Homilías
Mons. Arancedo - 15 de diciembre – Iglesia Catedral Metropolitana PDF Imprimir E-mail

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Arancedo 50anios pbro1HOMILÍA 50º ANIVERSARIO ORDENACIÓN PRESBITERAL

Queridos hermanos:

Ante todo quiero agradecer la presencia de ustedes que han venido a participar de esta eucaristía y que mucho valoro. Son diversas las circunstancias, acontecimientos y personas que me han ayudado a ir tejiendo esta historia de 50 años de sacerdote. Pero considero que no es el momento de detenerme en lo particular de esta historia, aunque en cada uno de esos momentos, personas y relaciones viví lo único y trascendente de mi vida sacerdotal. Sería injusto nos hacer memoria agradecida en primer lugar a mi familia, siguiendo por mi parroquia en Temperley con sus años de vida apostólica y ámbito donde fui descubriendo mi vocación, luego vendrá el Seminario con su superiores y compañeros, finalmente las diversas tareas y destinos pastorales, concluyendo con la etapa del episcopado sea en Lomas de Zamora, Mar del Plata y hoy en la amada Arquidiócesis de Santa Fe de la Vera Cruz a la que sirvo desde hace 14 años. Todo ello está presente hoy en mi corazón en esta Misa de Acción de Gracias al Señor. A ellos les debo mucho.

Con todo, me pareció más oportuno en este día dar testimonio de algunas certezas teológicas y espirituales que hoy reconozco en mi vida sacerdotal. Como les decía el otro día a los seminaristas, si volviera a tener que definir mi vida, volvería a ser sacerdote. No me entiendo fuera de este camino que es y fue la conciencia viva de mi vocación que, con el tiempo y a pesar de las dificultades y fracasos, se fue acrecentando. Esta conciencia de mi pequeñez real, y no retórica de mis límites, siempre me ha llevado a comprender la verdad de la experiencia del apóstol cuando afirma: “Pero nosotros llevamos ese tesoro en recipientes de barro” (2 Cor. 4, 7). Lo importante, lo que ha dado sentido a mi vida, es haber tomado conciencia de que la verdad de mi sacerdocio era haber encontrado ese tesoro que fue el que me dio la luz, la fuerza y la gracia para dejar otras cosas posibles y buenas, pero también para agradecerlo y cuidarlo como un don recibido. La renuncia no es lo primero, es el tesoro el que da sentido a la renuncia que ello implica. También, y como gracia y envío de la vocación, saber que ese tesoro no era solo para mí, sino para los demás, del cual yo no era dueño sino sólo ministro y pastor.

Creo, además, que me ha acompañado una conciencia de la dimensión escatológica de la fe, de la trascendencia, de la vida eterna que nos da, junto al compromiso con la historia que nos toca vivir, esa sana distancia frente a las cosas y al espacio concreto de este mundo grandioso pero pasajero. Para el tiempo de la fe lo importante siempre está por venir, y es objeto de una esperanza que sostiene, preserva y da sentido a lo contingente de esta vida. En esta línea me hizo mucho bien la lectura reciente, de la Carta Encíclica de Benedicto XVI Spe Salvi, salvados en la esperanza. Cuando el misterio de la fe en su totalidad dinámica deja de iluminar nuestra vocación todo se hace más difícil y la esperanza como la alegría van perdiendo su sustento. No podría explicarme como sacerdote, si no es desde la fe que siempre será: “la garantía de los bienes que se esperan, y la plena certeza de las realidades que no se ven” (Heb. 11, 1).

En este marco de fe la imagen de Dios como Padre providente, que no se desentiende de sus hijos, también la considero como una idea fuerza en mi vida sacerdotal. Él ha sido el que me ha elegido y no me ha abandonado. Al llegar a este punto no pude dejar de recordar algo que ya les he comentado en algunas oportunidades, pero que volvieron a mi memoria al escribir estas reflexiones. Tiene como autor al Cardenal Pironio cuando él cumplió sus 50 años de sacerdote y yo era obispo de Mar del Plata. Lo invité a celebrarlos en la que había sido su diócesis. Traté al principio de la Misa de homenajearlo destacando su figura, virtudes y fidelidad sacerdotal. Luego, cuando él me responde, me dice y le dice a la comunidad: “no he venido a celebrar mi fidelidad sino la fidelidad de Dios, él ha sido fiel conmigo”. Conociéndolo, sus palabras y testimonio ahondaron en mí la imagen de un Dios que es Padre, Creador y Providente que siempre está presente; como así también, el sentido del don y la gratuidad que hacen a la esencia de la fe cristiana.

