Homilía Ordenaciones Sacerdotales 2015 PDF Imprimir E-mail

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Mons.Arancedo48

ORDENACIONES SACERDOTALES – BASÍLICA “NTRA. SRA. DE GUADALUPE”
Homilía

Cada año renovamos nuestra acción de gracias y alegría cuando venimos a celebrar, en el marco de la Fiesta de San Jerónimo, nuevas ordenaciones sacerdotales. También es un día en el que muchos hermanos sacerdotes celebran sus aniversarios de ordenación, a ellos mi reconocimiento, gratitud y oración. Quiero destacar la presencia este año de Mons. Lucio Ruiz que ha venido desde Roma para celebrar sus 25 años de sacerdote con sus compañeros, los padres Bernardo Blanchoud, Omar Cortessi y Dante Debiaggi. Toda esta realidad personal y eclesial la vivimos en nuestra casa, en la casa de Nuestra Madre de Guadalupe a quien le renovamos nuestra devoción y nos sentimos suyos.

Hemos proclamado el evangelio de san Juan que ustedes, queridos diáconos, han elegido como lema al hacer sus invitaciones, tomando las palabras de san Pedro: “Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero. Jesús le dijo apacienta mis ovejas” (Jn. 21, 17). Palabras que definen una vida que tiene su centro en el encuentro con la persona de Jesucristo. No podemos no relacionar este texto con aquel otro en el que Pedro en Cesarea de Filipo hace su confesión de fe y le dice: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt. 16, 16). Parecería, sin embargo, que la sola profesión de fe no alcanzaba, el Señor le exige ahora una entrega más totalizante del corazón antes de encomendarle una tarea. Es en este momento, luego de su profesión de amor, que Jesús le dice: “apacienta mis ovejas”.

A esta doble confesión de fe y de amor la sigue pidiendo el Señor, y sé que ustedes la han vivido en un camino de libertad y de oración, que es la base de una vida sacerdotal. Hoy van a recibir el don del sacerdocio, la Iglesia los va a ordenar con la confianza de que esta doble profesión de fe y de amor ha ido madurando a lo largo del Seminario, y que es fuente y garantía para la vida y el ejercicio del ministerio sacerdotal. Esto no lo dudo. Pero sabemos, y lo saben ustedes queridos diáconos, que el don que van a recibir lo tendrán que cuidar. No hay garantías mágicas en la vida de la gracia. Ella necesita de nuestra docilidad, humildad y entrega. Dios es fiel con nosotros, pero nosotros debemos dejarnos ayudar por él, a través de las diversas mediaciones con las que la Iglesia nos acompaña.

El sacerdocio es un don que se hace camino en lo concreto de nuestra vida, con sus momentos de alegría y de cruz. La vida del sacerdote no es un camino siempre ascendente, como en toda vida cristiana hay momentos de dolor, incluso de fracaso. Estos momentos de cruz pueden ser muy fecundos cuando sabemos vivirlos junto al Señor. Sin él la cruz no tiene sentido, ni horizonte salvífico, ni engendra paz. Los voluntarismos y renuncias sin el encuentro con el Señor pueden crear héroes por un tiempo, pero no pastores según el corazón de Jesús.

Es bueno recordar en este contexto las muchas recomendaciones que nos hace las mismas Sagradas Escrituras, cuando nos habla de cuidar el don recibido: “reaviva el don de Dios que has recibido por la imposición de mis manos” (2 Tim. 1, 6), le dice Pablo a Timoteo; o aquel: “procuren consolidar cada vez más el llamado y la elección de que han sido objeto: si actúan, no caerán jamás” (2 Pe. 1, 10-11), nos recuerda Pedro; o aquella amonestación paternal a la Iglesia de Éfeso: “debo reprocharte que hayas dejado enfriar el amor que tenías al comienzo” (Ap. 2, 4). Es la misma Palabra de Dios la que nos habla del llamado y la que nos da el sentido y la fuerza para vivirlo. Una espiritualidad bíblica es la fuente segura que mantiene la verdad de nuestra vocación.

El Señor concluye diciendo: “apacienta mis ovejas”, no nos dice apacienta tus ovejas. No somos dueños de un rebaño sino sus servidores. El sentirnos dueños es una tentación, como lo hemos leído muchas veces, por ejemplo en los sermones de san Agustín cuando nos habla en el oficio de los pastores. Nos hace bien volver nuestra mirada y hacer oración con las lecturas que hacen los Padres de la Palabra de Dios. Solo Jesús es el Buen Pastor. Él quiso permanecer en la Iglesia como pastor, para ello nos dejó el don del sacerdocio que nos identifica sacramentalmente a él en su amor al Padre y en el servicio a su rebaño. Esta es nuestra verdad y la riqueza que ilumina y da sentido a nuestra vida.

La imagen del Buen Pastor es el “lugar sacerdotal” por excelencia, la fuente a la que siempre debemos volver. Conocemos los rasgos con los que el mismo Señor fue delineando este ministerio. El Buen Pastor, nos dice, va adelante, es un referente que atrae, esto exige presencia y ejemplo. Conoce por su nombre, es hombre de diálogo. Congrega y une, es hombre de comunión. Conduce por la enseñanza y el gobierno pastoral. Defiende a su rebaño. Lo alimenta con la Palabra de Vida. Cura a las enfermas, sana a las heridas, es ministro de la reconciliación. Busca a la alejada, no se encierra en su pequeño rebaño. Da su vida, la gasta al servicio del Reino. Ante las dificultades no se desanima ni se victimiza, asume la cruz con la esperanza de la fe. Para él apacentar el rebaño del Señor es un “officium amoris”, una cuestión de amor que da unidad a su vida y sostiene su caridad pastoral.

Con el sacramento del Orden van a formar parte de un presbiterio, que hoy los recibe. Esto no es algo menor u optativo, sino un elemento constitutivo de nuestro ser y espiritualidad sacerdotal. Junto a la referencia y obediencia al Obispo como a la diócesis a la cual se han incardino, la pertenencia a un presbiterio es un valor eclesial, espiritual y pastoral que hace a nuestra vida presbiteral. No se trata solo de una institución sino de personas concretas, con la que debo crecer en fraternidad sacerdotal y asumir con ellos la responsabilidad de la vida pastoral. A la fraternidad no se la elige. Formarán parte de un decanato al cual deberán enriquecer con sus presencias, aportes y amistad sacerdotal. Cuando perdemos el entusiasmo creativo de lo que somos, nos conformamos con poco.

La presencia maternal de la Santísima Virgen en Guadalupe es una riqueza de nuestra Iglesia Particular de Santa Fe de la Vera Cruz. A ella le encomiendo la obra que el Señor ha iniciado en ustedes, queridos diáconos, para que vivan con alegría la entrega generosa del don del sacerdocio que van recibir. A ella también me encomiendo en la participación del próximo Sínodo sobre la Familia, comprometo sus oraciones. Amén.


Mons. JOSÉ MARÍA ARANCEDO
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

Santa Fe de la Vera Cruz, 30 de septiembre de 2015
Solemnidad de San Jerónimo