Desde el Evangelio
23 de septiembre de 2017 - Justicia y misericordia PDF Imprimir E-mail

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JUSTICIA Y MISERICORDIA

El evangelio de este domingo nos presenta una situación difícil de comprender desde la perspectiva de una justicia de retribución equitativa, es decir, en este caso, pagar de acuerdo al tiempo trabajado. Jesús no entra en esta lógica, tampoco la niega, él se ubica en otro nivel, en el nivel de la misericordia que no es respuesta, ni se puede medir por criterios de una relación contractual, sino que tiene la lógica de la gratuidad, del don. Recordemos, el texto, el Señor envía a trabajar a su viña a diversos trabajadores y en distintos horarios, y a todos al final de la jornada les paga lo mismo, y concluye diciendo: “Por qué tomas a mal que yo sea bueno” (Mt. 20, 15).

Es importante recordar que el acuerdo que tuvo con los primeros fue distinto al que hizo con los demás. A los primeros les prometió un denario y cumplió; a los otros no les prometió un pago fijo, solo les dijo que vayan a trabajar a su viña. Por ello, podemos decir, que fue justo con quién hizo un arreglo, los primeros, como con quienes no había hecho ningún trato entre el trabajo y el salario. La fuerza de la parábola está en la actitud del Señor que no está condicionada por un acuerdo bilateral, que es lo propio de una justicia de retribución equitativa, sino por la misericordia que es un una actitud de amor que trasciende el límite de la justicia sin negarla. No se puede contraponer justicia y misericordia, pero tampoco igualarlas.

Este evangelio nos puede ayudar a revisar nuestras relaciones y a preguntarnos si sólo actuamos con el parámetro de la justicia, o si estamos dispuestos a dar ese salto cualitativo de la misericordia. El primero tiene algo contractual que se maneja con las matemáticas, el segundo nos habla, en cambio, de movernos con otras categorías propias del amor que busca el bien del otro, especialmente de quien está más necesitado. Aquí se nos presenta la caridad como un amor desinteresado y creativo, y que es participación de esa actitud del Señor que no depende de la obra que el otro realiza, sino que es expresión de un amor que no espera recompensa.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
16 de septiembre de 2017 - El perdón, como principio de una vida nueva PDF Imprimir E-mail

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EL PERDÓN, COMO PRINCIPIO DE UNA VIDA NUEVA

Uno de los temas centrales de la enseñanza de Jesús es el tema del perdón. A la pregunta de Pedro: “Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano?" (Mt. 18, 21), la respuesta del Señor no es cuantitativa, tal vez era lo que esperaba Pedro, por el contrario, el perdón, le dice, no debe tener límites, siempre, es la respuesta de Jesús. Esto nos habla del inicio de una vida nueva, que sin negar el valor de la justicia en su justa proporcionalidad, nos abre un camino capaz de sanar heridas y reconstruir relaciones en base a la verdad y el amor, que son la fuente de una vida nueva del Evangelio de la gracia. Insisto, esto no niega el plano de la justicia, pero no se ata a él, diría que la supone pero tiene un horizonte que la trasciende y al que somos llamados. El perdón no es impunidad.

El perdón es gracia, porque tiene su fuente en la Pascua de Cristo que ha reconciliado a Dios con el hombre y a los hombres entre sí. Es útil recordar a san Pablo cuando nos dice: “El que vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente. Y todo esto procede de Dios, que nos reconcilió con él por intermedio de Cristo” (2 Cor. 5, 17-19). Por ello, el perdón no se puede imponer como una ley, sino que es una invitación a participar de esa vida nueva que tiene su fuente en Cristo y se nos comunica como gracia. No es posible vivir la exigencia del perdón, de la que nos habla el Evangelio, sino comenzamos por vivir la novedad de Jesucristo en nuestra vida. En este sentido debemos decir que el obrar cristiano sigue al ser cristiano.

La conciencia de haber sido perdonado es la que nos debe llevar a perdonar. Esto lo vemos en la parábola del servidor que pide ser perdonado y no es capaz de perdonar. Conocemos la indignación del Señor: “¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?" (Mt. 18, 32). Sin conciencia de haber sido perdonados, es difícil comprender el Evangelio del perdón como gracia, nos seguimos moviendo en el plano correcto de la justicia, que tiene su valor pero su límite. El perdón, como gracia, no depende de la ofensa sino de la presencia viva de Jesucristo, que nos abre al camino creativo de una vida nueva.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
09 de septiembre de 2017 - La corrección fraterna PDF Imprimir E-mail

