Bajo el lema “En tu rostro, nuestro pueblo”, el pasado sábado la comunidad arquidiocesana volvió a caminar hacia la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe. La décima edición de la Peregrinación Juvenil partió desde la Basílica Natividad de la Santísima Virgen de la ciudad de Esperanza y reunió a alrededor de mil peregrinos que recorrieron cerca de 40 kilómetros en una jornada marcada por la fe, el encuentro y la fraternidad.
Lo que hace diez años nació como una iniciativa impulsada por jóvenes se convirtió, con el paso del tiempo, en una verdadera fiesta de toda la Iglesia arquidiocesana. Hoy, el camino reúne a niños, adolescentes, jóvenes, adultos y familias que se animan a caminar juntos, poniendo en común sus historias, sus búsquedas y sus esperanzas.
A lo largo del recorrido hubo momentos de oración y silencio, charlas, cantos y espacios para compartir. Como sucede también en el camino de la vida, el entusiasmo y la alegría se fueron alternando con el cansancio, la sed, el calor y las emociones que aparecen cuando el cuerpo y el corazón son puestos en movimiento.
La peregrinación fue posible gracias al trabajo pastoral en red y al compromiso de numerosas personas y comunidades. Con la colaboración del Consejo de Laicos y del Consejo de Áreas Pastorales, distintos ámbitos de la Arquidiócesis se unieron para acompañar y cuidar a los peregrinos. También se contó con el apoyo de los organismos civiles y de las fuerzas de seguridad que hicieron posible el desarrollo de la jornada.
Cada parada a lo largo del camino se convirtió en un espacio de encuentro y una caricia fraterna. Comunidades locales, movimientos y pastorales diocesanas recibieron a los peregrinos con agua, fruta y palabras de aliento, ofreciendo ese impulso necesario para continuar caminando.
La llegada a Guadalupe tuvo como momento central la celebración de la Santa Misa, presidida por nuestro arzobispo, Mons. Sergio Fenoy. En su homilía, invitó a contemplar el amor inmenso y gratuito de Dios, que “es bueno con todos, no hace diferencias ni rechaza, a todos nos brinda una oportunidad”.
A partir de esta certeza, Mons. Fenoy llamó a dejar atrás una relación con Dios marcada por el temor o por la búsqueda de una recompensa, para descubrirnos como hijos que aman a Dios por lo que Él es. En ese vínculo, señaló, podemos reconocer que la vida con Jesús es un verdadero tesoro y que, con Él, la vida adquiere sentido y vale la pena.
Retomando el lema de la peregrinación, el Arzobispo también invitó a mirar el rostro de María como reflejo del rostro de nuestro pueblo, con sus alegrías y sufrimientos, sus caídas y esperanzas. María se presenta así como puerta de entrada a la ternura de un Dios que no hace diferencias y que acoge a todos.
“Ella nos sigue uniendo como lo hizo en su seno: une a Dios con la humanidad, a Dios con nosotros. En Ella se juntan el amor de Dios y el pobre nuestro”, expresó Mons. Fenoy.
Frente a nuestra Madre de Guadalupe, la comunidad peregrina volvió a poner en sus manos el deseo de experimentar la alegría de saberse profundamente amada por Dios y abrazada por su ternura.
Llegar a Guadalupe no fue simplemente cumplir con una tradición. Fue encontrarnos con el otro, dejarnos mirar, humanizar nuestros vínculos y reconocer que, en cada rostro de nuestro pueblo, María vuelve a conducirnos hacia su Hijo Jesús.
Una vez más, el camino nos recordó que la Iglesia es comunidad cuando camina unida, cuando se cuida, cuando sirve y cuando es capaz de abrir espacio para que cada persona se sienta recibida.
Gracias a todos los que caminaron, sirvieron, acompañaron y rezaron.