En este breve recorrido de mis certezas espirituales que han dado sentido a mi vida sacerdotal, ocupa un lugar central la figura de Jesucristo. No solo como: “iniciador y consumador de nuestra fe” (Heb. 12, 2), sino, y principalmente, como el Buen Pastor, imagen del Padre, que desde mi ingreso al Seminario fue modelando idealmente mi vida sacerdotal. Diría que en esta imagen he encontrado un camino que dio gozo y plenitud a mi sacerdocio. Soy consciente de que, como todo ideal, nunca es plenamente logrado y más en este caso, pero sí que era algo real, no una utopía, tenía raíces en la persona y en la Pascua de Cristo que me daban certeza, serenidad y paz, y lo vivía como signo de la presencia del Espíritu.

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Tal vez, como hijo de la época del Concilio Vaticano II, la figura del beato Pablo VI fue una referencia eclesial en el modo de vivir esos tiempos. Hombre profundamente de Iglesia y de diálogo con el mundo. De él siempre he recordado, porque me hizo mucho bien, las palabras que le dirigió a los Padres del Concilio en la apertura de la segunda sesión, y que me permito recordarlas en este día: “Cristo, nuestro principio, nuestra vida y nuestro guía. Cristo nuestra esperanza y nuestro término… Que ninguna otra verdad atraiga nuestra mente fuera de las palabras del Señor, Único Maestro. Que no tengamos otra aspiración que la de serle absolutamente fieles. Que ninguna otra esperanza nos sostenga, si no es aquella que, mediante su palabra, conforta nuestra debilidad”. La centralidad de Cristo, el Buen Pastor ha sido, por el don de su Espíritu y en la vida de la Iglesia, una de las certezas en mi camino y vida sacerdotal.

Finalmente otra vivencia que ha guiado y ha dado sostén a mi vida sacerdotal es la Iglesia. Vuelvo a decir con la simpleza de la fe recibida en el bautismo, creo en la Iglesia, que es Una, Santa, Católica y Apostólica. No es un agregado a la fe en Jesucristo sino su esposa y camino sacramental en la historia. Ella fue mi casa, es parte de mi fe con su rostro humano y divino, no siempre luminoso, así la he conocido y así la he amado. Aunque por momentos me ha costado, no me he sentido capaz de criticarla, era parte de mi vida, ni de apartarme de su comunión jerárquica, no tendría otro lugar donde vivir. Esto lo considero una gracia que tiene su fuente en el amor misericordioso de Dios. Ella me dio libertad en el marco de la obediencia. No sería un hijo agradecido, al celebrar este aniversario, si no doy testimonio de lo que ella ha sido como madre y espacio de mi realización humana y espiritual. Ella me enseñó, diría, a no ser demandante, a salir de mi pequeño mundo para ver más lejos con su mirada y con su palabra de envío misionero, que me abrieron a un horizonte liberador que camina con el gozo de la esperanza hacia la Patria Celestial.

También, y como un eco de la oración de Jesús al Padre por la unidad, que la tomé como lema episcopal: “ut omnes unum sint” (Jn. 17, 21), ella me enseñó a ver el significado de la comunión como un signo de la presencia del Espíritu. Sin negar la diversidad que la enriquece, la vida de comunión en la Iglesia creo haberla vivido como camino y anticipo del Reino. Es una comunión aún no plena en el tiempo, la vamos construyendo, es tarea que nos compromete y define como Iglesia. Al mismo tiempo, esta misma comunión es fuente y ámbito del mandato misionero del Señor. No es posible separar comunión y misión. La comunión es para la misión y la misión se nutre de la comunión. ¡Cuántas veces la debilidad misionera en la Iglesia es una debilidad en su vida comunión!