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LA CORRECCIÓN FRATERNA

Este domingo Jesús nos propone el tema de la corrección fraterna. Se trata de una de las enseñanzas que es expresión de una vida cristiana madura, es decir, que ha comprendido y vive la exigencia de la fe en la caridad. El texto nos dice: “Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha habrás ganado a tu hermano” (Mt. 18, 15). Ante todo nos habla del otro como hermano, esto ya nos ubica en un plano de fe donde Dios es Padre de todos. De ahí surge que el primer precepto de la moral social es: “todo hombre es mi hermano”. Sobre esta base de fe que tiene un alcance universal debemos acercarnos, con mayor exigencia diría, a ver nuestras relaciones con esos hermanos con quienes formamos una misma comunidad. Pero no podemos, por lo dicho, reducir la exigencia de corrección del evangelio solo a mis hermanos de comunidad.

La enseñanza de Jesús es realista, nos habla de una comunidad concreta donde existe el pecado y los conflictos. ¿Qué hacer frente a ellos? En primer lugar no negarlos, tampoco sentirnos ajenos, Jesús nos habla de una actitud que implica involucrarme en la vida de mi hermano, pero no de cualquier manera. Ello tiene sus exigencias, no somos jueces sino hermanos que nos debemos ayudar a crecer en la verdad y el amor. Esto significa una actitud de humildad en la que nos reconocemos también frágiles, antes de decir una palabra de corrección, es decir, no sentirnos superiores frente a quien queremos ayudar con una palabra de corrección, sino hermano. Este es el camino y la fuerza del evangelio que nos hace crecer en nuestras relaciones y en la vida de la comunidad cristiana.

El Señor va a concluir esta enseñanza con una referencia a la oración que no es un agregado, sino la certeza de su presencia en medio de la comunidad a la que la acompaña: “También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo mi Padre se lo concederá. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, yo estoy presente en medio de ellos” (Mt. 18, 19-20). Esto refuerza la conciencia de que la “comunidad orante” es el lugar privilegiado de la presencia el Señor, a quienes les ha prometido estar siempre. Oración, corrección fraterna y reconciliación son los pasos seguros del Evangelio porque el Señor está comprometido. En esto se manifiesta el nivel de una vida cristiana.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
02 de septiembre de 2017 - Mes de la Biblia PDF Imprimir E-mail

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MES DE LA BIBLIA

Celebramos el Mes de la Biblia. Estamos ante un Libro que reconoce autores humanos, pero que nos pone en contacto con un acontecimiento que tiene a Dios por autor principal. No estamos ante un libro que nos habla de Dios, sino ante un Libro que es la voz de Dios. Es Dios el que habla. Ello hace de la Biblia el primer lugar de encuentro con Dios, nos habla del camino de Dios hacia el hombre que ha creado y a quien le ha enviado a su Hijo, Jesucristo. A esta realidad que nos narra la Biblia la llamamos la Historia de la Salvación, porque tiene a Dios por autor y al hombre como destinatario. Esto le da a toda la Biblia una profunda unidad, que san Agustín la expresa diciendo: “El Nuevo Testamento está escondido en el Antiguo y el Antiguo es manifiesto en el Nuevo”.

¿Cómo leer la Biblia, entonces? Esta pregunta es esencial, porque va ir determinando una espiritualidad bíblica que nos dispone a un encuentro personal y fecundo con ella. No es un libro más. La Palabra de Dios necesita de una actitud de escucha, por ello es útil recordar algunos pasajes de la misma Escritura que nos enseñan esta actitud: “Habla, Señor, porque tu siervo escucha” (1 Sam. 3, 10), es el testimonio siempre actual de quien la recibe con un corazón abierto. La escucha se nutre del silencio. Respecto a la unidad de los dos Testamentos creo que el mejor intérprete es el mismo Jesús cuando, en el diálogo con los discípulos de Emaús, les explicaba los acontecimientos sucedidos desde una lectura completa de la Historia de la Salvación, y ellos se decían: “¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lc. 24, 32). Es la misma Biblia la que nos enseña a ser lectores de su contenido y de su sabiduría salvífica.

No es el momento para detenernos en una explicación de la Lectio divina, con sus momentos de “lectura, meditación, oración y contemplación”, pero sí para tomar conciencia de que estamos ante un acontecimiento de la Historia de la Salvación que nos tiene como destinatarios e interpela, y que nos quiere hacer testigos y misioneros de su verdad para todos los hombres. La Palabra de Dios no podemos “privatizarlo”, ella está dicha para todos, y tiene desde Cristo un horizonte de universalidad.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
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