Reflexiones para el Adviento 2011 Imprimir

REFLEXIONES PARA EL ADVIENTO 2011

 

Queridos hermanos:

 

1 – Comenzamos un nuevo año litúrgico que se inicia con el tiempo de Adviento. Tiempo de preparación y de gracia, que nos habla de nuestra condición de peregrinos. Estamos en camino, pero con la certeza de la meta y la confianza de que no caminamos solos. La preparación como tiempo de conversión y la gracia como presencia de Dios que nos acompaña, son la clave para vivir el Adviento.

 Me gusta recordar, y recordarme, en estos tiempos fuertes de la liturgia la conciencia eclesial con la que debemos iniciarlos. Somos parte viva de la Iglesia. Esto significa que no ingreso solo, conmigo ingresa la Iglesia. El rostro de la Iglesia va a depender de la vida de gracia y espíritu de conversión de cada uno de nosotros. Hablaría, por ello, de responsabilidad eclesial.

 

2 – La preparación abarca a todo el hombre, su inteligencia, su voluntad y sus sentimientos. Tenemos que saber a qué nos preparamos y, luego, cómo nos preparamos. Nos preparamos a celebrar un acontecimiento histórico único, el nacimiento de Jesús en Belén. La historia y la fe no se oponen, por el contrario, la fe lee en ella el obrar de Dios. Dicho de otro modo, Dios actúa en la historia y conocemos su revelación como Historia de la Salvación. Por ello es importante conocer la dinámica de la Palabra de Dios como Historia de la Salvación. No hay hechos aislados, hay un Plan que tiene su fuente en Dios y su destino salvífico en el corazón del hombre.

 

3 – Será el mismo Jesucristo quién nos enseña el sentido de este camino de Dios, cuando nos dice en el diálogo con Nicodemo: “Si, tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna” (Jn. 3, 16). De este plan de Dios, que se hizo Historia de Salvación, dan testimonio las Sagradas Escrituras. Un modo de prepararnos al nacimiento de Jesús es recordar esta historia a través de los diversos hombres movidos por Dios, para preparar el camino de su Hijo. Pienso en Abrahán, Moisés, los Profetas, Juan el Bautista y la Santísima Virgen María. Las lecturas de la liturgia será la mejor pedagogía para conocer la Historia de Dios.

 

4 – Este clima de preparación es un tiempo de gracia. La gracia no es un estado vacío, una suerte de nirvana que me aísla del mundo, sino una presencia que me transforma. La vida de la gracia tiene su fuente en Dios y nos es comunicada por Jesucristo a través del Espíritu Santo. La vida de la gracia es trinitaria. Es, por ello, un acto de fecundidad espiritual acostumbrarnos a dialogar con cada una de las Divinas Personas. La vida de la gracia se traduce en nosotros, en vida de fe, esperanza y caridad. Al elevar y transformar nuestra vida la gracia se hace visible en nuestra conducta cristiana.

 

5 – La gracia tiene su fuente en Dios y nos ha sido comunicada: “a fin de que ustedes lleguen a participar de la naturaleza divina” (2 Ped. 1, 4). Al distinguirla en vida de fe, esperanza y caridad no se la divide, sino que se atiende a nuestra condición de seres creados y redimidos, en camino hacia la plenitud del Reino. Este anclaje de la gracia, como presencia de la Vida de Dios en nuestra temporalidad, nos permite comprender su significado en la historia del hombre, como la supremacía de la caridad: “Ahora existen tres cosas, nos dice san Pablo, la fe, la esperanza y el amor, pero la más grande de todas es la caridad”, (1 Cor. 13, 13). La vida de la gracia, como vemos, no es un salir de la historia sino dar al hombre el sentido de su plena realización como ser creado y redimido en este mundo, pero con destino de eternidad.

 

6 – Este año el Santo Padre nos ha convocado a celebrar el “Año de la Fe”, en recuerdo de los 50 años de la apertura del Concilio Vaticano II y los 20 años de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica. Este hecho nos ayuda a contemplar en esta meditación la virtud de la fe. En el marco de la Nueva Evangelización y frente a la realidad cultural del ateísmo, Benedicto XVI asume en esta convocatoria la vitalidad del anuncio de la Palabra como “puerta de la fe”, que siempre está abierta, retomando el espíritu apostólico de la primitiva comunidad (Hech. 14, 27). Se cruza este umbral, nos dice: “cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone un camino que dura toda la vida”. Nos hace un llamado a recuperar la vitalidad de la fe, y para ello nos exhorta a: “descubrir de nuevo el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios, trasmitida fielmente por la Iglesia, y el Pan de Vida, ofrecido como sustento a todos los que son sus discípulos” (cfr. n. 1-3).

 

7 – Iniciar este “Año de la fe” en el marco del 50° aniversario del comienzo del Concilio Vaticano, el Santo Padre lo considera como una “ocasión propicia” para valorar este acontecimiento de gracia en la vida de la Iglesia. Siento más que nunca, dice: “el deber de indicar el Concilio como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX. Es más, lo define como “una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza”. Esta palabra de Pedro es una clara orientación magisterial del camino que la Iglesia, en una “correcta hermeneútica” de sus textos debe asumir. No duda, incluso, en definirlo como “una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia” (cfr. n. 5). Esto nos compromete a ahondar el significado del Concilio Vaticano II en su letra y en su espíritu.

 

8 - La fe como gracia eleva la inteligencia del hombre y le permite conocer el sentido de su vida en el plan de Dios. Esta lectura la hizo san Pablo en su carta a los Efesios: “Bendito seas Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, …que nos ha elegido antes de la creación del mundo para que fuéramos santos … En Él hemos sido redimidos por su sangre … y hemos sido constituidos herederos y destinados … a ser aquellos que han puesto su esperanza en Cristo, para alabanza de su gloria …” (Ef. 1, 3-12). En estas reflexiones nos puede ayudar, el hacer una lectura pausada del cap. 11 de la carta a los Hebreos, que es un testimonio de la fe vivida por el pueblo de Dios. Ella da sentido a la vida del hombre, no es un recetario de respuestas sino una luz que lo introduce en la verdad de lo que es.

 

9 – La fe como virtud teologal es una disposición habitual, infundida como gracia en el hombre que lo capacita y anima a vivir su vida cristiana. Como virtud es operativa, es decir, está orientada al obrar moral del hombre. Por ella creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha revelado, y que la Iglesia nos propone creer (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica. Compendio, n.384-386). Estamos en el plano de la gracia, por ello, cuando san Pablo hacía esa lectura de la historia de la salvación, concluía con una oración en la que le pedía a Dios, la gracia de la fe, y lo expresaba en estos términos: “Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo les conceda un espíritu de sabiduría y de revelación que les permita conocerlo verdaderamente. Que él ilumine sus corazones para que ustedes puedan valorar la esperanza a la que han sido llamados, los tesoros de gloria que encierra su herencia entre los santos” (Ef. 1, 17-19). La fe nos introduce en esta verdad profunda de lo que somos: creados y redimidos por un amor personal, y en camino hacia la plenitud de nuestra herencia en el Reino de Dios.

 

10 – Queridos hermanos, al inicio de este “Año de la fe” y en el marco de preparación del Adviento, he querido compartir estas breves reflexiones que nos pueden ayudar a valorar, agradecer y cuidar el don de la fe que es presencia gratuita de Dios en nosotros, y que nos hace testigos del Evangelio de Jesucristo para nuestros hermanos. Reciban de su Obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor Jesús y María Santísima, nuestra Madre de Guadalupe.

 

Mons. José María Arancedo

Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz