Mons. José María Arancedo - Desde el Evangelio
07 de abril de 2018 - Domingo de la Misericordia PDF Imprimir E-mail

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DOMINGO DE LA MISERICORDIA

En este segundo domingo de Pascua la Iglesia nos invita a celebrar la Fiesta de la Misericordia. En ella contemplamos el amor de Dios, que hemos conocido en Jesucristo, y en el que se nos manifiesta su misericordia, que es un amor que se abaja, que nos ama en nuestra pequeñez, aún en el pecado, para acompañarnos y sanarnos. No es un amor que nos mira con lástima y nos deja en nuestra miseria, todo lo contrario, él ve en nosotros al hijo que ama y lo ayuda a recuperar su condición y dignidad de hijo de Dios. Es la alegría del Padre del hijo pródigo, al que espera y lo abraza. No mira primero el pecado, ni la distancia que lo apartó, sino su regreso. La misericordia es la Fiesta del amor de Dios.

Una característica de este amor es que es creativo, siempre nuevo y permanente, porque tiene su fuente en Dios: “que no abandona la obra de sus manos” (Sal 138). No es un amor que se mueve hacia aquello que lo atrae, sino que hace atractivo lo que ama. El amor verdadero es creador, pone en el otro una riqueza que lo hace crecer. Esta experiencia la podemos ver, incluso, en nuestras relaciones, cuánta gente vive la angustia de no sentirse amada, o amadas por un amor absorbente y posesivo que las utiliza y les quita libertad. ¡Qué triste cuando una maestra nos dice: este chico es carenciado porque no ha sido amado! El auténtico amor nos enriquece, va creando en nosotros la conciencia de una autoestima que nos hace libres. Doy gracias a Dios de haber sido amado por mis padres.

En el evangelio de este domingo Jesús se presenta a sus discípulos para confirmarlos en la fe en su resurrección que inaugura el tiempo nuevo y definitivo de la Alianza de Dios con el hombre: Jesucristo vive junto a Dios y permanece con nosotros. Nuestra fe se apoya en esta certeza, que es el fundamento que sostiene nuestra esperanza, no caminamos solos. San Juan relata este encuentro con el Señor, en estos términos: “¡La paz esté con ustedes! Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor” (Jn. 20, 20). Les muestra las señales de su amor y entrega por nosotros. Al mismo tiempo, los envía para dar testimonio de este acontecimiento al mundo: “Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes” (Jn. 20, 21).

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
31 de marzo de 2018 - Domingo de Pascua PDF Imprimir E-mail

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DOMINGO DE PASCUA

Celebremos con gozo la Pascua del Señor que es el camino hacia una Vida Nueva y a una esperanza que no conoce el ocaso de la muerte. Cristo ha resucitado, es la certeza de que el bien ha triunfado sobre el mal y de que nuestra vida tiene un sentido que trasciende a la muerte. No somos algo más en la creación. En la Pascua se cumple el motivo del envío de Jesucristo al mundo: “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna” (Jn. 2, 16). Este acto del amor de Dios hace de la Pascua un hecho universal, no reducido a un grupo determinado. El don que nos trae Jesucristo no es algo automático, necesita de nuestra libertad.

Llegamos al conocimiento de este hecho, la resurrección de Cristo, por el testimonio, en primer lugar, de él mismo que nos lo anunció en el Evangelio, pero también, por el testimonio de quienes lo vieron y trasmitieron. Así, el acto de fe que nos lleva al encuentro con Jesucristo y nos abre a su gracia, se apoya en el testimonio. Es la experiencia de María Magdalena ante el sepulcro vacío, a la que el Señor con su palabra le da el sentido y la misión de la Pascua: “Ve a decir a mis hermanos: Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes. María fue a anunciar a los discípulos que había visto al Señor y que él le había dicho estas palabras” (Jn. 20, 17). Una mujer, María Magdalena, fue la primera en anunciar a los apóstoles la resurrección de Jesucristo.

San Pablo va a reafirmar este camino de la fe cuando le dice a los romanos: Pero, ¿cómo invocarlo sin creer en él? ¿Y cómo creer, sin haber oído hablar de él? ¿Y cómo oír hablar de él, si nadie lo predica? ¿Y quiénes predicarán, si no se los envía? (Rom. 10, 14). La fe, como vemos, se trasmite por la predicación y es, por ello, un don y una tarea que nos compromete. Es más, si no vivimos y predicamos a Jesucristo lo terminaremos perdiendo, él no ha venido para un grupo exclusivo sino para todos. No somos dueños de la fe en Jesucristo, somos sus discípulos y misioneros para nuestros hermanos. Vivamos con alegría la celebración de la Pascua, que es la fuente que da sentido a nuestra vida.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
24 de marzo de 2018 - Domingo de Ramos PDF Imprimir E-mail

