Desde el Evangelio
25 de marzo de 2017 - Jesucristo es luz PDF Imprimir E-mail

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JESUCRISTO ES LUZ

El domingo pasado Jesús se manifestó, en el encuentro con la Samaritana, como: “la fuente de agua viva”, hoy se nos manifiesta como: “la luz”, en la escena de la curación del ciego de nacimiento (Jn. 9, 1-41). Estos dos símbolos, el agua y la luz, son expresión de la vida nueva que nos trajo Jesucristo y, al mismo tiempo, nos invita a ser sus testigos para un mundo necesitado de su presencia. Ser luz y manantial de agua viva es fruto de nuestro encuentro con Cristo. En este tiempo de Cuaresma, tiempo de conversión, la Iglesia nos va a recordar nuestra condición de hijos de Dios, llamados a ser discípulos- misioneros de Jesucristo. Renovar el entusiasmo de esta verdad es la meta que nos debemos proponer.

Al pasar, nos dice el texto, Jesús: “vio a un hombre ciego de nacimiento” (9, 1). Esta actitud de ver nos habla de un estar atento, de no pasar “mirando para otro lado”. Vio y se detuvo, es la primera enseñanza que nos deja. Luego, él se nos va a manifestar como el enviado de Dios: “Debemos trabajar en las obras de aquel que me envió, mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo” (9, 4-5). Con estas palabras introduce el gesto, el milagro que va a realizar en la curación del ciego de nacimiento, como signo de su poder con el que realiza la obra de Dios. Luego hace una referencia a la noche como anticipo de su pasión y muerte.

Me pregunto qué significa para mí, en lo concreto de mi vida, ser “luz”. La primera respuesta, entiendo, debe estar en la línea de lo que llamaría el “ser cristiano”, es decir, nadie puede dar o trasmitir lo que no tiene o no es: el obrar siempre sigue al ser. Aquí aparece en toda su exigencia el encuentro vivo con Cristo, en su Palabra y la Oración, en la Iglesia y los Sacramentos; ahí nos espera y lo vamos a encontrar. Pero también, en el obrar, en el testimonio de una vida comprometida con su Evangelio, que no es una referencia intimista con él, sino presencia de él a través de mi vida frente a mis hermanos. San Pablo nos diría: “A ellos les ha revelado cuánta riqueza y gloria contiene para los paganos este misterio, que es Cristo en ustedes esperanza de la gloria” (Col. 1, 27).

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
18 de marzo de 2017 - El agua viva PDF Imprimir E-mail

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EL AGUA VIVA

Este domingo leemos el evangelio del encuentro con la Samaritana. Jesús enseña dialogando, este es un rasgo del evangelio de san Juan. Él parte de una realidad concreta, luego va llevando el diálogo a la manifestación de su Persona y de su obra. Así lo vemos en el encuentro con la Samaritana, no comienza con un discurso o una condena a la mujer, sino llevándola a descubrir la necesidad y posibilidad de una vida nueva. En las figuras de la sed, el agua viva y el manantial vamos descubriendo, como en un crescendo, el sentido de la presencia de Jesús como Salvador. Para esto he venido nos dirá en otro contexto: “para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn. 10, 10). Cuaresma nos invita a ingresar en este diálogo con Jesús para revivir el don y el compromiso de esta agua viva.

Ante el desconcierto y la pregunta de la mujer acerca de dónde iba a sacar esa “agua viva” que le promete, Jesús responde: “El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed, pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la vida eterna” (Jn. 4, 13-14). Del simple recurso del agua natural, Jesús eleva el diálogo hacia esa otra sed que responde a la dimensión espiritual del hombre. Es importante en este tiempo de conversión hacer una memoria agradecida de nuestro encuentro con esta “agua viva” por el don de la fe y el bautismo. Actualizar con gozo y gratitud lo que somos. Siempre es conveniente, por ello, antes de examinarnos y ver nuestras fragilidades, incluso el pecado, contemplar la obra de Dios en nosotros. Esto nos da confianza y esperanza a pesar de nuestra pequeñez, porque nos descubre el rostro del amor y de la misericordia de Dios que es Padre.

