidad. La adhesión a la fe que nace en Jesucristo se orienta a la comunión. El hombre de fe no es alguien solitario, decíamos, sino miembro de una comunidad. Esta fue la primera enseñanza y preocupación de los apóstoles respecto a la vida de los cristianos. Así lo vemos en los Evangelios, como en los Hechos y las cartas de los Apóstoles. El encuentro con Jesucristo lleva necesariamente a vivir y a celebrar la comunión como signo de su autenticidad. En esto se comprende la centralidad de la eucaristía, la celebración dominical de la Misa que, como dice el Concilio Vaticano II, es “fuente y culmen” de la vida cristiana. Una fe que no se celebra termina debilitándose y se reduce a una mera referencia moral o cultural, que deja de alimentar e incidir en la vida cotidiana. La fe me da una comunidad, me da a la Iglesia. No hay Iglesia sin Jesucristo, pero también es necesario decir que Jesucristo nos lleva a la comunidad de la Iglesia que él ha instituido.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
<< Inicio < Prev 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 Próximo > Fin >>

Página 10 de 101