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Mensaje de Navidad 2016 PDF Imprimir E-mail

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Mons.Arancedo50Cada año renovamos con gozo, gratitud y esperanza la celebración de Navidad, que es la Fiesta de la cercanía de Dios con nosotros. Ya no caminamos solos, Dios ha venido en su Hijo, Jesucristo, para ser nuestro hermano y compañero de camino. Recibirlo a él es el comienzo de una vida nueva. Él no se impone con la autoridad del poder, viene en la humildad de lo pequeño, pero necesita de nuestra libertad: “Yo estoy junto a la puerta y llamo, nos dice: si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos” (Ap. 3, 20). El pesebre que él busca y necesita es el corazón de cada uno de nosotros.

No es posible celebrar Navidad sin tener en cuenta a Jesucristo, su mensaje y la respuesta que él espera. Siempre corremos el peligro de vaciar de contenido la Fiesta que celebramos. Es importante, para ello, darnos un tiempo para escuchar y meditar aquel anuncio que llevó a los pastores a acercarse al pesebre: “No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor” (Lc. 2, 10). Navidad es sí de Dios al hombre.

Recibir a Jesucristo es estar dispuesto a ser testigos de su mensaje de amor y de paz. No podemos apropiarnos de él como si fuera un bien privado solo para mí, él ha venido para todos. Esto significa que no es posible recibirlo si no estamos dispuestos a compartir su vida y su mensaje. Navidad, al tiempo que nos descubre como hijos amados por Dios, también nos habla de nuestra condición de hermanos con todos los hombres. No hay Navidad sin espíritu de fraternidad. El signo de la presencia de Dios siempre será el amor.

Tampoco debemos olvidarnos que si bien Jesucristo ha venido para todos, tuvo un amor preferencial por los más pobres y necesitados, ello fueron sus preferidos. Esta cercanía con el dolor, con el que sufre, forma parte de la dimensión cristiana de Navidad. Hay muchas personas que viven solas y otras que carecen de lo necesario; estas realidades tan cercanas tienen que estar presentes en nuestro corazón y en nuestros gestos de compartir iluminados por la humildad del pesebre. Navidad es la fiesta del sí de Dios y del amor fraterno, junto a “una esperanza que no defrauda” porque se apoya en la riqueza del Niño de Belén.

Les hago llegar con mi afecto y oraciones, los deseos de una Feliz Navidad vivida en familia que fortalezca nuestros lazos y amistad. Con mi bendición en el Señor.

Mons. JOSÉ MARÍA ARANCEDO
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

Santa Fe de la Vera Cruz, diciembre de 2016

 
Mensaje de Pascua PDF Imprimir E-mail

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En la Pascua celebramos el don mayor de Dios al hombre, que es Jesucristo. En Ella hacemos presente su vida que nos hace partícipes de su triunfo sobre el mal y nos abre a una vida nueva. Esta verdad, que es el centro de la fe cristiana, se convierte en la fuente que da sentido a nuestra esperanza. No soñamos lo imposible, creemos en el sí definitivo que Dios nos ha dado en Jesucristo como principio de esa vida nueva. Pascua es alegría y gratitud por el don recibido, pero también compromiso para hacerla realidad en nuestras vidas y en la sociedad.

Al celebrar la Pascua no podemos dejar de contemplar esa otra realidad dolorosa signada por el pecado, que nos rodea y desafía. Me refiero a la realidad de la pobreza, al crimen del narcotráfico, la corrupción y los enfrentamientos que nos aíslan y dividen comprometiendo la amistad social. Agregaría el crecimiento irresponsable del juego que se vale de las ilusiones de la gente, que debilita la cultura del trabajo y compromete el bienestar de la familia. Son signos de una sociedad frágil en la que las víctimas son siempre los más débiles y necesitados. Dirijo esta palabra, con la fuerza y la esperanza de la Pascua, ante todo, a la clase dirigente que tiene una mayor responsabilidad, especialmente quienes ejercen funciones en los poderes del Estado ordenados al servicio del bien común. Pero también es un llamado y un compromiso que todos debemos asumir.

La crisis argentina es principalmente una crisis moral, que se expresa en conductas que se han desvinculado de la exigencia moral de los valores. La conciencia como regla suprema que distingue el bien del mal se ha adormecido, la hemos adormecido. El dinero, el poder y el éxito a cualquier precio, han ocupado un lugar indebido en la escala de los valores personales y sociales. Ellos han desplazado a la verdad, al bien y a la justicia, expresión de la presencia de Dios en el cuidado de la dignidad de la persona. Cuando la impunidad y la justificación ocupan el lugar del deber moral y de la ejemplaridad, el cuerpo social se debilita. No podemos, no debemos acostumbrarnos a vivir en un mundo sin una referencia vinculante al mundo de los valores que nos eleven como personas y comunidad.

