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Mensaje de Pascua 2017 PDF Imprimir E-mail

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Mons.Arancedo55MENSAJE DE PASCUA

Con gozo vamos a celebrar la Pascua del Señor, que es también nuestra Pascua. No estamos ante algo ajeno, lo que aconteció en Cristo es verdad y camino para nuestra vida. Somos destinatarios de una historia de amor que tiene su fuente en Dios y su plena realización en Jesucristo. Pascua siempre es comienzo y esperanza de una vida nueva, ella nos invita a vivir nuestra condición de hijos de Dios y de hermanos entre nosotros.

¡Cuántas veces la vida que nos rodea contradice esta verdad a la que estamos llamados! No puedo de dejar de pensar en esta Pascua en tantas víctimas de la violencia que nos hablan de una sociedad enferma que ha perdido el sentido del valor y del respeto por la vida. Esto nos duele y avergüenza, pero no nos debe vencer ni bajar los brazos respecto a la dignidad y defensa de toda vida humana, como la búsqueda de la verdad y la justicia, del amor, la concordia y la paz. Pascua es el sí de Dios, dado en Jesucristo, que refuerza nuestra esperanza y alienta el compromiso con estos ideales.

También en este contexto pascual veo los desencuentros que vivimos en nuestra amada Patria. Nos cuesta encontrarnos como argentinos desde la diversidad. Un país dividido no encuentra ni da soluciones a los problemas de la gente, especialmente de los más necesitados. Es necesaria y urgente recrear una cultura que tenga su fuente en el diálogo y el respeto, en la honestidad y la ejemplaridad, en el marco institucional de los poderes del Estado, como expresión de una auténtica vida en democracia. Considero necesario que volvamos a elevar en esta Pascua la oración por la Patria: “Queremos ser nación, una nación cuya identidad sea la pasión por la verdad y el compromiso con el bien común. Concédenos, Señor, la sabiduría del diálogo y la alegría de la esperanza que no defrauda”.

Queridos amigos, les hago llegar mis mejores deseos en esta Pascua, y pido al Señor que sepamos aprovechar este tiempo para ahondar en nuestra condición de hijos de un Dios que es Padre y nos ama, y así descubrirnos hermanos, para juntos sentirnos parte de una Patria que nos necesita y espera lo mejor de cada uno de nosotros. Felices Pascuas.

Mons. JOSÉ MARÍA ARANCEDO
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
Mensaje de Cuaresma PDF Imprimir E-mail

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Mons.Arancedo50Cuaresma, Tiempo de Reconciliación

Al inicio de la Cuaresma escuchamos la insistente exhortación de san Pablo, cuando nos pide: “Por eso, les suplicamos en nombre de Cristo: Déjense reconciliar con Dios” (2 Cor. 5, 20). La palabra reconciliación se encuentra en el centro del evangelio y es signo de un proyecto de vida nueva. He querido en esta Cuaresma detenerme a meditar sobre esta verdad de la vida cristiana que tiene su fuente en Jesucristo. Ella es anuncio de una Palabra de salvación que enriquece nuestra vida, y nos hace testigos del Evangelio.

Lo que no podía hacer la Ley, reconciliarnos con Dios, nos recuerda san Pablo: “Dios lo hizo, enviando a su propio Hijo, en una carne semejante a la del pecado” (Rom. 8, 3). Asumiendo nuestra humanidad Cristo nos abre el camino de la reconciliación con Dios, haciéndonos sus hijos por la gracia: “Dios envió a su Hijo… para redimir a los que estaban sometidos a la Ley y hacernos hijos adoptivos” (Gal. 4, 5). Somos hijos en el Hijo. Volver nuestra mirada al Plan de la Salvación que tiene su centro en Cristo y en el hombre su destinatario, nos ayuda a comprender el significado de este camino de Dios que es la verdad siempre nueva de nuestra fe. Considero útil, y les recomiendo, hacer en este tiempo una lectura pausada de este plan de salvación del que somos parte y llamados a ser sus testigos, por ejemplo, como nos lo presenta el mismo san Pablo en el primer capítulo de la carta a los Efesios.

El primer fruto de la reconciliación es la paz con Dios y con nuestros hermanos. Ella recrea nuestra condición de hijos respecto a Dios, y de hermanos entre nosotros. No podemos, a partir de este encuentro con Cristo, separar a una de la otra, diciendo: yo me reconcilio con Dios, pero no con mi hermano. La primera es fuente y camino, la segunda es signo y testimonio de la primera. Sabemos que la meta de una vida cristiana, y en ella especialmente la reconciliación, no es fácil, pero es un camino que debemos transitar como nos lo recuerda san Pablo: “Esto no quiere decir que haya alcanzado la meta ni logrado la perfección, pero sigo en carrera con la esperanza de alcanzarla, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús” (Flp. 3, 12). Cuaresma es un tiempo privilegiado para revisar este proyecto de Dios en nuestras vidas.