En este sentido, y en un mundo tan necesitado de una Iglesia viva, consciente de su origen divino y enviada a la misión, considero providencial el llamado que nos hace Francisco a ser una Iglesia que, viviendo la comunión, esté siempre en salida: “La Iglesia en salida, nos dice, es la comunidad de discípulos misioneros que primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifican y festejan” (E.G. 24). Comprender y asumir este mensaje es principio de conversión personal, de renovación eclesial y exigencia de una fe auténtica que se apoya en Jesucristo.

Queridos amigos, nuevamente gracias por su presencia como, la de aquellos que no han podido venir y me han hecho llegar sus oraciones en este día. He deseado testimoniar algunas razones o ideas que me acompañaron en estos 50 años de mi vida sacerdotal. Pongo a los pies de Nuestra Madre, Nuestra Señora de Guadalupe, mi sacerdocio y los encomiendo a ustedes para que vivan la alegría y la esperanza de la fe que hemos conocido en Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

Mons. JOSÉ MARÍA ARANCEDO - Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
CORPUS CHRISTI - Homilía - Catedral Metropolitana - 17 de junio de 2017 PDF Imprimir E-mail

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Homilía - Catedral Metropolitana - 17 de junio de 2017

Queridos hermanos:
Nos hemos reunido para celebrar con gozo y gratitud en este día la presencia de Jesucristo en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía. Nuestra presencia es una respuesta, es un sí de fe y de amor a quién ha venido para darnos su vida, para quedarse con nosotros y caminar juntos. ¡Cuántos signos de fe y de conversión vemos en nuestra gente, especialmente en los jóvenes, frente a la presencia de Jesús en la Eucaristía! Así quiso quedarse, así lo reconocemos y adoramos. Él es nuestra riqueza y nuestra identidad Católica. Parecería que a esta realidad tan honda, tan permanente y cercana la vamos descubriendo de una manera nueva. Me atrevería a decir que el despertar de la devoción eucarística se nos presenta hoy como un signo de nuestro tiempo. En ella, la dimensión religiosa del hombre encuentra una verdad que buscaba.

Este año queremos decirle: Jesús, alimenta nuestra esperanza. En este lema, al tiempo que expresamos nuestra fe en su presencia, reconocemos nuestra condición de criaturas con su dignidad y grandeza, pero también con su fragilidad y necesidad de ser acompañada. Vivir con fe esta realidad de nuestro caminar es un signo de sabiduría, es un don del Espíritu, que nos introduce en la verdad profunda de lo que somos. Es volver a decirle con los primeros discípulos en el camino de Emaús: “Señor, quédate con nosotros”, (Lc. 24, 29), te necesitamos. Con ello reconocemos nuestra condición de peregrinos, pero lo hacemos con la certeza de seguir un camino que Él ya ha abierto con su Pascua y lo sigue haciendo junto a nosotros. Él nos precede, no caminamos solos. Esta es nuestra alegría y nuestra confianza que hoy nos ha congregado como Iglesia.

corpus2017 01La adoración eucarística nos debe llevar a una participación más plena en la celebración de la Santa Misa. Esta verdad san Pablo nos la presenta a modo de una pregunta, cuando nos dice: Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? (1 Cor. 10, 16); nos habla de ella como alimento, por ser “fuente y cumbre” de la vida cristiana (L.G. 11). Ella es el “pan del peregrino”. Una espiritualidad eucarística debe motivar, por ello, el deseo a una participación más plena y comprometida con el Cuerpo de Cristo. No estamos ante un objeto religioso a contemplar, sino ante la presencia viva de Cristo que nos llama y nos quiere hacer partícipes de su Vida, para hacernos testigos y piedras vivas de su Iglesia. Hay una decisión que él espera de nosotros, esta decisión es una gracia que debemos pedir, pero es nuestra, depende de nuestra libertad: “Yo estoy junto a la puerta y llamo, hoy nos sigue diciendo, si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos” (Ap. 3, 20). ¡Señor, dame la gracia de comprender el significado y lugar de tu presencia, que me permita escuchar y hacer realidad este llamado en la participación de la Misa dominical en nuestras comunidades! Sé que ahí estás y ahí me esperas, Señor.

