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HOMILÍA ORDENACIONES SACERDOTALES

Basílica Ntra. Sra. de Guadalupe – Ciudad Sede

Solemnidad de San Jerónimo

30 de septiembre de 2014

Una ordenación sacerdotal es un momento de gracia y de gozo en la vida de la Iglesia. Asistimos a una acción del Espíritu Santo que, por la mediación apostólica del ministerio episcopal, continúa realizando en la Iglesia el proyecto salvífico de Dios. Vamos a ser testigos de esa historia personal del amor de Dios que en Jesucristo se hace sacramento en la vida de la Iglesia. ¡Danos, Señor, la luz de la fe para participar en este momento de gracia para nuestra Iglesia!

Como sucesor de los apóstoles voy a trasmitir a estos diáconos la gracia del orden sagrado que Jesucristo nos ha dejado: para gloria del Padre y al servicio de nuestros hermanos. Sólo a partir de Jesucristo y en el marco de la misión de la Iglesia, podemos comprender el significado de una ordenación sacerdotal. En Cristo, desde la Iglesia, y al servicio de nuestros hermanos, encontramos la fuente, el camino y la misión del sacerdote.

 

Cuando Cristian y Luciano se sintieron llamados a ingresar al Seminario para iniciar el camino de su vocación sacerdotal, su ideal era seguir a Jesucristo y en los términos en que él llamaba a sus discípulos. El proyecto y las condiciones las propone Jesucristo. Comprender esto es fundamental para discernir una vocación al sacerdocio. No se trata de seguir un proyecto personal o de elegir una carrera, sino de ver y contemplar a Jesucristo, de escucharlo a él. Es Él quien llama y es Él quién marca el estilo de vida.

 

Cuando partimos de Jesucristo la vocación y la vida del sacerdote adquiere todo su sentido y exigencia. Así, la vida de oración y la disponibilidad eclesial, la pobreza y la humildad, el celibato y la entrega para siempre, como el espíritu de servicio, de obediencia y de misión, surgen como una consecuencia lógica de seguir a Jesucristo. Es más, diría que en la paz y la alegría con que se asume este estilo de vida se manifiesta la auténtica respuesta movida por el Espíritu de Dios. Es Él quién llama y es él quién da su Espíritu. Queridos diáconos, mantengan siempre vivo el espíritu de este ideal de vida que conocieron en Jesucristo y al que han decidido seguir con la ayuda de su gracia.

 

Estamos en el ámbito del don, de lo que recibimos como gracia al servicio y misión en la Iglesia. Descubrirnos dentro del proyecto de Dios es vivir esa dimensión de plenitud escatológica propia de la fe, es decir, es reconocer que la verdad última de la vida cristiana, y de un modo especial en el sacerdote, está “oculta con Cristo en Dios” (Col. 3, 3). No vamos detrás de un éxito inmediato, hemos decidido seguir a Jesucristo. Esta vocación a la que hemos sido llamados está llamada a convertirse en una vida de amor y de entrega al servicio del Reino que debemos agradecer, pero que también debemos cuidar. Hay una responsabilidad personal en nuestro sí al llamado. Debemos dejarnos ayudar, en primer lugar por el mismo Señor.

Hoy, en la Fiesta de San Jerónimo, hemos leído la carta de san Pablo a Timoteo en la que le dice: “Pero tú permanece fiel a la doctrina que aprendiste y de la que estás plenamente convencido: tú sabes de quiénes la has recibido. Recuerda que desde la niñez conoces las Sagradas Escrituras: ellas pueden darte la sabiduría que conduce a la salvación, mediante la fe en Cristo Jesús” (2 Tim. 3, 14-15). Hay una amonestación de padre que le hace el apóstol desde la certeza del don recibido. Queridos diáconos, hoy están viviendo ustedes estos momentos fundantes en sus vidas de sacerdotes a los que siempre deberán volver, así se lo recordaba Pablo a Timoteo: “reaviva el don que has recibido por la imposición de mis manos” (2 Tim. 1, 6).

 

Dios llama a hombres frágiles que deben responder desde su libertad, compromiso y generosidad. Para todo sacerdote siempre es bueno tener presente aquellas palabras, que a modo de testamento le dirigía san Pablo cuando habla de sus dificultades, no para jactarse ni victimizarse por ellas: “Por eso soporto, decía, esta prueba. Pero no me avergüenzo, por que sé en quién he puesto mi confianza, y estoy convencido de que él es capaz de conservar hasta aquel Día el bien que me ha encomendado” (2 Tim. 1, 12). Lo importante es Dios en quién él ha confiado. Todo es gracia para quién vive la conciencia de su elección como un acto del amor de Dios, incluso en la dificultad.

 

Como es costumbre, y ya parte de nuestra tradición como Iglesia diocesana, venimos a celebrar las ordenaciones sacerdotales a Guadalupe, a los pies de Nuestra Madre. Vivan este acontecimiento desde esa relación profunda de Jesucristo Sacerdote con María, pero también con el sentido de esta presencia providencial de María en Guadalupe que hace a la vida e historia de nuestra Iglesia diocesana. Queridos Cristian y Luciano, que la presencia de María en Guadalupe los acompañe y proteja en sus vidas de sacerdotes, y que como Madre y Patrona de nuestra arquidiócesis ella marque en ustedes, junto a una viva devoción mariana un fuerte sentido de pertenencia diocesana.

 

Quiero agradecer, finalmente, a las familias de estos nuevos sacerdotes, a sus comunidades parroquiales y al Seminario que han acompañado este camino de Dios. Siempre les he dicho que el primer seminario de la vocación sacerdotal es la familia, luego son las comunidades vivas de nuestras parroquias y movimientos y, por último, nuestro Seminario Metropolitano que hoy nos presenta estos diáconos a quienes voy a ordenar con gozo, gratitud y esperanza. Amén.

 

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz