Homilía Ordenación Diaconal 2014 PDF Imprimir E-mail

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ORDENACIÓN DE DIÁCONOS

Catedral Metropolitana – 5 de diciembre de 2014

La Palabra de Dios que hemos proclamado ilumina el sentido de esta celebración, en la que serán ordenados diáconos cuatro acólitos de nuestro Seminario. Este hecho es, ante todo, motivo de una profunda gratitud a Dios. Es Él quién comienza la obra buena y es a él a quién hoy le pedimos que la sostenga y la lleve a buen término. El don de Dios, que es la fuente y la realidad profunda del ministerio que ustedes van a recibir, solo se vive en la comunión de la Iglesia como una tarea, una misión. La tarea que no parte de la conciencia de un don recibido, termina siendo nuestra obra, no la obra de Dios. El don, por otra parte, que no lleva, que no despierta en nosotros el compromiso de una tarea, una misión, no alcanza su plenitud de sentido. Diría que nos valemos del don, lo utilizamos, tal vez como una dignidad u honor, pero no es expresión del amor de Dios a sus hijos a adonde los envía.

 

En los Hechos de los Apóstoles escuchábamos a Pedro refiriéndose a Jesús, de quién decía: “que pasó haciendo el bien”, y agrega: “Nosotros somos testigos de todo lo que hizo y, luego de su resurrección, nos envío a predicar y atestiguar que él fue constituido, el Señor, el Salvador” (cfr. Hech. 10, 2743). Testigos y enviados es mejor definición del apóstol. Testigos de Jesucristo, predicadores ante el mundo. La fecundidad del enviado depende de la contemplación del testigo. Predicamos lo que hemos visto. Si se debilita la mirada de fe en el misterio de la Pascua, decrece el espíritu misionero y la predicación termina siendo hueca. Esta verdad que marca el sentido de nuestra vida es para nosotros un tema central que hace a la integración de la vida espiritual y pastoral. No las podemos separar, no son dimensiones paralelas, sino que forman una unidad que da madurez espiritual y pastoral a la persona del apóstol, que es testigo y enviado.

La lectura del evangelio de Juan nos ayuda a encontrar el lugar en donde está la fuerza de esta vocación a la que hemos sido llamados. El testigo y enviado debe ser consciente que a su vida la antecede un amor de elección: “como el Padre me amó, nos dice el Señor, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor” (Jn. 15, 9-17). El Señor nos primerea, diría Francisco. En Dios elección es amor. El sentirnos amados por Dios es la primera certeza que debe sostener nuestra vida y ministerio. Este amor, por otra parte, no es algo que estuvo al principio y nos abandona, es algo actual: “permanezcan en mi amor”, nos dice. Sólo en él está nuestra fuerza. Saber crear, por ello, un clima en nuestras vidas en que la presencia de Dios no sea solo una idea o una referencia moral, sino una realidad envolvente que determina e integra nuestros pensamientos e intereses, es el camino más seguro para permanecer en su amor. Es vivir en el ámbito de ese amor de amistad al que nos llama porque nos ha elegido y nos envía. Somos parte del amor providente del Padre que se ha manifestado en Jesucristo y se hace vida por el Espíritu Santo.

Queridos Leonardo, Nicolás, Emanuel y Gastón, hoy la Iglesia les va a conferir en el sacramento del orden el ministerio del servicio en el camino al presbiterado. Vivan este tiempo de diáconos con gratitud y entrega generosa en la certeza de sentirse llamados para ser “testigos y enviados” de Jesucristo. Vivan desde la fe la experiencia de saberse amados por Dios, permanezcan en su amor. Que María Ssma. Nuestra Madre de Guadalupe los acompañe y los ayude a ir definiendo en ustedes la imagen de su Hijo Jesucristo, Servidor y Pastor.

Mons. José María Arancedo

Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz