Homilía Misa Crismal PDF Imprimir E-mail

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Mons.Arancedo43Queridos hermanos:

Hemos venido a la Iglesia Catedral a participar en la celebración de la Misa Crismal. Siempre valoro en este día la presencia junto a los sacerdotes, de diáconos, religiosas y laicos, como de comunidades parroquiales e instituciones de nuestra Arquidiócesis. Es la Iglesia la que celebra con gozo el misterio de su fe y renueva su vocación de ser en el mundo: “una nación santa, un sacerdocio real, un pueblo adquirido para anunciar las maravillas de aquel que los llamó” (1 Ped. 2, 9). ¡Qué esta celebración, Señor, fortalezca nuestros lazos de comunión al servicio de la evangelización!

Asistiremos a la bendición de los Santos Óleos y la consagración del Santo Crisma. Este hecho nos habla de la vida sacramental de la Iglesia. Siempre es oportuno recordar en nuestras comunidades el sentido y el uso propio de los Santos Óleos. Asistiremos, además, a la renovación de las promesas de nuestros sacerdotes, ellos van actualizar ante la comunidad y al servicio de la Iglesia, la misión de Cristo Sacerdote. Vamos a rezar por ellos, también quiero hacer extensiva esta oración por nuestros seminaristas, llamados a seguir al Señor en esta misma vocación.

Hay dos acontecimientos que marcan este año nuestro camino eclesial, me refiero a las celebraciones del Congreso Eucarístico Nacional en Tucumán y al Año Santo de la Misericordia. Son momentos de gracia llamados a enriquecer nuestra vida espiritual y eclesial. Ello requiere de una mirada de fe que nos permita reconocer el camino de Dios, que en su providencia acompaña nuestro peregrinar: “si queremos entender lo que es la fe, tenemos que narrar su recorrido” (L.F. 8). En la fe valoramos esos acontecimientos que son signos de la presencia del Espíritu en la vida de la Iglesia. ¡Con cuánta gratitud a Dios y a diversas comunidades, he asistido a la inauguración de Capillas de Adoración Perpetua! Ellas son un testimonio de fe y lugares esperados por el pueblo de Dios, incluso, por gente alejada de la vida sacramental.

El Año Santo de la Misericordia es un tiempo de gracia, de renovación y de santidad. El Santo Padre ha definido la misericordia como: “la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia. Todo en su acción pastoral debería ser revestido por la ternura con la que se dirige a los creyentes; nada en su anuncio y en su testimonio hacia el mundo puede carecer de misericordia” (MV. 10). Ella es una expresión superior del amor que se hace cercanía ante el dolor y la necesidad del otro; es un amor paciente que se dispone al encuentro y no se detiene ante una respuesta negativa, o no esperada. Así nos ama Dios, incluso en nuestra lejanía. Es este el rostro de Dios que hemos conocido en Jesucristo. El Año Santo es una invitación a contemplarlo en una actitud de orante conversión, que nos haga crecer en lo que san Pablo nos pide con insistencia: “Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Flp. 2, 5). Lo imagino, por ello, un año de intimidad con el Señor que nos haga más dóciles a la moción de su Espíritu.

Para nosotros, queridos sacerdotes, que tenemos en Jesucristo, el Buen Pastor, la imagen ideal de nuestra vida y ministerio, la misericordia adquiere rasgos propios y exigentes. Veo tres aspectos en la vida de Jesús que nos orientan a vivir su misericordia. El primero es su referencia al Padre. Esta referencia es la fuente, diría el secreto de su vida y misión. Así lo vemos cuando les dice a sus padres: “¿Porqué me buscaban? ¿No sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?" (Lc. 2, 49); o, cuando al finalizar su ministerio, les dice a sus discípulos: “es necesario que el mundo sepa que yo amo al Padre y actúo como él me ha ordenado” (Jn. 14, 31). Vivir de esta referencia “a las cosas de mi Padre” es, para nosotros, el fundamento evangélico de la caridad pastoral (PDV 23-34), que es la fuente que da unidad a nuestra vida y ministerio.

Hay, luego, una actitud del Señor que nos habla de la misericordia a través de su cercanía y capacidad de compasión. Jesús sintió compasión (Mt. 9, 36). La cercanía crea el espacio, nos dispone, la compasión es ese conocimiento que nos mueve a identificarnos con el otro, con el que sufre. Es un conocimiento que no nos deja indiferentes, percibe en el otro una pregunta que nos compromete. ¡Qué importante que, como pastores, sepamos escuchar esas preguntas que nos rodean y que siempre esperan de nuestra respuesta! De Jesús se dijo que: “pasó haciendo el bien” (Hech. 10, 38). La misericordia del pastor va formando ejemplarmente a su comunidad, porque en ella se percibe la presencia del amor de Dios. Su misericordia es testimonio de una vida espiritual de raíces vivas y profundas.

Otro ámbito en el que se nos muestra su misericordia es el carácter servicial de la autoridad. Nuestra autoridad tiene su fuente en el sacramento del Orden y la ejercemos en nombre de Cristo, en la comunión de la Iglesia y al servicio del pueblo de Dios. No podemos entrar en la dinámica de una autoridad que no tiene su fuente en el evangelio. Somos pastores. Presidir en nombre de Cristo-Cabeza es un don para la edificación de la Iglesia, es un servicio que tiene mucho de silencio y de cruz. Cuando los apóstoles discutían entre sí sobre quién era el mayor, Jesús les habla de su autoridad: “Y sin embargo, les dice, yo estoy entre ustedes como el que sirve” (Lc. 22,27); él les enseña con su palabra y sus gestos. Por provenir de Cristo la debemos ejercer con esa humilde firmeza de la verdad, pero con una actitud de paciente bondad que es expresión de un amor libre y maduro. La misericordia purifica y enriquece la autoridad del pastor.

Finalmente, queridos hermanos, los invito a renovar el compromiso que hemos asumido como Iglesia en la Misión Arquidiocesana. Como todos los años en la Fiesta de Guadalupe les haré entrega de la imagen misionera de Nuestra Madre. No es posible hablar de la Iglesia si no es desde la misión. Ella existe para evangelizar. Cada Decanato irá definiendo y organizando los tiempos de la Misión, que debe ser un lugar eclesial de encuentro para todos los fieles. Nadie puede sentirse eximido de participar, tal vez lo hará desde los límites de su propia realidad. Nos toca a nosotros, queridos sacerdotes, el convocar, animar y acompañar este camino misionero de nuestros fieles y comunidades.

Vivamos con gratitud y espíritu de renovación espiritual este año enriquecido por el Congreso Eucarístico Nacional y la celebración del Año Santo de la Misericordia. Que María Santísima, Nuestra Madre de Guadalupe, nos acompañe en su docilidad al obrar del Espíritu, para orientar nuestras vidas a ese ideal que nos pide el Señor: “Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso” (Lc. 6, 36). Amén.

Mons. JOSÉ MARÍA ARANCEDO
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

Santa Fe de la Vera Cruz, 23 de marzo de 2016