La liturgia va a acompañar y orientar nuestro corazón en este proceso de conversión. El lugar decisivo es la persona de Jesucristo, el encuentro con él. Esta es la primera tarea que debemos emprender para alcanzar nuestra reconciliación con Dios y recuperar con él y desde él, esa paz y alegría que nos permita ser testigos gozosos de esta vida nueva. El camino de la reconciliación nos habla de humildad, espíritu de comunión y capacidad de perdón; no encerrarnos en nuestras pequeñas razones o justificaciones; sanar heridas y tender puentes de encuentro. Es necesario, para ello, una mirada sincera a nuestra vida y relaciones, no temer reconocer errores. No seamos jueces cómplices de nosotros mismos, que sea la misma palabra del Señor la que nos juzgue. En ella vamos a encontrar la mirada del Señor, que tiene esa paternal exigencia del amor auténtico que busca nuestro bien; ella es puerta y camino hacia la reconciliación con Dios y nuestros hermanos.

Cuaresma como tiempo de gracia nos invita a: “recomenzar desde Cristo (Ap). Interiorizar esta propuesta en lo concreto de nuestra vida es el desafío de la fe, que cuenta y necesita de la presencia del Espíritu Santo. Somos conscientes de nuestra fragilidad y resistencias, que no nos ayudan a ser testigos fieles de esa fe que predicamos. No debemos acostumbrarnos a bajar la altura del ideal al que estamos llamados, que es alcanzar: “la madurez que corresponde a la plenitud de Cristo” (Ef. 4, 13). No es posible pensar este proyecto de Dios manifestado en Jesucristo, sin vivir el presente con la esperanza de ese horizonte de eternidad que da sentido y plenitud a la vida de fe.

Me refiero al tema de la escatología, la vida eterna, el cielo, que no es algo solo del futuro, sino una realidad que actual que orienta y da fuerza a nuestro caminar (cfr. Spe Salvi). Cuando el presente se convierte en un absoluto y olvidamos este horizonte trascendente para el que hemos sido creados, nuestra vida se empobrece y la esperanza se diluye porque se ha debilitado la fe. Recordemos el simple diálogo del bautismo: ¿Qué pides a la Iglesia? La fe. ¿Qué te da la fe? La vida eterna. La falta de esta dimensión nos lleva a esa medianía espiritual y apostólica que nos instala en lo pequeño y opaca nuestro testimonio, perdemos el sentido de gratuidad y se disminuye el entusiasmo misionero de la fe como su espíritu de entrega y conversión, que son signos claros de crecimiento espiritual y eclesial.

La dinámica de un auténtico espíritu de reconciliación nos debe llevar a sanar heridas y a elevar el nivel de nuestras relaciones, sobre todo en los ámbitos más personales, sean familiares o al interno de la misma Iglesia. Predicamos la fraternidad, incluso sacramental como sacerdotes, y no siempre nuestras relaciones dan testimonio de esa misma fe. A mí me impactó mucho, y me pareció exagerado, cuando Benedicto XVI refiriéndose a la Iglesia utilizó aquellas duras palabras del cap. V de san Pablo a los Gálatas; luego valoré su libertad para hablar, como el significado paternal de su corrección. Hago estas breves reflexiones pensando que nos pueden ayudar en este tiempo de gracia de la Cuaresma a “recomenzar desde Cristo” en nuestras vidas y relaciones.

La reconciliación es gracia, pero necesita de nuestra apertura, disponibilidad y deseo de conversión para vivir con alegría las exigencias del evangelio como una vocación que nos ha cautivado, que la hemos aceptado y nos compromete. Esto también es gracia y hay que pedirla. Diría que el camino de la reconciliación, que tiene su fuente en Dios y su realización en Cristo, necesita de la intimidad de una conciencia formada en el evangelio y vivida en un marco de oración. No hay otro ámbito. En Cuaresma vamos a volver a escuchar esa enseñanza de Jesús que siempre debemos tener presente: “cuando ores, nos dice, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt. 6, 6). La gracia de la reconciliación es parte de esa recompensa de Dios que “ve en lo secreto”. No es obra nuestra, pero ella necesita de nuestro sí y espíritu de conversión.

Queridos hermanos, me hace bien pensar que con cada uno de nosotros ingresa la Iglesia en este tiempo de gracia. Somos parte viva de Ella, esto nos compromete. Que vivamos la Cuaresma con espíritu de purificación y oración, para “dejarnos reconciliar con Dios” y ser sus testigos ante nuestros hermanos. Reciban, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor Jesús y María Santísima, Nuestra Madre de Guadalupe. Amén.

Mons. JOSÉ MARÍA ARANCEDO
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
Mensaje de Navidad 2016 PDF Imprimir E-mail

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Mons.Arancedo50Cada año renovamos con gozo, gratitud y esperanza la celebración de Navidad, que es la Fiesta de la cercanía de Dios con nosotros. Ya no caminamos solos, Dios ha venido en su Hijo, Jesucristo, para ser nuestro hermano y compañero de camino. Recibirlo a él es el comienzo de una vida nueva. Él no se impone con la autoridad del poder, viene en la humildad de lo pequeño, pero necesita de nuestra libertad: “Yo estoy junto a la puerta y llamo, nos dice: si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos” (Ap. 3, 20). El pesebre que él busca y necesita es el corazón de cada uno de nosotros.

