Desde el Evangelio
15 de julio de 2017 - Dios creador y redentor PDF Imprimir E-mail

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DIOS CREADOR Y REDENTOR

La liturgia de este domingo nos habla de Dios Creador como fundamento de la creación, y de Dios Redentor, Jesucristo, camino de salvación. Es el mismo Dios el autor del libro de la Creación y del libro de la Palabra. Esta unidad la expresa el Catecismo de la Iglesia, diciendo: “La creación es el fundamento de todos los designios salvíficos de Dios, el comienzo de la historia de la salvación que culmina en Cristo. Inversamente, el Misterio de Cristo es la luz decisiva sobre el Misterio de la creación; revela el fin en vista del cual, al principio, Dios creó el cielo y la tierra (Gn. 1, 1); desde el principio Dios preveía la gloria de la nueva creación en Cristo” (C.I.C. 280).

Esto permite comprender a san Pablo cuando nos habla de la esperanza de la creación, que está íntimamente ligada al destino de toda la humanidad y de la que Jesucristo es el camino que le da vida y la libera: “En efecto, toda la creación espera ansiosamente esta revelación de los hijos de Dios. … la creación entera, hasta el presente sufre, gime y sufre dolores de parto. Y no solo ella: también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu” (Rom. 8, 19-23). Hay una unidad en el Plan de Dios en el que la creación es iluminada y liberada por Jesucristo. Esta esclavitud a la que está sometida la creación, fruto del pecado, encuentra su liberación en Cristo, de quien hemos recibido: “las primicias del Espíritu”. En este tiempo estamos llamados a vivir con responsabilidad nuestra fe.

Esta proclamación de Dios Creador es hoy particularmente necesaria. Hay planteos que debilitan esta verdad central de la fe. El Papa Benedicto decía: “El hombre posee una naturaleza que debe respetar y que no puede manipular a su antojo. El hombre no se crea a sí mismo. Es espíritu y voluntad, pero también naturaleza, su voluntad es justa cuando él respeta la naturaleza”. Retomando esta reflexión Francisco nos decía refiriéndose a la teoría del género: “Hoy a los niños se les enseña en la escuela: que cada uno puede elegir el sexo”. Y recuerda a Benedicto cuando le dijo: “Santidad, esta es la época del pecado contra Dios creador: Dios ha creado al hombre y a la mujer, Dios ha creado el mundo así, así, y nosotros estamos haciendo lo contrario. Lo que ha dicho Benedicto, concluye, tenemos que pensarlo: Es la época del pecado contra Dios creador”. Es urgente, ya desde la catequesis, poner el tema de Dios creador como fundamento del designio de Dios.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
08 de julio de 2017 - Vengan a mí PDF Imprimir E-mail

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VENGAN A MÍ

En el evangelio de este domingo Jesús nos dirige una mirada de amor con la que busca acompañarnos en los momentos difíciles. Él siempre está cerca de quienes sufren, no niega el dolor, pero nos dice: “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré” (Mt. 11, 25). Con estas palabras nos muestra su presencia ente el dolor, que es algo que pertenece a nuestra condición de criaturas, no somos dioses, somos hombres y mujeres que caminamos con: “gozos y esperanzas, con tristezas y angustias” (G.S. 1). En esta historia, que es también Historia de Dios, somos peregrinos hacia una plenitud de vida. Desde Jesucristo ya no caminamos solos.

Él ha venido, precisamente, para asumir nuestra condición humana y mostrarnos un camino nuevo, en el que él mismo se hace camino para darnos fuerza y alivio en nuestro caminar. ¿Qué nos pide?, algo simple pero que requiere de una decisión: “Vengan a mí”, nos dice. Este ir hacia él nos habla de una actitud de fe con la que lo reconocemos como enviado de Dios, su Padre. Él no es alguien más, es el Hijo de Dios que ha venido para salvarnos, recordemos que: “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único, No para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn. 3, 16). Esta salvación, que en su plenitud aún la vivimos en la esperanza, ya comienza a ser realidad en este mundo cuando nos encontramos con él.

Lo que Jesús nos propone no es negar el dolor o tratar de desentendernos de él, sino de asumirlo y ponerlo junto a él. Es convertir nuestra historia en Historia de Dios, que tiene en Jesucristo su fuente salvífica. Su cruz es signo de un amor que nos salva, por ello nos dice: “Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy manso y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana” (Mt. 11, 29). Su respuesta no es decirnos: el dolor no existe y dejarnos tranquilos, al contrario, nos dice: reconózcanlo pero no se dejen vencer, Yo lo he asumido y los acompaño. Un dolor, una cruz sin Cristo agobia, nos aplasta, no encontramos salida. No busquemos en Cristo lo mágico que solucione todo, él está presente nos acompaña e involucra en la respuesta.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
01 de julio de 2017 - Ser discípulo del Señor PDF Imprimir E-mail

