Mons. José María Arancedo - Desde el Evangelio
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CORPUS CHRISTI

Celebramos la Solemnidad del Corpus Christi, la Fiesta de la Eucaristía. Estamos en el ámbito de la última Cena en la que Jesús les deja a los apóstoles, a modo de testamento vivo, su presencia: “Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: Tomen, esto es mi Cuerpo. Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó… y les dijo: Esta es mi sangre, la sangre de la Alianza, que se derrama por muchos” (Mc. 14, 22-24). En torno a esta presencia del Señor resucitado fue naciendo la Iglesia, así nos lo vemos en san Pablo: “Lo que yo recibí del Señor, y a mi vez les he trasmitido, es lo siguiente: El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó el pan, dio gracias, lo partió y dijo: Esto es mi Cuerpo que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía” (1 Cor. 11, 23-24). Volver a estos textos es volver a ese ámbito único de la última Cena en el que el Señor hoy nos sigue congregando.

No se trata de algo accesorio o secundario, la celebración de la Eucaristía es central en la vida de fe porque hace presente el sí de Dios en Jesucristo al hombre, como fuente de su Alianza definitiva. Esta conciencia era muy viva en los primeros cristianos que, incluso en tiempos de persecución, decían: “no podemos vivir sin la eucaristía, sin la misa del domingo”. Si bien la eucaristía es, además, objeto de adoración y a esto hay que valorarlo es, ante todo, celebración de la fe con lo que ello implica de participación y de envío misionero. El Concilio Vaticano II lo dice claramente. “La eucaristía es fuente y culmen de la vida cristiana” (LG. 11). Si queremos comunidades orantes, servidoras y misioneras debemos formar comunidades que tengan su centro en la celebración de la eucaristía.

Este es un desafío y una exigencia, principalmente para el celebrante, que en la persona de Cristo preside la eucaristía. El Señor nos ha dejado la potestad sagrada, por el sacramento del Orden, para actualizar el misterio de su Pascua: “Hagan esto en memoria mía”. Ciertamente, esto no exime a cada cristiano de ver con ojos de fe su presencia y compromiso en la celebración de la eucaristía, y no depender del carisma del celebrante. La celebración de la Eucaristía nos debe mover a ingresar en un ámbito religioso que tiene su fuente en Dios, que nos congrega por su Hijo en la vida y misión del Espíritu Santo.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Administrador Apostólico de Santa Fe de la Vera Cruz

 
26 de mayo de 2018 - Santísima Trinidad PDF Imprimir E-mail

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SANTÍSIMA TRINIDAD

Celebramos este domingo la Solemnidad de la Santísima Trinidad, uno de los misterios centrales de nuestra fe, al que solo llegamos por la revelación que nos hizo Jesucristo. Él nos habla de su Padre que lo envió y del Espíritu Santo que ellos, después de su Ascensión, nos enviarán. Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Podemos llegar a conocer la existencia de un Dios creador y principio de todo, a eso llega la filosofía, pero no a conocerlo en su intimidad si él no se nos revela. El misterio de la vida de Dios lejos de ser algo oscuro adquiere, por el testimonio de Jesucristo, la luminosidad de una verdad que da sentido y horizonte a nuestra vida. Así él nos lo manifiesta: “Porque yo no hablé por mí mismo: el Padre que ha enviado me ordenó lo que debía decir y anunciar; y yo sé que su mandato es Vida eterna” (Jn. 12. 49-50). La primera actitud de la fe es, por ello, de gratitud y alabanza, porque Dios se nos ha revelado como fuente, camino y término de nuestra vida.

Esta conciencia de la fe trinitaria es principio e imagen de la Iglesia. No tenemos que buscar modelos para hablar o definir a la Iglesia, solo contemplar la vida de Dios como nos la ha revelado Jesucristo en sus palabras, principalmente en su oración: “Padre, que ellos sean uno como nosotros somos uno” (Jn. 17, 21). La Iglesia está llamada a ser la expresión visible en el mundo de esta vida de comunión en Dios. Esta es, precisamente, la obra del Espíritu Santo como alma de la Iglesia. Cuando perdemos de vista esta realidad teológica corremos el peligro de hacer una Iglesia a nuestra medida, que termina siendo una expresión débil o una suerte de ideología política, que no es la Iglesia de Jesucristo, por ello no despierta ni trasmite la fe. En cambio, cuando su fuente es la vida de comunión en Dios, ella nos muestra un camino nuevo de vida. Así concluye la oración de Jesús: “que sean uno para que el mundo crea”. La vida de comunión, que es expresión de nuestra fe en el Dios Uno y Trino, se convierte en principio y signo de una Iglesia misionera.