No es posible celebrar Navidad sin tener en cuenta a Jesucristo, su mensaje y la respuesta que él espera. Siempre corremos el peligro de vaciar de contenido la Fiesta que celebramos. Es importante, para ello, darnos un tiempo para escuchar y meditar aquel anuncio que llevó a los pastores a acercarse al pesebre: “No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor” (Lc. 2, 10). Navidad es sí de Dios al hombre.

Recibir a Jesucristo es estar dispuesto a ser testigos de su mensaje de amor y de paz. No podemos apropiarnos de él como si fuera un bien privado solo para mí, él ha venido para todos. Esto significa que no es posible recibirlo si no estamos dispuestos a compartir su vida y su mensaje. Navidad, al tiempo que nos descubre como hijos amados por Dios, también nos habla de nuestra condición de hermanos con todos los hombres. No hay Navidad sin espíritu de fraternidad. El signo de la presencia de Dios siempre será el amor.

Tampoco debemos olvidarnos que si bien Jesucristo ha venido para todos, tuvo un amor preferencial por los más pobres y necesitados, ello fueron sus preferidos. Esta cercanía con el dolor, con el que sufre, forma parte de la dimensión cristiana de Navidad. Hay muchas personas que viven solas y otras que carecen de lo necesario; estas realidades tan cercanas tienen que estar presentes en nuestro corazón y en nuestros gestos de compartir iluminados por la humildad del pesebre. Navidad es la fiesta del sí de Dios y del amor fraterno, junto a “una esperanza que no defrauda” porque se apoya en la riqueza del Niño de Belén.

Les hago llegar con mi afecto y oraciones, los deseos de una Feliz Navidad vivida en familia que fortalezca nuestros lazos y amistad. Con mi bendición en el Señor.

Mons. JOSÉ MARÍA ARANCEDO
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

Santa Fe de la Vera Cruz, diciembre de 2016

 
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En la Pascua celebramos el don mayor de Dios al hombre, que es Jesucristo. En Ella hacemos presente su vida que nos hace partícipes de su triunfo sobre el mal y nos abre a una vida nueva. Esta verdad, que es el centro de la fe cristiana, se convierte en la fuente que da sentido a nuestra esperanza. No soñamos lo imposible, creemos en el sí definitivo que Dios nos ha dado en Jesucristo como principio de esa vida nueva. Pascua es alegría y gratitud por el don recibido, pero también compromiso para hacerla realidad en nuestras vidas y en la sociedad.

Al celebrar la Pascua no podemos dejar de contemplar esa otra realidad dolorosa signada por el pecado, que nos rodea y desafía. Me refiero a la realidad de la pobreza, al crimen del narcotráfico, la corrupción y los enfrentamientos que nos aíslan y dividen comprometiendo la amistad social. Agregaría el crecimiento irresponsable del juego que se vale de las ilusiones de la gente, que debilita la cultura del trabajo y compromete el bienestar de la familia. Son signos de una sociedad frágil en la que las víctimas son siempre los más débiles y necesitados. Dirijo esta palabra, con la fuerza y la esperanza de la Pascua, ante todo, a la clase dirigente que tiene una mayor responsabilidad, especialmente quienes ejercen funciones en los poderes del Estado ordenados al servicio del bien común. Pero también es un llamado y un compromiso que todos debemos asumir.

La crisis argentina es principalmente una crisis moral, que se expresa en conductas que se han desvinculado de la exigencia moral de los valores. La conciencia como regla suprema que distingue el bien del mal se ha adormecido, la hemos adormecido. El dinero, el poder y el éxito a cualquier precio, han ocupado un lugar indebido en la escala de los valores personales y sociales. Ellos han desplazado a la verdad, al bien y a la justicia, expresión de la presencia de Dios en el cuidado de la dignidad de la persona. Cuando la impunidad y la justificación ocupan el lugar del deber moral y de la ejemplaridad, el cuerpo social se debilita. No podemos, no debemos acostumbrarnos a vivir en un mundo sin una referencia vinculante al mundo de los valores que nos eleven como personas y comunidad.

Esta realidad signada por el pecado no tiene, sin embargo, la última palabra. En la Pascua celebramos el triunfo y la esperanza de lo nuevo. La Pascua, que en la persona de Jesucristo ha inaugurado un mundo nuevo, necesita de hombres y mujeres impulsados por la fuerza del Resucitado que descubran Su mensaje, para hacer realidad en sus vidas y en la comunidad los bienes de la verdad y de la vida, de la justicia y de la solidaridad, de la honestidad y del cumplimiento de la ley y sus obligaciones. La Pascua es un don recibido, es también una tarea que nos espera y nos compromete. Felices Pascuas.

Mons. JOSÉ MARÍA ARANCEDO
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

Santa Fe de la Vera Cruz, Pascua 2016.-

 
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