Mons. José María Arancedo - Desde el Evangelio
10 de marzo de 2018 - Jesucristo camino de salvación PDF Imprimir E-mail

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JESUCRISTO CAMINO DE SALVACIÓN

El evangelio de este 4° domingo de Cuaresma nos presenta el camino de la vida cristiana centrada en el Amor de Dios y en el envío de su Hijo: “Porque Dios amó tan al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn. 3, 16-17). Vemos la centralidad de Jesucristo en la historia de la salvación, de la cual somos destinatarios. Jesucristo es el testimonio del amor de Dios al mundo y a cada uno de nosotros, creados a “su imagen y semejanza”, somos la “obra de sus manos”, y él no nos abandona. Esta es la primera certeza de la fe: Dios me ama.

Luego, nos dice el evangelio, que Jesucristo ha sido enviado por Dios, su Padre: “no para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”. Este aspecto es esencial en el amor de Dios, él viene para salvarnos. Comprender esta realidad es tomar conciencia de nuestra fragilidad y pecado, que no nos quita la dignidad de hijos de Dios, pero sí nos hace saber que necesitamos sanar las heridas para recuperar la grandeza y la belleza con la que hemos sido creados a su “imagen y semejanza". Nuestra fragilidad se manifiesta en esa división o desarmonía interior que nos lleva a actuar con un corazón necesitado de salvación. San Pablo decía: “no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. Pero cuando hago lo que no quiero, no soy yo quien lo hace, sino el pecado que reside en mí” (Rom. 7, 19). El rostro del pecado es el orgullo y el egoísmo, el rencor y el odio, la mentira y la violencia, de esto debo ser salvado.

El comienzo de este camino de salvación, que tiene su fuente en Jesucristo, es un acto de fe en su persona y misión. Es reconocerlo como el Hijo de Dios enviado para salvarnos y al que debemos escuchar. No se trata de un voluntarismo moral que se apoya solo en nuestras fuerzas, sino en tomar conciencia de que necesitamos de una intervención de Dios en nosotros para sanar y orientar nuestra vida: él es el camino, la verdad y la vida. Esta obra él la cumple en nosotros por la gracia del Espíritu Santo que nos prometió como fruto de la Pascua. Cuando comprendemos y vivimos este camino de Dios que nos tiene como destinatarios, solo cabe una actitud de gratitud, que es paz y alegría de la salvación.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
03 de marzo de 2018 - La iglesia casa y escuela de oración PDF Imprimir E-mail

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LA IGLESIA CASA Y ESCUELA DE ORACIÓN

Una situación que molestó a Jesús es al ingresar al Templo y ver mercaderes que lo habían convertido en un lugar de comercio y los echa: “Saquen esto de aquí, les dice, y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio” (Jn. 2, 16). Jesucristo nos habla con palabras y gestos. No niega el comercio, lo que critica es utilizar el Templo, lugar de encuentro con Dios y de oración, para una finalidad que no es propia. Los discípulos recordaron en ese momento un salmo referido a él: “El celo por tu Casa me consumirá” (Sal. 69, 10). Esta actitud de Jesús es el fundamento que da sentido al respeto y decoro en las cosas de Dios. No se trata de separar y oponer, sino de distinguir y valorar que es signo de fe y sabiduría.

El evangelio de este domingo nos ayuda a reflexionar sobre el sentido que tiene la Iglesia, como casa y escuela de oración. Cuando se pierde de vista esta dimensión religiosa el que se empobrece es el mismo hombre, que pierde un lugar de encuentro y un horizonte que hace a su plena realización espiritual y trascendente. Hay una orfandad en el hombre que es la ausencia de una sana y correcta relación con Dios. Recuerdo cuando se decía: ¡qué triste una ciudad donde solo se elevan chimeneas y no torres y campanarios de Iglesias! Con ello se quería expresar, tal vez con cierta nostalgia, la importancia de signos que eleven su mirada a Dios para ser más humanos en las cosas del mundo. Dios no aleja al hombre del mundo sino que lo enriquece moral y espiritualmente para ser más pleno.

También la Iglesia está llamada a ser una escuela de oración, necesitamos aprender a rezar. La oración es el mejor aprendizaje para el encuentro con Dios. La oración, además, nos introduce en la verdad profunda de lo que somos, en ella, cuando nos dirigimos a Dios, nos descubrimos como criaturas, no somos dioses, pero tampoco alguien sin sentido en este mundo. En la oración adquirimos conciencia de nuestra realidad contingente pero, sobre todo, de nuestra dignidad, libertad y vocación trascendente. Una familia que reza ante sus hijos les da el primer testimonio de la existencia de Dios, y de su verdad como criaturas, esto hace a su verdad. Esto lo vemos muy claro en la catequesis familiar cuando los padres actúan como los primeros catequistas de sus hijos.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
24 de febrero de 2018 - Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo PDF Imprimir E-mail

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ESTE ES MI HIJO MUY QUERIDO, ESCÚCHENLO