La fe cristiana tiene, además, un horizonte universal que no es proselitismo, sino testimonio de una presencia que, respetando nuestra libertad, nos presenta un camino que nos mueve a seguirlo por atracción de su verdad, bondad y belleza. Esto aleja a la fe de todo fanatismo que comprometa la libertad del hombre. Al hablarnos de la Eucaristía Jesús nos muestra esta universalidad, diciéndonos: “y el pan que yo les daré es mi carne para la Vida del mundo” (Jn. 6, 51), es decir, nos es solo para mí, es para la Vida del mundo. Ello nos debe llevar a preguntarnos si mi participación en la eucaristía tiene este alcance que Jesús le da a su presencia como enviado del Padre para todos, o queda solo como una buena práctica religiosa personal, pero sin la apertura a ese horizonte del que nos habla Jesús. Participar en la Santa Misa, celebrar la Eucaristía, es asumir, por ello, un compromiso con el proyecto de Jesucristo que nos define como “discípulos y misioneros” de su presencia en el mundo.

Queridos hermanos, deseo concluir estas palabras recordando la oración que elevamos como Iglesia en Argentina al celebrar el Congreso Eucarístico Nacional en Tucumán: Jesucristo, Señor de la historia te necesitamos. Tú eres el Pan de Vida para nuestro pueblo peregrino. Conscientes de tu presencia real en el Santísimo Sacramento te alabamos y adoramos, te celebramos y proclamamos, te recibimos y compartimos. Que María Santísima, Nuestra Madre de Guadalupe, nos acompañe y oriente nuestra mirada a su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo. Amén.

Mons. JOSÉ MARÍA ARANCEDO
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
Catedral Metropolitana - 25 de Mayo 2017 PDF Imprimir E-mail

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Mons.Arancedo43INVOCACIÓN RELIGIOSA - TE DEUM

Celebrar la gesta del 25 de Mayo de 1810 es recordar y sentirnos parte de una historia que no es nostalgia del pasado, sino responsabilidad de ciudadanos libres para proyectar su futuro. Es memoria agradecida que nos compromete y nos debe llevar a asumir el presente desde un futuro que nos pertenece y desafía en la esperanza. La esperanza no es una virtud pasiva, no es esperar que las cosas cambien, tampoco es algo voluntarista. El hombre de esperanza es alguien que se compromete para que las cosas cambien. Toda celebración auténtica y fecunda es una mirada agradecida que sabe unir desde el presente, el pasado y el futuro, en su dinámica creativa. No es anclarse en el pasado ni soñar un futuro si raíces. El hombre de esperanza no es individualista, sabe que es parte de un nosotros que le da identidad. La Patria es el nosotros que hoy celebramos.

En este marco celebrativo del 25 de Mayo, donde pueblo y dirigentes son llamados a encontrarse como miembros de una misma comunidad, hemos venido a elevar una oración a Dios a quien reconocemos como Creador. La oración no es algo mágico. Dios ha creado hombres libres y responsables, dotados de inteligencia, voluntad y sentimientos, y le ha confiado el manejo de las cosas temporales en su justa autonomía. La oración no nos exime de nuestra responsabilidad, la supone y exige. Invocar a Dios es un acto de sabiduría y confianza en Dios, como de reconocimiento de nuestra dignidad de criaturas con su grandeza y límites. No somos dioses, el hombre no se crea a sí mismo, pero somos protagonistas responsables de la creación recibida. Dios no es ajeno a la vida del hombre.

Lo que guía a la esperanza de un pueblo es tener un ideal, un proyecto que incluya a todos, pero necesita ir acompañado de valores que lo sostengan y que se encuentren, además, encarnados en testimonios de ejemplaridad. En toda cuestión humana la referencia a la vida moral no es un agregado yuxtapuesto sin mayor importancia, sino una exigencia que hace a la verdad y da credibilidad a la palabra dada que nos permite confiar. La esperanza necesita de la confianza. ¡Qué bueno es ser confiable para mi hermano!