Esta realidad signada por el pecado no tiene, sin embargo, la última palabra. En la Pascua celebramos el triunfo y la esperanza de lo nuevo. La Pascua, que en la persona de Jesucristo ha inaugurado un mundo nuevo, necesita de hombres y mujeres impulsados por la fuerza del Resucitado que descubran Su mensaje, para hacer realidad en sus vidas y en la comunidad los bienes de la verdad y de la vida, de la justicia y de la solidaridad, de la honestidad y del cumplimiento de la ley y sus obligaciones. La Pascua es un don recibido, es también una tarea que nos espera y nos compromete. Felices Pascuas.

Mons. JOSÉ MARÍA ARANCEDO
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

Santa Fe de la Vera Cruz, Pascua 2016.-

 
Mensaje de Cuaresma 2016 PDF Imprimir E-mail

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Mons.Arancedo49Conversión, Misericordia y vida de Iglesia

1 - Vivir la Cuaresma en el marco del Año Santo de la Misericordia es una gracia que debe iluminar nuestro camino de conversión y orientar nuestro compromiso eclesial. La conversión es un aspecto central en la vida cristiana. La pregunta que nos deberíamos hacer es: ¿convertirnos a qué o a para qué? La conversión necesita de un proyecto de vida que lo veamos como un ideal. En nuestro caso este proyecto se identifica con una persona. Es, por ello, que la conversión no comienza mirándonos a nosotros sino a Jesucristo, en quién descubrimos ese proyecto de vida como camino de nuestra plena realización y el motivo que nos urge a participar en la vida de la Iglesia.

2 - Si no partimos de Jesucristo y de su proyecto de vida como de un ideal que nos mueve a seguirlo, la conversión va perdiendo exigencia, compromiso y esperanza. Cuando san Pablo les presenta a los cristianos de Éfeso el ideal de la vida cristiana, les dice: “hasta que todos lleguemos…. al estado de hombre perfecto y a la madurez que corresponde a la plenitud de Cristo” (Ef. 4, 13). Jesucristo es la fuente de nuestra realización y, con nosotros, el principio de una vida nueva para toda la creación. Esta mirada de fe que da sentido a la conversión es el fundamento de nuestra esperanza.

3 - La fe no es una utopía, sino la certeza y dinámica de un acontecimiento que es la misma persona de Jesucristo: “el iniciador y consumador de nuestra fe” (Heb. 12, 2). Podemos decir que la raíz de lo que podríamos llamar una utopia cristiana es Jesucristo. Es decir, esperamos que se manifieste plenamente lo que ya se realizó en Él, como principio de un hombre nuevo y de un mundo nuevo (cfr. Ap. 21, 1). La dimensión escatológica es esencial en la fe cristiana. Esto nos habla de un horizonte trascendente en nuestras vidas, que se ha cumplido en Cristo y lo vivimos en la esperanza.

4 - El conocimiento de la fe no es, por ello, algo cerrado que dominamos y manejamos, sino un conocimiento abierto que lo podríamos comparar con la certeza del peregrino que camina hacia una meta, sabe a dónde va aunque aún no la conoce plenamente. Es bueno recordar la definición de la fe que nos da la carta a los Hebreos: “la fe es la garantía de los bienes que se esperan y la plena certeza de las realidades que no se ven” (Heb. 11, 1). A esta verdad de la fe la vivimos con la alegría y la firmeza de una esperanza que se apoya en Jesucristo (cfr. Spe Salvi 1; Rom. 8, 24).

5 – La meta de la conversión es la vida de Dios, la santidad, como un bien al que todos estamos llamados. El camino siempre es Jesucristo, nuestra tarea en la vida cristiana será llegar a tener: “los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Filp. 2, 5). Sólo en él nuestra vida alcanza su estatura y madurez espiritual. No seguimos, decíamos, una idea sino a una persona que se nos presenta como un camino de gracia y verdad, de vida y santidad, de amor y solidaridad. En esta línea de seguimiento a Cristo se comprende las palabras de san Pablo, cuando nos dice: “Desvístanse del hombre viejo……y revístanse de entrañas de misericordia” (Col. 3, 12). Conversión y Misericordia se presentan como una exigencia de nuestra fe en Jesucristo, y que debe ser la causa que motive nuestra oración, examen de conciencia y el compromiso con la vida de la Iglesia.

6 - La fuente de la misericordia es el amor de Dios. Es Jesucristo quién nos lo revela y en quien descubrimos: “el rostro de la misericordia del Padre” (MV. 1). A esta misericordia del Padre la contemplamos sobre todo, nos dice Francisco, en tres parábolas especiales: “la de la oveja perdida y de la moneda extraviada, y la del Padre y los dos hijos" (Lc. 15, 1-32). Detenernos en una lectura meditada y hecha oración de estas parábolas, es la mejor manera de introducirnos en la riqueza de la misericordia de Dios, a la que somos llamados: “Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso”, (Lc. 6, 36). La misericordia se convierte así, va a concluir: “en el criterio para saber quiénes son realmente sus verdaderos hijos” (MV. 9).