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DOMINGO DE RAMOS

Comenzamos la Semana Santa con la celebración del Domingo de Ramos. Subir a Jerusalén es para Jesús llegar al lugar de su “Hora”, al día en el que va a cumplir su misión. Es un día de verdad y de amor, pero también de dolor. Son días en los que lo vamos a escuchar unirse en oración a su Padre: “Abba –Padre-, le dice, todo te es posible: aleja de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad sino la tuya” (Mc. 14, 36). Es por amor al Padre y a su misión que se hizo obediente, así nos lo dice san Pablo en la lectura del día: “se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz” (Filp. 2, 8). Su acto de obediencia es un acto de amor. Este domingo iniciamos un camino hacia el triunfo de la Pascua. Somos destinatarios de lo que celebramos, Pascua nos pertenece.

Siempre he considerado al Domingo de Ramos como un día en el que debemos disponernos a acompañar al Señor en las diversas celebraciones de la Semana Santa, para participar con Él y la Iglesia de la alegría de la Pascua. Es un día que participa mucha gente y lo hace con sinceridad y sentido religioso, pero no siempre se los ve a lo largo de la Semana. Es una lástima, parecería que nos quedamos en la puerta de un camino en el que el Señor nos espera. La vida cristiana tiene, en la participación de la Semana Santa, un momento único de renovación. Por ello, los invito a conocer los horarios de sus comunidades parroquiales para encontrarse con el Señor y acompañarlo. Ha habido grandes conversiones en la historia que se dieron, precisamente, en estos días.

“¡Hosanna! ¡Bendito es el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito sea el Reino que ya viene, el Reino de nuestro padre David! (Mt. 11, 9-10). Esta alegría sincera y esperanzada del pueblo que lo recibe, adquiere un significado especial cuando lo vemos ingresar montado sobre un asno. Esta sencillez da sentido a su reinado, así lo vemos cuando le responde a Pilato: “Mi realeza no es de este mundo. ¿Entonces tú eres rey? Jesús respondió: Tú lo dices: yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz” (Jn. 18, 37). La fuerza del Reino de Dios es el amor y la verdad, sus armas la fe y la humildad, la honestidad y el servicio. A esta fuente del Reino de Dios, que es Jesucristo, celebramos en Semana Santa.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
17 de marzo de 2018 - Si el grano de trigo no muere no da fruto PDF Imprimir E-mail

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SI EL GRANO DE TRIGO NO MUERE NO DA FRUTO

En este 5°domingo de Cuaresma el evangelio nos anticipa el significado de la Pascua: “Señor, queremos ver a Jesús” (Jn. 12, 21), es la pregunta que le hacen a uno de sus discípulos. Jesús, a este pedido, les responde con la imagen del grano de trigo, que si no muere no da frutos. Es común en él el uso de figuras para expresar su pensamiento. Ello significa que será con su muerte y resurrección cuando se nos manifieste plenamente en su misión de Hijo de Dios. No tenemos que lamentarnos, por ello, de no conocerlo en la carne, como diría san Pablo (2 Cor. 5, 16), sino alegrarnos de conocerlo a Jesús por la fe en su palabra y en su presencia viva de los sacramentos en la Iglesia.

La imagen del trigo que con su muerte da frutos, la podemos referir a nuestra vida. Nos cuesta hablar de la muerte cuando no tiene horizontes de vida. Hemos sido creados con un destino trascendente que lo vivimos en la esperanza de la fe: la muerte no es última palabra: “Creo que mi Redentor vive y que en último día veré a mi Salvador y lo contemplaré con mis ojos”, es la palabra con la que despedimos a un hermano que ha muerto. Esta oración se fundamenta en la Pascua de Cristo. Todo lo que acontece en él, sobre todo, su muerte y resurrección es la fuente que da sentido a la vida del hombre. Siempre recuerdo la frase del Concilio Vaticano II cuando nos dice: “el misterio del hombre solo se esclarece a la luz del misterio de Cristo” (G. S. 22).

Hay un morir, además, que debemos referirlo a todo aquello que se opone a nuestra condición de hijos de Dios llamados a vivir según la verdad del evangelio. Es fácil decirlo, no siempre fácil realizarlo, es decir, se trata de morir al pecado que tiene muchos rostros y al que nos podemos acostumbrar. Cada uno deberá en la intimidad de su conciencia aprovechar este tiempo de cuaresma para reconocer esos aspectos un tanto oscuros que nos impiden crecer en la vida del Reino de Dios, pienso en el egoísmo, el orgullo, la falta de caridad y solidaridad, el odio y el rencor. Pero también, examinarnos en nuestra relación con Dios sea en la oración como en el cumplimiento de mis deberes como cristiano. Morir al pecado es el comienzo de una vida nueva.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
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