Cuando hablamos de crisis de confianza, hablamos de algo grave, diría de una enfermedad que va debilitando la vida cívica y social. La falta de confianza compromete seriamente el crecimiento y la equidad de un pueblo. Esta dimensión ética y moral, tanto en la vida del dirigente como del ciudadano, es parte esencial del compromiso que debemos renovar y asumir al celebrar un nuevo aniversario de nuestra Patria. Argentina necesita encontrar en sus hijos la sabiduría de diálogo y la capacidad de encuentro, pero también el valor de una vida virtuosa que traduzca a los valores en acciones y hábitos personales y sociales. No alcanza con proclamar valores, si éstos no llegan a arraigar en el corazón del hombre.

Señor, desde nuestra amada ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz, cuna de la Constitución Nacional, queremos reconocerte una vez más como “fuente de toda razón y justicia”, y decidirnos a ser “una nación cuya identidad sea la pasión por la verdad y el compromiso por el bien común…. sin excluir a nadie, privilegiando a los pobres y perdonando a los que nos ofenden, aborreciendo el odio y construyendo la paz”. Amén.

Mons. JOSÉ MARÍA ARANCEDO
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
Fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe PDF Imprimir E-mail

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Homilía - 30 de abril de 2017

Cada año nos convoca la Fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe para renovar nuestra devoción filial a María. Es una devoción que reconoce su origen en un acto de amor a nuestra Madre. La Iglesia vio en ese pequeño hecho religioso de nuestra historia un camino de Dios, que en su providencia había querido mostrarnos en María un lugar de encuentro con su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo. Así lo consideró nuestro primer obispo, Mons. Agustín Boneo, cuando al llegar a Santa Fe se encontró con esta devoción, ya centenaria, que llamó su atención por la afluencia de fieles y la sólida devoción que despertaba. Valoró el hecho, y luego la proclamó Patrona de la nueva diócesis. María, podemos decir, se dejó encontrar en la simple devoción de un ermitaño y en una imagen que sigue siendo un signo silencioso y elocuente de la providencia de Dios. Así nació y sigue creciendo Guadalupe, como lugar de piedad, de encuentro y de amor de los santafesinos a la Santísima Virgen.

guadalupe 2017

En el marco celebrativo de su Fiesta nos hace bien volver a escuchar aquellas palabras que Mons. Boneo les dijo a los primeros peregrinos, para que ellos, a su vez, las trasmitan a sus familias y vecinos: “Decidles que en nuestra querida Santa Fe, no lejos de sus puertas, existe un humilde Santuario, una célebre ermita consagrada a la Santísima Virgen de Guadalupe… Decidles que de hoy en adelante, este será el sitio privilegiado a donde se darán cita la piedad de los santafesinos y el amor a su excelsa Madre”. Esto hoy lo quiero testimoniar y trasmitir a las futuras generaciones que peregrinen a este Santuario. La devoción a Guadalupe tiene una raíz histórica, religiosa y eclesial. Sepamos vivir y comunicar este de acto de fe y de amor a María, nuestra Madre.

La presencia de ustedes, queridos peregrinos, es un claro testimonio de lo que ella misma nos adelantó proféticamente en su Magnificat cuando exclamó con gozo: “En adelante todas las generaciones me llamará feliz” (Lc. 1, 48). Sí, hoy, con el amor de hijos te llamamos nuevamente feliz por tu “fiat”, por el sí que le diste al Señor. Te llamamos feliz por tu fidelidad que sostuvo nuestra esperanza al pie de la Cruz, y por tu presencia junto a los apóstoles en el camino de Pentecostés. Te llamamos feliz porque has acompañado nuestra fe y has sido una referencia de esperanza en momentos de dificultad. Te hemos traído nuestras alegrías pero también nuestras tristezas con la confianza de hijos, porque sabemos que no caminamos solos, que sigues siendo fiel al pedido que te hiciera tu Hijo.