El agua viva, además de saciar nuestra sed, nos convierte: “en manantial que brotará hasta la vida eterna”. Esto nos debe llevar tanto a reafirmar el sentido trascendente de nuestra vida, como a tomar conciencia de su dimensión misionera en este mundo. ¡Qué triste cuando el cristiano es como una fuente vacía para aquel que se acerca a saciar su sed! Lo que Dios me comunica como gracia no es solo para mí, es más, podría perderlo si no lo comparto. No hay don que no implique una tarea. Cuaresma es tiempo de repasar nuestro compromiso en la familia, como en los ámbitos de nuestra presencia eclesial.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
11 de marzo de 2017 - La Transfiguración del Señor PDF Imprimir E-mail

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LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR

En este segundo domingo de Cuaresma la Iglesia nos presenta el evangelio de la Transfiguración del Señor. Todo en la vida de Jesús tiene un sentido salvífico y de revelación. ¿Cuál es el mensaje que les ha querido trasmitir a los apóstoles: Pedro, Juan y su hermano Santiago, y en ellos a nosotros? (cfr. Mt. 17, 1-9). Les quiere, y nos quiere, revelar el sentido último de nuestra vida, no sólo que sepamos de dónde venimos en cuanto creados por Dios, sino y sobre todo, hacia dónde vamos, cuál es nuestro fin. Nos quiere mostrar en la transfiguración la grandeza y dignidad del hombre desde el fin al que está llamado y él nos lo revela. La Transfiguración, al tiempo que es un manifestar su identidad más profunda, para sostener y perfeccionar la fe de los apóstoles, es también para revelarles, y revelarnos, nuestra vocación trascendente como hijos de Dios.

Similar a la escena del bautismo en el Jordán se escucha la voz del Padre que proclama: “Este es mi Hijo muy querido en quién tengo puesta mi predilección: escúchenlo” (17, 5). Aquí, a diferencia del Jordán, se agrega y de un modo imperativo el pedido de: “escúchenlo”. La fe cristiana no se dirige a un Dios principio de la creación, o una energía que gobierna el mundo, sino a un Dios que nos habló, finalmente en su Hijo (cfr. Heb 1, 1). Esto significa que la vida cristiana comienza por una escucha, no es una construcción que hacemos desde nosotros sino una respuesta creativa a la Palabra recibida.

Hay una apropiación o inculturación de la Palabra que nos permite hablar de una respuesta creativa decíamos, que es obra del Espíritu Santo que nos mueve a la escucha e interiorización, pero que no suprime la originalidad del que escucha. Por ello, podemos hablar de una diversidad de espiritualidades en la unidad de la misma fe, porque tienen su misma y única fuente en Jesucristo. Esto lo vemos en esa rica historia de la espiritualidad cristiana, como respuesta creativa a la Palabra recibida. Cuaresma es un tiempo oportuno para acercarnos a la lectura meditada de la Palabra de Dios, lo que llamamos la “lectio divina”, como una manera de escuchar y profundizar el contenido de la fe, dándole a nuestra vida una espiritualidad bíblica que la ilumine y oriente.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
04 de marzo de 2017 - Las Tentaciones de Jesús PDF Imprimir E-mail

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LAS TENTACIONES DE JESÚS

Al comenzar la Cuaresma la Iglesia nos propone el evangelio de las tentaciones de Jesús. Todo lo que acontece en él es para nosotros testimonio y camino de salvación. Él es el testigo fiel, el iniciador de nuestra fe (cfr. Heb. 12, 2). Las tentaciones buscan desviar, apartar a Jesús de su misión. Es llevarlo a desconocer su origen, la voluntad de Dios, su Padre, y el sentido de su venida al mundo, su misión. Las tentaciones tocan dos realidades que hacen a su identidad: su procedencia de Dios y su misión. La relación con su Padre es el centro de su vida, y su voluntad, su alimento. Las tentaciones a las que fue sometido Jesús son únicas, son para él y tienen como finalidad apartarlo de su misión salvífica.

Para nosotros, sin embargo, aunque sean distintas las tentaciones existen, no las podemos excluir de nuestra vida, hacen a nuestra condición humana. El Señor nos enseña a tener frente a ellas una actitud de discernimiento, libertad y rechazo. Si bien existe la fragilidad del pecado, no hay un determinismo que nos condiciona fatalmente. Somos personas libres dotadas de inteligencia y voluntad que contamos con la riqueza de la fe, que nos ilumina y hace partícipes de la vida de la gracia que es el triunfo de Jesucristo. La fe no excluye la tentación, pero nos abre un camino que nos fortalece. Este camino se apoya en la certeza de esa presencia del Señor que ha querido quedarse con nosotros: “Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt. 28, 20). A Él lo encontramos y recibimos en su Palabra y los Sacramentos, esta es la misión que Cristo le ha dejado a la Iglesia.

El discernimiento y la libertad cristiana se apoyan en nuestra inteligencia y voluntad, pero necesitan de una escala de valores e ideales que iluminen su discernimiento y orienten la libertad hacia el bien. En este mundo de valores e ideales se nos presenta el Evangelio como un camino que ilumina y da sentido a la vida del hombre en sus opciones. La fe, por otra parte, no solo da elementos doctrinales sino que nos comunica como gracia, como fuerza interior, esa presencia del Señor que sana, eleva y capacita para asumir decisiones y rechazar todo aquello que pueda ser una tentación. Para un cristiano antes de hablar de tentación debemos hablar de esa presencia del Señor, que es nuestra verdad y riqueza.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
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