7 - La misericordia es expresión de un amor que se hace cercanía ante el dolor y la necesidad del otro. Es un amor paciente que espera el momento del encuentro, no se detiene ante una respuesta negativa o no esperad; así nos ama Dios, incluso en nuestra lejanía. Porque nace del amor ella eleva, primero, a quién la vive. En las Sagradas Escrituras la misericordia: “es la palabra clave para indicar el actuar de Dios hacia nosotros” (MV. 9). Esta certeza lleva al Santo Padre a decirle a la Iglesia, y en ella a cada uno de nosotros, con el reclamo de una verdad de fe: “La misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia. Todo en su acción pastoral debería estar revestido por la ternura con la que se dirige a los creyentes; nada en su anuncio y en su testimonio hacia el mundo puede carecer de misericordia” (MV. 10).

8 - Un modo concreto de iniciar esta Cuaresma en el marco del Año Santo de la Misericordia, es hacer realidad en nuestras vidas las palabras de Francisco cuando afirma: “Es mi vivo deseo que el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales” (MV. 15). El Catecismo de la Iglesia Católica (n. 2447), las define: “Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales. Instruir, aconsejar, consolar, confortar, son obras espirituales de misericordia. Las obras de misericordia corporales consisten especialmente en dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos” (cfr. Mt. 25, 31-46). Esto nos marca un camino cuaresmal.

9 - Considero que el acento eclesial puesto por el Santo Padre en la Misericordia como: “la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia”, nos debería llevar a sentirnos llamados a fortalecer su vida pastoral. Es en este sentido que los invito a participar en sus comunidades, en las diversas áreas pastorales donde la Iglesia vive y se expresa en estas obras, pienso en: catequesis, caritas, pastoral de la salud, pastoral carcelaria… ¡Cuánta necesidad tenemos de expresar como Iglesia el amor misericordioso de Dios que hemos conocido en Jesucristo! Recordemos que el testimonio cristiano alcanza su madurez eclesial en el ámbito en el que celebro y participo de la eucaristía.

10 – Los invito a que vivamos esta Cuaresma, en el Año Santo de la Misericordia, como un tiempo de gracia que nos haga crecer en la intimidad con el Señor y fortalezca nuestro compromiso eclesial. Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor Jesús y nuestra Madre de Guadalupe.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
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Mons.Arancedo50Los invito a acercarnos a la humildad del pesebre para contemplar la expresión del amor y la misericordia de Dios, que “tanto nos amó que nos entregó a su Hijo” (Jn. 3, 16). Ante la presencia del Niño de Belén nos descubrimos hijos y destinatarios de este amor de Dios, pero también hermanos entre nosotros. Quiero compartir con ustedes la riqueza de este mensaje para renovar nuestra fe y recrear nuestros vínculos de fraternidad.

En Navidad celebramos la fiesta del sí de Dios al hombre. Él viene a nosotros en Jesucristo, pero respeta nuestra libertad: “Yo estoy junto a la puerta, nos dice, y llamo: si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos” (Ap. 3, 20). Dios es fuente de vida y comunión, de paz y esperanza. ¡Que podamos, Señor, ante la contemplación del pesebre abrirte las puertas de nuestro corazón!

En Navidad recibimos el don de la paz como un bien que nos compromete y desafía. La paz es posible, es su mensaje, pero necesita de todos. ¡Que sepamos, Señor, ser instrumentos de tu paz en este mundo herido por el odio, la inequidad y la violencia!

En Navidad participamos del nacimiento de una esperanza que nos abre el camino hacia un mundo nuevo. La esperanza no es el alegre esperar de que las cosas cambien, sino el compromiso con el presente para que ello sea posible. Ella es la virtud del peregrino, del que está en camino. ¡Qué necesario que aprendamos a caminar juntos desde nuestras diversidades en un marco de amistad social, para crecer en una sociedad de hermanos, que se exprese en el dialogo y el respeto, el amor y la solidaridad!

Queridos hermanos, desde nuestra iglesia santafesina, unidos a todo el pueblo argentino los invito a elevar juntos frente al pesebre la Oración que nos acompañó durante estos años: “Queremos ser Nación, una nación cuya identidad sea la pasión por la verdad y el compromiso por el bien común. Danos la valentía de la libertad de los hijos de Dios, para amar a todos sin excluir a nadie, privilegiando a los pobres y perdonando a los que nos ofenden, aborreciendo el odio y construyendo la paz. Concédenos la sabiduría del diálogo y la alegría de la esperanza que no defrauda. Amén.

Mons. JOSÉ MARÍA ARANCEDO
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
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