Un modo de actualizar esta conciencia es valorar el significado que tiene el persignarnos, es decir, hacerlo de un modo más reflexivo y religioso. Nos signamos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, en él hemos sido bautizados y en él estamos llamados a vivir nuestra fe. Cuántas veces es un acto rápido y casi mecánico que no eleva nuestro espíritu al ámbito de la fe, y corremos el peligro de hacer de la oración un diálogo con nosotros mismos y no abiertos a la escucha del Dios que nos ama, nos habla y nos sana.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Administrador Apostólico de Santa Fe de la Vera Cruz

 
19 de mayo de 2018 - Pentecostés PDF Imprimir E-mail

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PENTECOSTÉS

Con el envío del Espíritu Santo en Pentecostés se concluye la misión de Jesucristo, que fue enviado para realizar una Alianza nueva y definitiva entre Dios y el hombre. La novedad de esta Alianza es que no está dada en términos de una ley exterior al hombre que debe observar, sino como una presencia interior que lo mueve a vivir de acuerdo a la voluntad de Dios expresada en su Palabra. Podemos decir que el Espíritu Santo viene a interiorizar como gracia la obra de Nuestro Señor Jesucristo. Esto lo expresaba de un modo muy claro san Agustín, cuando decía: “Señor, no me des un mandamiento que no lo puedo cumplir, dame tu gracia (tu Espíritu), y después pídeme lo que quieras” (cfr. Confesiones). Así lo decimos en nuestras oraciones: “Ven Espíritu Santo, llena el corazón de tus fieles”. El Espíritu Santo viene para hacer realidad en nosotros la Pascua de Jesucristo. La misma letra del Evangelio sino se convierte en gracia por el don del Espíritu, es solo letra.

Con la llegada del Espíritu Santo en Pentecostés nace la Iglesia, que ya había sido instituida por Jesucristo, pero le faltaba esta presencia prometida. La espera de los apóstoles junto a la presencia de la Virgen María, se convierte en Pentecostés en un acontecimiento que todo lo cambia, que los transforma y los hace testigos ante el mundo. Ahora comprenden el evangelio y las palabras de Jesús cuando les hablaba de instituir la Iglesia como una comunidad viva y los enviaba a evangelizar. Conocían el evangelio, podemos decir, pero aún no habían recibido la fuerza del Espíritu Santo para comprenderlo; por ello decimos que el Espíritu Santo es el alma de la Iglesia y su principio de permanente de renovación. Él nos convierte: “a manera de piedras vivas, edificados como una casa espiritual… Ustedes, (nos dice san Pedro), son una raza elegida, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido para anunciar las maravillas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 Pe. 2, 5-9).

Esta presencia del Espíritu Santo sigue siendo actual y busca orientar nuestra mirada y nuestros pasos hacia Jesucristo. No le corresponde a él revelarnos un nuevo mensaje o un nuevo evangelio, sí hacernos comprender el único evangelio de Jesucristo y darnos la fuerza para vivirlo. El fruto del Espíritu es, nos dice san Pablo: “amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza, mansedumbre y temperancia” (Gal. 5, 22). El signo de su presencia en la Iglesia es el espíritu de comunión y de misión.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Administrador Apostólico de Santa Fe de la Vera Cruz

 
12 de mayo de 2018 - La Ascensión del Señor PDF Imprimir E-mail

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LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

Con la celebración de la Ascensión del Señor se cierra el tiempo pascual y nos abrimos a la espera del Espíritu Santo prometido, que celebraremos en Pentecostés. Jesucristo vuelve junto al Padre pero ya no solo como vino, sino como cabeza de un pueblo redimido. Es la fiesta de la esperanza de los que creemos en el triunfo de Jesucristo en la Pascua. Nos alegramos también por él, porque ha cumplido la voluntad de su Padre que era su alimento, ahora vuele junto a él pero manteniendo su promesa de estar con nosotros hasta el fin del mundo. Como vemos, la fe cristiana no se apoya en el recuerdo de alguien que vivió en otro tiempo y nos dejó una enseñanza, sino la certeza de su presencia actual que nos abre a una vida nueva de comunión con él.

El día de su Ascensión Jesús al despedirse de los apóstoles les deja una misión de alcance universal: “Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, les dice, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt. 28, 19-20). Toda su vida fue una misión, es más, la razón de su envío es misionera: “Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo… no para juzgarlo sino para que el mundo se salve por él” (Jn. 3, 16). Esta es la fuente de la universalidad de su mensaje. En la persona de Jesús tomamos contacto con Dios, Padre y Creador de todos los hombres. El horizonte de su venida y predicación es universal, no está reducido a un pueblo o a una raza, por ello, la misión no es un agregado para la Iglesia, sino su verdad más profunda, siempre está llamada a ser una “Iglesia en salida”, nos diría Francisco.

Jesucristo no nos deja la misión como un mandato que debemos cumplir y se desentiende de nosotros, por el contrario, nos asegura su presencia: “estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo”, nos dice. ¿Cómo está presente, hoy? Esta es la misión propia del Espíritu Santo que nos comunica su presencia como una gracia que transforma nuestra vida y nos acompaña. Entramos en el ámbito de la fe que se apoya en la palabra y la promesa de Jesucristo, es en este sentido que la carta a los Hebreos afirma con claridad: “Fijemos la mirada en el iniciador y consumador de nuestra fe, en Jesús” (Heb. 12, 2).

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Administrador Apostólico de Santa Fe de la Vera Cruz

 
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