Mensaje de Cuaresma 2011 PDF Imprimir E-mail

Mensaje de Cuaresma 2011

 

Queridos hermanos:

Cada año Cuaresma nos invita a un tiempo de reflexión y oración, para avanzar en el camino de nuestra conversión y crecimiento espiritual. La meta de este camino es, en palabras del apóstol: "revestirse del hombre nuevo, creado a imagen de Dios en la justicia y en la verdadera santidad" (Ef. 4, 24). No nos habla de un ideal creado por nosotros o hecho a nuestra medida, sino de Jesucristo, "el hombre nuevo".

Esta simple afirmación es la base y el núcleo de todo proyecto de vida cristiana. Nuestra mirada debe dirigirse a él. Renovar nuestro encuentro con Jesucristo es, precisamente, el comienzo de una vida nueva. Esto hace que la fe no sea la seguridad de un conjunto de verdades, sino la vivencia y el gozo de una presencia que todo lo transforma.

 

Nuestra mayor amenaza, nos decía el Santo Padre: "es el gris pragmatismo de la vida cotidiana en el cual aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad" (Ap. 12). Esta reflexión, que nace de su visión de la vida de la Iglesia, tiene el valor de un juicio que nos interpela pero también de una palabra profética que nos anima. Qué importante que sepamos leerla! No quedarnos en el comentario de un juicio, sino destinatarios de una palabra que nos debe llevar a revisar y examinar nuestra vida y compromisos. No se trata de un juicio cerrado y sin horizontes, sino que nos presenta un camino: "A todos nos toca recomenzar desde Cristo". Esto es lo profético, saber que Él es el camino de nuestra verdad y el motivo de nuestra esperanza.

 

La fe es un don que nos introduce en el misterio de Dios, fuente de nuestra vida y vocación; en él descubrimos el sentido de nuestra existencia. Es la fe la que nos hace partícipes de la mirada de Jesucristo. Sólo desde él, y por obra del Espíritu Santo, podemos comprender el significado profundo de lo que somos como acto personal del amor creador de Dios; ella nos introduce en el ámbito de la sabiduría divina. El don de la fe que debemos agradecer tiene, además, la exigencia de un compromiso eclesial que debemos asumir. Fe y vida no son dimensiones paralelas en el misterio de Dios, sino llamado y vocación para el hombre. Cuaresma es un tiempo propicio, por ello, para detenernos a reflexionar sobre nuestro ser y presencia en la vida de la Iglesia.

 

No podemos separar la fe cristiana del compromiso eclesial. No es posible separar a Jesucristo de su Cuerpo, la Iglesia. En ella nacimos a la fe, y es ella quién nos convoca para vivir y predicar el Evangelio a nuestros hermanos. La Iglesia no es una idea a la que adherimos, sino una realidad concreta que se nos presenta en la fragilidad de lo humano y de la que somos parte por el bautismo. Ella no debe ser en primer lugar objeto de nuestra crítica por sus debilidades, aunque es necesario saber hacerlo cuando es un acto de amor y en el marco que corresponde, sino el lugar providencial donde estoy llamado a vivir mi vocación cristiana. ¡Cuánta pertenencia nominal a la Iglesia, y que poca participación en lo concreto de su vida y misión! La comunión en la Iglesia local y la participación en su camino pastoral son el primer signo de la presencia del Espíritu Santo, que nos orienta a vivir el proyecto de Jesucristo.

 

Aparecida viendo esta realidad en la Iglesia nos ha planteado, para fortalecer nuestra pertenencia y renovar el ardor apostólico, la riqueza teológica y pastoral de la Iniciación Cristiana, que nos hace descubrir desde el bautismo y la eucaristía la dimensión discipular y misionera de nuestra vocación en la comunidad cristiana. "Este es el gran desafío en este tiempo", decíamos en la carta sobre la Misión Continental (5). ¿Cómo hacer renacer el celo apostólico en quienes vivimos la seguridad de la fe en un contexto de ideas cristianas? ¡Cuántas ausencias y lugares vacíos hay en la Iglesia! ¡Cuánta debilidad apostólica presentan nuestras comunidades! Creo que la respuesta está en la línea de aquella exhortación pascual del apóstol a: "revestirse del hombre nuevo, creado a imagen de Dios". Se trata de hacer vida el contenido de la fe que profesamos. "La relación que une al discípulo-misionero con Jesús no es, en primer lugar, de orden intelectual, sino la adhesión a su Persona por la fe" (Benedicto XVI). Este es el comienzo de una real conversión y de una fecunda vida eclesial.

 

Es importante, para ello, preguntarnos en este tiempo de Cuaresma, por el nivel con el que asumimos el ideal de nuestra vida cristiana en lo concreto de la Iglesia. Hay una medianía espiritual que quita entusiasmo y profundidad a todo proyecto de conversión personal, como de compromiso eclesial. Estamos bien, pero la Iglesia en nosotros se va adormeciendo, pierde su ardor apostólico. No nos pensamos, diría, desde un Dios que nos llama a una vida de santidad en la entrega, ni tampoco desde una Iglesia que espera de mi presencia y compromiso. Cuántas veces nos pensamos desde nosotros y desde nuestros pequeños proyectos personales. El comienzo de aquel "revestirnos del hombre nuevo….", nace de una respuesta generosa de fe a una Palabra que la he recibido como personal, dicha para mí. Debemos poner el acento no tanto en la búsqueda mezquina de nuestra realización, sino en la escucha y obediencia a esa Palabra que va a ser la causa profunda de nuestra realización, aunque nos parezca que nos saca de esa rutina en la que nos sentimos seguros. La fe es confianza en Dios.

 

En este contexto de reflexión y oración quiero concluir con el llamado que nos dirige Aparecida, luego de aquella mirada crítica pero esperanzada sobre nuestra vida en la Iglesia. No podemos quedarnos tranquilos, nos dice, en una espera pasiva: "¡Necesitamos salir al encuentro de las personas, familias.., para comunicarles y compartir el don del encuentro con Cristo que ha llenado nuestra vida de sentido! (Ap. 548). Para ello, para convertirnos en una Iglesia llena de ímpetu y audacia evangelizadora: "tenemos que ser de nuevo evangelizados y fieles discípulos". No podemos sentirnos satisfechos, ni dar nada por presupuesto y descontado: "Todos los bautizados estamos llamados a recomenzar desde Cristo, a reconocer y seguir su Presencia con la misma novedad, el mismo poder de afecto, persuasión y esperanza, que tuvo su encuentro con los primeros discípulos a las orillas del Jordán" (549). No es posible una Iglesia nueva, sin un encuentro siempre nuevo con Jesucristo. La fe no es nostalgia del pasado sino la presencia de una Vida Nueva que nace de un encuentro.

 

Queridos hermanos, sintámonos miembros vivos de la Iglesia que con nosotros va  a ingresar en este tiempo de gracia y conversión. Muchas cosas van a depender a lo largo de este año del espíritu de "discípulos y misioneros" que logremos actualizar y celebrar en la Cuaresma. La Iglesia necesita que sus hijos se revistan "en la justicia y en la verdadera santidad", para ser testigos vivos del hombre nuevo que nace en Jesucristo. Que María Santísima, Nuestra Madre de Guadalupe, acompañe nuestro camino cuaresmal. Amén.

Mons. José María Arancedo

Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

Los Algarrobos, Cuaresma 2011

 

 

 

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