La Cuaresma como camino de conversión debe tener un ideal, un proyecto en torno al cual orientar nuestra vida. No es posible cambiar, convertirse, si no tenemos un hacia donde nos dirigimos. Aquí adquiere su importancia el Evangelio de este domingo en el que escuchamos la presentación de Jesús por parte de Dios, su Padre: “Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo” (Mc. 9, 7). El primer lugar de conversión es el encuentro con Jesucristo que nos habla personalmente. Su Palabra no es una doctrina sin destinatario. Siempre debemos volver a ese comienzo de la fe que es la escucha de la Palabra de Dios, en cuanto dicha por el mismo Dios a través de su Hijo. Esta certeza era, para los primeros cristianos, la consecuencia de ese: “escúchenlo”, así nos lo dice la carta a los Hebreos: “Fijemos la mirada en el iniciador y consumador de nuestra fe, en Jesús” (Heb. 12, 2).

Lo primero en la fe es escuchar al Señor. Dios no es solo un primer principio, ni fruto de nuestra creación, ni una energía sin contenido: es un Dios que habla, su Palabra tiene un destinatario y espera una respuesta. Dios no se desentiende del hombre que ha credo y lo ama. San Pablo nos recuerda esta necesidad de la escucha cuando les dice a los romanos: “La fe, por lo tanto, nace de la predicación y la predicación se realiza en virtud de la Palabra de Cristo” (Rom. 10, 17). Esto significa que el hombre participa de la fe, con su apertura, libertad y confianza. La fe cristiana, como vemos, se trasmite por el testimonio, en última instancia por el testimonio de Jesucristo, que es el “testigo fiel” (Ap. 1, 5). Por la fe, nos integramos a esa cadena de testigos que la reciben y trasmiten. En ello vemos la importancia de la predicación y del testimonio para trasmitir la fe. Aquí, debemos valorar la presencia de la familia y de la comunidad en la trasmisión de la fe.

La escucha de la Palabra de Dios supone una actitud de humildad y confianza, de libertad y búsqueda que dispone nuestra inteligencia y corazón. En una mente y un corazón cerrados no es posible una actitud de escucha. Siempre vuelvo a la figura de Samuel del Antiguo Testamento cuando decía: "Habla, Señor, porque tu servidor escucha” (1 Sam. 3, 10). Esta actitud es el testimonio siempre actual de quien la recibe con un corazón abierto.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
17 de febrero de 2018 - El tiempo se ha cumplido: conviertanse PDF Imprimir E-mail

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EL TIEMPO SE HA CUMPLIDO: CONVIÉRTANSE

El 1° domingo de Cuaresma nos presenta a Jesús al comienzo de su predicación, sus palabras son claras y marcan un camino: “El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en el Evangelio” (Mc. 1, 15). La referencia al tiempo es algo propio de nuestra fe, es en el tiempo concreto de la historia donde se nos revela Jesucristo, donde se juega y define nuestra vida. Al decirnos el “tiempo se ha cumplido” nos está diciendo que ha habido un antes, una espera, que hoy se hace presente en su persona. Esta verdad sobre el estilo del obrar de Dios, la misma Biblia lo afirma: “Después de haber hablado antiguamente a nuestros padres por medio de los Profetas, en muchas ocasiones y de diversas maneras, ahora, en este tiempo final, Dios no habló por medio de su Hijo” (Heb. 1, 1). Hay un obrar de Dios en la historia, hay un camino y una esperanza.

Lo primero que podemos ver es que la fe no nos aleja de la historia, sino que ella es el lugar donde Dios se nos ha manifestado y nos habla. Podemos decir que hay un libro de la creación en la que Dios nos habla por medio de la naturaleza pero, sobre todo, un libro de su Palabra en la que él nos habla personalmente como a hombres libres, llamados a escucharlo y a decidirnos frente a él. Nada más ajeno a la fe, que se apoya en Jesucristo que nos habló, que una vida no abierta a la escucha de su Palabra y a dar una respuesta. Dios no crea robots sino hombres y mujeres libres abiertos a la búsqueda de la verdad y con la responsabilidad de su libertad. Debo decir que el evangelio me ayudó a ser libre y a encontrar una meta, que es un camino que lo vivo en la esperanza de la fe, no digo que lo he alcanzado, como Pablo, pero me siento caminando con la certeza del peregrino. El cristiano es un buscador de Dios. La certeza de la fe, no nos exime de un peregrinaje con sus luces y sombras.

En el inicio de este camino el Señor nos habla de conversión: “conviértanse y crean en el Evangelio”. La conversión es una actitud en la que participa nuestra inteligencia, nuestra voluntad y nuestros sentimientos. No se trata de algo parcial sino de un cambio que implica una nueva actitud para afrontar desde el Evangelio todas nuestras situaciones de vida. Cuando Jesucristo comienza a ser el centro de una vida todo comienza a tener una nueva dimensión y exigencia. Él no viene a ocupar el lugar de nadie, sí a iluminar el lugar de todos. Por ello, cuando alguien dice que se ha encontrado con Jesucristo y se aleja de sus seres queridos, familias, amistades, trabajo, hay que desconfiar si el encuentro es auténtico.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
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