Homilía Misa Crismal 2014 PDF Imprimir E-mail

Compartir

MISA CRISMAL 2014

Homilía

Queridos hermanos:

La celebración de la Misa Crismal es un momento importante en la vida de la Iglesia diocesana y de su presbiterio, donde expresamos nuestra comunión y somos invitados a renovar la gracia del sacerdocio recibido al servicio del Pueblo de Dios. Iglesia Particular, Presbiterio y Pueblo de Dios, configuran una realidad teológica, espiritual y pastoral.

Esta afirmación requiere de una mirada de fe sobre nuestra vida y ministerio.Antes que hacer cosas somos sacerdotes, es decir, llamados a participar en el sacerdocio de Jesucristo y ser signos vivos del Buen Pastor. Siempre es bueno recordar, además, que toda verdad de fe vivida en el tiempo está en camino hacia su plenitud escatológica. Es en este marco donde alcanza su pleno sentido la vida cristiana, como lo definitivo de nuestra vocación sacerdotal. ¡Señor, que hoy renovemos con gozo la verdad de este don recibido que es nuestra mayor riqueza!

 

Ser partícipes de un modo personal del sacerdocio de Jesucristo compromete un estilo de vida totalizante: ya no hay nada en mí que no le pertenezca. Esto no significa unificar o desconocer las diversidades que cada uno posee, sino que toda nuestra vida al ser asumida en Cristo está orientada a su misma finalidad, que es la gloria del Padre y la salvación de los hombres. El sacramento del Orden no nos da un ministerio más, nos hace partícipes personales del sacerdocio de Jesucristo. Por ello, un signo de madurez del pastor es la identificación de su vida con su misión. Volver nuestra mirada a estas cosas simples es el mejor modo de renovar lo que un día aconteció en nosotros. Siempre estamos en camino hacia esa gozosa “espera del domingo sin ocaso”, que ya vivimos en la fe como “esperanza de salvación” (Rom. 8, 24). Esta realidad adquiere para el sacerdote un significado personal y eclesial, en la imagen de Cristo esposo de la Iglesia.

 

Al escribir el Mensaje de Cuaresma, tomé como guía el texto de la carta de san Pablo a los Efesios en la que nos habla del amor de Cristo que: “quiso para sí una Iglesia resplandeciente, sin mancha ni arruga, sino santa e inmaculada” (Ef. 5, 27). Recuerdo que cuando lo escribía pensé en mí como obispo, pero también en ustedes, mis queridos sacerdotes. Sabemos que el sacerdocio no es un honor en términos humanos sino un servicio a la Iglesia, que lo llevó a Cristo a “entregarse por ella” (Ef. 5, 25). ¡Con cuánta humildad y entrega debemos vivir nuestro actuar en la persona de Cristo! La cruz no estuvo ausente en Él, no le tengamos miedo, sepamos asumirla y leer en ella el camino de nuestra purificación. A la cruz no se la explica, se la asume, y ella nos habla en su fecundo silencio que es camino de vida y conversión. ¡Señor, que podamos devolverle a la Iglesia con nuestras vidas y ministerio algo de aquella bella imagen paulina, cuando nos habla de una “Iglesia resplandeciente, santa e inmaculada”!

 

Este actuar “in persona Christi” encuentra un lugar destacado en la vida del presbiterio. En él también expresamos el signo de Cristo, el Buen Pastor. La vida del Presbiterio siempre debe estar presente como dimensión de nuestra vida sacerdotal, sea del clero diocesano como religioso. No se trata de algo operativo, sino de una realidad teológica, eclesial y pastoral, que debemos asumir como parte de nuestra espiritualidad. En un examen de conciencia nunca debería estar ausente la pregunta sobre el modo de mi presencia en el presbiterio, por ser ella una exigencia teológica y pastoral de mi “fraternidad sacramental”, en la que estoy llamado a vivir esa imagen de Iglesia que el Señor quiso para sí.

 

Uno de los reclamos que el Santo Padre nos hace en la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, es la necesidad de una Iglesia en clave misionera. Es más, la auténtica conversión pastoral en la Iglesia tiene que ser hecha, dice, desde su identidad misionera como signo de fidelidad a su vocación. Es en este contexto que nos habla con insistencia de una Iglesia en Salida, que la define como: “la comunidad de discípulos misioneros que primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifican y festejan” (E. G. 24). Cada palabra que utiliza define una actitud y un estilo eclesial. Imagina una Iglesia no a la espera sino que, como el Señor, toma la iniciativa. Es necesario, para ello, recobrar el entusiasmo del Espíritu que nos lleve a salir, a involucrarnos, acompañar y celebrar la obra de Dios. En este evangélico caminar, de pasos a veces pequeños, es donde el corazón del pastor crece y encuentra su verdadera alegría. Se trata de una “intimidad itinerante” con el Señor, que nos debe llevar a salir, a gastar nuestras vidas en el servicio pastoral.

 

Con cuánta gratitud debemos reconocer como pastores el trabajo de tantos laicos, religiosas, catequistas y docentes, ministros y diáconos que trabajan en áreas pastorales de nuestras comunidades y a nivel diocesano. Sepamos ser agradecidos. Ellos necesitan de nuestra palabra, nosotros de su presencia, oración y compromiso. Formar con ellos comunidades cordiales, celebrativas y misioneras será siempre nuestra primera tarea como pastores. La presencia y fuerza de la Iglesia va a depender de la vitalidad de nuestras comunidades. El evangelio necesita ciertamente del testimonio personal, pero también del testimonio de comunidades viva renovadas en el Espíritu del Señor.

 

Vivimos en una cultura individualista que nos aísla y nos puede hacer perder el entusiasmo misionero. La fe como disponibilidad eclesial se ha debilitado, ello puede encerrarnos en el pequeño mundo de nuestros intereses. No es lo propio del Pastor. La fe de un pastor necesita de un espíritu de austeridad y entrega que nos preserva de frágiles seguridades. La mundanidad es ajena a ese espíritu de estar en el mundo que habla el evangelio. Es buscar, nos diría Francisco: “en lugar de la gloria del Señor, la gloria humana y el bienestar personal” (E.G. 93). A esto nos ayuda el hábito del examen de conciencia y la dirección espiritual. Destaco la importancia de la Formación Permanente y valoro el deseo de varios sacerdotes de realizar los ejercicios espirituales de mes. Esto, que nos enriquece personalmente, eleva también la vida de nuestro presbiterio.

 

Queridos hermanos, agradezco la presencia de tantos fieles y comunidades que hoy acompañan a sus sacerdotes. Continúen cerca de ellos, trabajando con ellos. Esto es un signo eclesial del Espíritu. Aprovecho para recordarles que, como todos los años, retomaremos la Misión por Decanatos en la Fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, a la que desde ya los invito para iniciar juntos el camino de nuestra Misión Arquidiocesana. Creo que el impulso que el Santo Padre nos ha dado con la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, debe ser un estímulo que nos lleve a estudiarla y asumir con renovado entusiasmo este camino que es siempre nuevo y gozoso en la Iglesia. Pido al Señor, que nos ha llamado para hacernos partícipes de su misión en la Iglesia, sea la causa que da sentido y alegría a nuestras vidas.

 

Mons. José María Arancedo

Arzobispado de Santa Fe de la Vera Cruz

 

Misa Crismal Santa Fe de la Vera Cruz, 16 de Abril de 2014