Este año, al celebrar la 118° Peregrinación Arquidiocesana, venimos a renovar un pedido: Madre de la Esperanza, que Jesús sea nuestra Buena Noticia. Este lema expresa nuestra mejor oración, la que Tú esperas de cada uno de nosotros como madre, que te pidamos que tu Hijo sea: “nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida” (Jn. 14, 6). Jesucristo es la Buena Noticia para el hombre amado por Dios, y para quién él le ha dejado el Evangelio de la “gracia y de la vida, de la verdad y el amor, de la justica y la paz”. Esto le pedimos hoy a María, que su Hijo sea nuestra Buena Noticia para que vivamos la “alegría del Evangelio”, y seamos testigos de su presencia ante nuestros hermanos. En este camino de fe María es un lugar privilegiado de encuentro con Jesucristo.

¡Necesitamos a Jesucristo! ¡Qué importante es reconocer nuestra fragilidad, pero también saber dónde está la fuente de nuestra fortaleza! Este es el anuncio central de la Iglesia: Jesucristo. Él es el camino y la garantía de nuestra esperanza. Solo en él se ilumina y se esclarece el misterio de la vida del hombre (G. S. 22). El encuentro con Cristo es luz que orienta y da fuerza a nuestro peregrinar. Volver nuestra mirada a él es siempre comienzo de una vida a la que estamos llamados como hijos de Dios. Por ello, cuando anunciamos a Jesucristo damos al hombre la mayor respuesta a su vocación, aquella que da sentido y alegría a su vida. Vivir y predicar este mensaje es el mejor regalo a María.

En este contexto de oración e intimidad con nuestra Madre los invito a mirar con ojos de fe y esperanza la realidad de nuestra amada Patria. En un país bendecido por Dios y dotado de tantas riquezas y posibilidades que es motivo de constante gratitud, sin embargo, debemos lamentar circunstancias que debilitan nuestra amistad social. Es un obstáculo esa dificultad de encontrarnos desde la diversidad. Nos hemos acostumbrado a una cultura del enfrentamiento y la ruptura que nos aleja de esos espacios de encuentro tan necesarios para generar proyectos de crecimiento y equidad social. La cultura del encuentro necesita del diálogo y el respeto, de la responsabilidad y la solidaridad, especialmente de la clase dirigente en el marco institucional del Estado, como expresión de la democracia al servicio del bien común. La calidad institucional es, como dijimos, el camino más seguro para lograr la inclusión social (CEA. Hacia un Bicentenario, n° 35).

Tampoco podemos en este marco de fe en un Dios que es Padre de todos, dejar de mirar las heridas de tantos hermanos que son víctimas de la pobreza, el crimen del narcotráfico, la violencia, especialmente a la mujer. La crisis argentina tiene su raíz en conductas que se han desvinculado de la exigencia moral de los valores. La conciencia como regla suprema del obrar parecería que se ha adormecido, la hemos adormecido. El dinero, el poder y el éxito a cualquier precio han ocupado un lugar en la escala de los intereses individuales o grupales, que han desplazado a la verdad y devaluado el valor de la palabra. Cuando la deshonestidad y la impunidad avanzan el cuerpo social se debilita. Argentina necesita volver su mirada a Dios como fundamento del orden moral, que es “fuente de toda razón y justicia”. Elevemos nuestra oración a María, Madre de la Esperanza, por nuestra amada Patria.

Queridos hermanos, como todos los años les voy a ser entrega por decanatos al finalizar la Santa Misa, de una imagen de Nuestra Señora de Guadalupe, “patrona y misionera de Santa Fe”, para continuar el camino de nuestra Misión Arquidiocesana. María los espera para llevar el evangelio de su Hijo a todos nuestros hermanos. Qué bueno que Ella encuentre entre ustedes generosos misioneros, que desde sus parroquias, capillas, movimientos e instituciones le digan un sí a esta convocatoria que les hago, como Padre y Pastor, en nombre de la Iglesia. Que María Santísima, nuestra Madre de Guadalupe los acompañe en el regreso a sus casas y a lo largo de todo este año. Amén.

Mons. JOSÉ MARÍA ARANCEDO
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
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