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2017 18

SER DISCÍPULO DEL SEÑOR

El evangelio de este domingo nos habla de la radicalidad del seguimiento a Jesús, él nos pide una entrega total a su persona y misión. El discípulo es llamado a seguirlo sin condicionamientos, desde una entrega hecha con pleno conocimiento y libertad. Para ello es necesario que el seguimiento surja de un encuentro personal con él. Siempre nos hace bien recordar aquellas palabras de san Pedro que son ejemplares para todo discípulo, cuando le dice: “Señor, ¿a quién iremos? Solo Tú tiene palabras de Vida eterna” (Jn. 6, 68). Solo él puede pedir esta entrega. En ello nos manifiesta su condición divina y el sentido de su presencia para nosotros. Él no es alguien más o ajeno a la vocación del hombre, es su: “Camino, Verdad y Vida. Nadie va al Padre (nos dice) sino por mí" (Jn. 14, 6).

Descubrirlo a Jesucristo en esta misión personal es el comienzo del discipulado. No se trata solo de un encuentro sino del inicio de lo definitivo. En un mundo en el que cuesta entender y aceptar la categoría de lo definitivo, corremos el peligro de hacer de Jesucristo y de la vida cristiana algo “light”, algo líquido que no tiene espesura ni justifica, por lo mismo, un compromiso para siempre. El seguimiento de Jesús no tiene nada de fanatismo que suprima la libertad, por el contrario, la necesita y exige. La centralidad de su presencia en nosotros no ocupa o desplaza a otro, sino que viene a iluminar el lugar de todos en referencia a su condición de hijo de Dios, como de su vocación trascendente.

Esta presencia de Jesucristo en nosotros adquiere un significado que le da a nuestra vida una dimensión misionera. Aquí vemos como el discípulo es llamado a ser misionero, cuando Jesús nos dice: “el que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a aquel que me envió” (Mt. 10, 40). Comprender esta dimensión de la vida cristiana, que no es solo algo personal sino un testimonio de la presencia de Jesucristo, es la madurez del discípulo. ¿Comprendemos esto? O, nuestra pertenencia y diálogo con Jesucristo queda en el ámbito privado o de lo secundario, es decir, no es algo que ha calado hondo y define una vida. Frente a la persona de Jesucristo y a la radicalidad del llamado a su seguimiento se juega la opción más importante de una vida. Pido al Señor que sepamos ver y decidirnos frente a esta opción.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
24 de junio de 2017 - La confianza en Dios PDF Imprimir E-mail

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LA CONFIANZA EN DIOS

El evangelio de este domingo comienza con una frase que habla de una actitud de nuestra fe, y que está llamada a vivirse en este mundo: “No teman a los hombres” (Mt. 10, 26). No se trata de la seguridad de quien se siente fuerte y se prepara para una guerra, sino de la certeza de que Dios es un Padre providente que no olvida ni abandona a sus hijos. La fe nos da una profunda autoestima que se basa en la conciencia de nuestra dignidad de sabernos hijos de Dios. Esta es la fuente de nuestra seguridad. El que nos dice esto es Jesucristo, y es él quien nos anima a no temer. Vivir en la confianza de Dios es propio de esa sabiduría que nace de la fe y nos hace libres. Me viene a la memoria la oración por la Patria que tanto rezamos: “Danos la valentía de la libertad de los hijos de Dios”.

Es esta confianza la que nos da la fuerza para vivir y anunciar el Evangelio. Es más, diría que la confianza en Dios es fuente y signo de una vida apostólica comprometida. Por momentos pienso que la falta de entusiasmo apostólico en la Iglesia se debe a que referimos todo a nuestras fuerzas e intereses, y luego ponemos la confianza en Dios. Deberíamos empezar al revés, lo primero es Dios en quien pongo mi confianza y luego valorar el alcance e importancia de los instrumentos que necesitamos. La primacía la tiene Dios. Después de hablarnos del cuidado que Dios tiene por la naturaleza, Jesús concluye: “No teman entonces, porque (ustedes) valen más que muchos pájaros” (Mt. 10, 31).

Esta libertad y fuerza que nos da la confianza en Dios para asumir nuestra vida y predicar el evangelio, incluso en la adversidad, es para Jesucristo la presencia del Espíritu Santo en nosotros que lo compromete y lo lleva a decir: “Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, Yo lo reconoceré anta mi Padre que está en el cielo” (Mt. 10. 32). En lo cotidiano de la historia ya vivimos lo definitivo de nuestra vocación trascendente. Hay una sola vida en dos actos. Es bueno, en este sentido, recordar el testimonio que dieron los apóstoles ante la prohibición que le habían impuesto de predicar a Jesucristo, vemos en ellos la fuerza de esta confianza en Dios que los lleva a declarar: “Pedro, junto con los Apóstoles, respondió: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hech. 5, 29).

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
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