Homilía Solemnidad de Ntra. Sra. de Guadalupe PDF Imprimir E-mail

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Mons.Arancedo43

Como todos los años venimos con el corazón de hijos agradecidos a celebrar la Fiesta de Nuestra Madre en Guadalupe. Somos parte de una larga historia de fe en Dios, de seguimiento a Jesucristo y de devoción a nuestra Madre, que se renueva en nuestro caminar a su Santuario. En María reconocemos a la mujer elegida por Dios para ser la madre de su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo. Su misión maternal se prolonga en nosotros, como le dijo el Señor al pie de la cruz: “mujer aquí tienes a tu hijo” (Jn. 19, 26). En María sentimos la cercanía de Dios y descubrimos el camino de encuentro con Jesucristo. Esta verdad de fe ha definido su lugar en la Iglesia y fundamenta nuestra devoción desde el tiempo de los apóstoles. Cristo, María y la Iglesia tienen su fuente en el designio de Dios. Venimos a Ella con la confianza de hijos, sabemos que Ella nos espera.

Este Año Santo de la Misericordia nos convoca el lema: Madre, ayúdanos a ser misericordiosos como el Padre. Al hablarnos de Ella, Francisco nos dice: “Custodió en su corazón la divina misericordia en perfecta sintonía con el Hijo de Dios (MV. 24). Su Magnificat, su cántico de alabanza, nos habla de la misericordia de Dios que se extiende de  (Lc. 1, 50), y concluye diciéndonos: “También nosotros estábamos presentes en aquellas palabras proféticas de la Virgen María”. La misericordia debería ser la identidad y el ideal de todo cristiano, porque en ella se manifiesta: “Jesucristo (que) es el rostro de la misericordia del Padre”. Esto venimos a pedirle a María, que nos ayude a ser misericordiosos como el Padre, para vivir nuestra vocación cristiana y ser testigos de su misericordia ante nuestros hermanos.

La misericordia es el amor que se hace cercanía ante el dolor. Así nos ama Dios, incluso en nuestra lejanía. La misericordia nace del amor y es su expresión mayor, siempre vive a la espera del encuentro, no se maneja con una lógica de la igualdad, la supera. En este sentido: “La misericordia no es contraria a la justicia sino que expresa el comportamiento de Dios hacia el pecador, ofreciéndole una ulterior posibilidad para examinarse, convertirse y creer. Ella necesita de la verdad y la justicia, pero no se encierra en ellas. Si Dios se detuviera solo en la justicia, concluye Francisco: dejaría de ser Dios” (MV. 21). La misericordia es un camino siempre abierto a la reconciliación, porque busca el corazón del hermano para ayudarlo y sanarlo. ¡Cuánta necesidad hay en nuestras familias y en nuestros vínculos de un nuevo espíritu con actitudes de misericordia!

En este marco de cercanía con el proyecto de amor y de fraternidad que surge de nuestra fe en Dios, y a los pies de Nuestra Madre, no puedo dejar de decir con dolor una palabra sobre la situación de violencia y de muerte que vive nuestra ciudad. Las estadísticas, con la frialdad de sus números, nos hablan de una situación que parece superarnos. Se habla de 42 muertes en el primer trimestre. Reitero lo que dije en alguna oportunidad: No podemos acostumbrarnos a convivir con el delito, la inseguridad y la muerte. Muchas son las causas, hablamos de marginalidad y pobreza, del avance de la droga que no se detiene, valiéndose del narcomenudeo que pervierte a nuestra gente en un camino sin retorno. Asimismo, vemos un crecimiento irresponsable del juego, junto a la ausencia de una cultura de valores que dé sentido a la vida. Sabemos que son muchas las causas, pero principalmente es moral. Hemos adormecido socialmente la conciencia como regla suprema del obrar humano que distingue el bien del mal y nos responsabiliza de nuestras conductas.

Quisiera, hoy desde Guadalupe, convocar a todos mis hermanos santafesinos, más allá de nuestras pertenencias religiosas o políticas a asumir actitudes y conductas que nos ayuden a crear las condiciones de una sociedad donde los valores de la vida y la paz, del trabajo y la justicia, de la honestidad y la ejemplaridad, sean la fuente de una sociedad más humana, justa y solidaria. Es importante, para ello, volver a lo simple, valorar y acompañar la familia, la escuela y la catequesis, como lugares privilegiados de trasmisión de cultura y estilos de vida, de proyectos con futuro para nuestros jóvenes y de amistad social. Tampoco puedo dejar de decir, en este marco de sinceridad al servicio del bien común y de la dignidad de toda vida humana, que junto a la droga hay muchas armas en nuestros barrios, y en manos de nuestros jóvenes. Hago un llamado a la necesaria presencia de la autoridad, en sus diversos niveles y en el marco de la ley y la Constitución para que asuman esta realidad.

No podemos esperar soluciones mágicas, pero tampoco quedarnos como espectadores de un drama que envilece a la condición humana y quiebra lazos de pertenencia y confianza social. El bien tiene más fuerza que el mal, pero el bien necesita de testigos. Esto hoy le pido a Nuestra Madre en Guadalupe, que Santa Fe trabaje incansablemente con esperanza para alcanzar un clima de cordialidad y solidaridad, que nos permita superar el mal del odio, de la violencia y de la muerte. Quiero en esta tarde y a los pies de Nuestra Madre elevar una oración por tantas víctimas y sus familiares, como hacer un llamado a quienes viven o son cómplices del negocio del narcotráfico que conduce a la muerte, y a los constantes enfrentamientos que llevan a la venganza por propias manos. Les hago un llamado, en este día, a descubrir un camino nuevo de vida que es posible y responde a la dignidad de sus personas. Es un camino de cambio y conversión que los espera.

Queridos hermanos, como todos los años los invito a renovar el compromiso que hemos asumido como Iglesia en la Misión Arquidiocesana. Nuevamente les voy a hacer entrega al finalizar la Misa de la imagen misionera de Nuestra Madre. No es posible hablar de la Iglesia sino es desde la Misión. Ella existe para evangelizar. Cada Decanato irá organizando los tiempos y los lugares de la Misión, que deben ser momentos de encuentro eclesial para todos los fieles. Nadie puede sentirse eximido de participar. Los espero a todos en sus parroquias y capillas. Que María Santísima, Nuestra Señora de Guadalupe, los acompañe y les de la alegría de vivir en comunión con su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo. Amén.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz